Por: Jorge Tovar
Twitter: @JorgeATovar
La semana pasada, durante el foro de Movilidad organizado en la Universidad de Los Andes, el Alcalde Petro lanzó aquella vieja frase de guerra de los alcaldes bogotanos: “voy a desestimular el uso del carro, voy a impulsar el uso del transporte público”.
Hace ya 15 años, casi una generación, venimos oyendo el mismo cuento en Bogotá. El carro es el enemigo, la ciudad va a funcionar con base en el sistema de transporte público. El exalcalde Peñalosa se jacta en su página Web de haber rechazado “las propuestas de la Agencia de Cooperación Japonesa (JICA) de construir numerosas autopistas elevadas en la ciudad e implementó, en cambio, esquemas de restricción progresiva del uso privado del automóvil, especialmente durante horas pico.”(Ver enlace aquí, página 3).
La derecha, la izquierda con el mismo cuento: Bogotá no necesita vías. La realidad es una ciudad destrozada, estancada en su trancón permanente y con un futuro de movilidad tremendamente oscuro. Nos traen diez, cien, mil expertos para decirnos que tipo de Transmilenio, Tranvía o Metro necesitamos. Lo único que no nos han propuesto es un ferry que, al paso que vamos, con la ciudad inundada, puede ser el próximo gran negocio.
En esta ciudad se volvió políticamente incorrecto hablar de la necesidad de los carros, la necesidad de las vías. El mercado, el que todavía nos rige, demuestra que a pesar del trancón los carros siguen llegando a las calles. El carro se utiliza porque no hay alternativa, hace ya años el transporte público es caótico, inseguro, insuficiente y la cacareada innovación nunca llegó.
La administración actual nos promete metro y/o tranvía. Siendo eficientes estará listo en cinco años, la realidad colombiana, siendo optimistas, nos dice diez. Algunos argumentan que el problema es simple: Transmilenio no está terminado. Lo mismo. Siendo optimistas, son 10 años más. 10 años, más de 1.000.000 de carros adicionales que tendrán que circular por exactamente las mismas vías que había en Bogotá en los años ochenta.
Esta administración, preocupada como está por disminuir el ingreso disponible de los ricos, no se plantea mejorar, ampliar o construir vías nuevas. En cuatro años, con casi 500.000 mil carros más, sin metro, tranvía, o transmilenio la ciudad va a colapsar porque en 30 años no se construyeron vías y en estos cuatro las quieren ver a punta de amor. Lo realmente irónico es que va a colapsar una ciudad que tiene hoy, por habitante, menos carros que cualquiera de sus contrapartes del mundo desarrollado y en desarrollo.
Nadie niega que sería ideal poder llegar al trabajo en un transporte público eficiente, seguro, limpio y cumplido. Pero eso no existe en Bogotá y, a diferencia del transporte masivo, las vías que se requieren pueden financiarse con recursos privados, es decir no se necesitan 50 años de estudios, no se necesitan comprometer recursos que se requieren para construir, algún día, el metro. Los carros existen, van a existir, y cómo con las drogas, tenemos que bajarnos de la nube de creer que somos tan especiales que seremos los primeros en habitar una ciudad sin transporte particular.
Es imperativo invertir y mejorar el transporte público. Pero es paradójico que ésta política del avestruz nos esté llevando a ser la primera ciudad inviable del mundo por el caos del tráfico.

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