Lunes 25 de enero de 2010
Por: Christian Jaramillo
Las medidas que tomó el Gobierno sobre el POS en el marco de la emergencia social han recibido una fuerte crítica en virtud de los recortes en el aseguramiento. La discusión que ha seguido refleja una tensión secular al interior de la economía: la tensión entre la economía pública y las finanzas públicas. Entre las razones para gastar y las razones para no gastar. Entre las razones para la actividad económica del Estado y sus límites.
Una observación me preocupa. Los defensores de las razones para gastar cuentan con sorprendentemente pocos economistas en sus filas. Yo me pregunto, si la tensión se da al interior de la economía, ¿por qué es que entre los defensores de la nivelación del POS hay tan pocos economistas? ¿Por qué los economistas se ponen tan fácilmente el sombrero del Ministro de Hacienda (finanzas públicas) y no tanto el del economista público?
Por supuesto, una razón plausible es que el desbalance fiscal en esto del POS es abrumador. Y así es, un recorte de gasto era necesario. Pero es que el sesgo no se limita al tema de la salud sino que es generalizado. ¡Baje los parafiscales como sea! ¡Desregule! ¡Privatice! ¿Le suena?
Yo propongo otra explicación (que no excluye la anterior): en el fondo éste es aún un país de macroeconomistas. Las razones del gasto público se suelen encontrar en la microeconomía, no en la macro. Temas como desigualdad de ingreso, bienestar y fallas de mercado se reflejan sólo muy limitadamente en los modelos macroeconómicos. El agente representativo no conoce la desigualdad. Su bienestar se ve si acaso en consumo, que en el largo plazo va con la capacidad de producción: de ahí el énfasis en crecimiento. Fallas de mercado, sólo las generalizadas –desempleo, inestabilidad de precios (inflación) y de sector financiero: ¡Precisamente las que atañen al Ministro de Hacienda!
Los modelos –y por lo tanto el Estado– de los macroeconomistas se enfocan en esas variables; las soluciones que proponen los macroeconomistas inevitablemente se refieren a esas variables. Lo central es el crecimiento; el gasto público sólo se justifica si ayuda a crecer. Dentro de esa lógica el gasto en salud o aquel en cultura, o la regulación, son lujos que se da el Estado porque –qué calamidad– la otra gente que opina en política no entiende la economía. El resultado es, francamente, un Estado estéril y sin una idea de sociedad. Un Estado incapaz de proponer una dirección de desplazamiento, de desarrollo.
Este no es un status quo deseable: ni para el Estado ni para la economía, ni mucho menos para la sociedad. Las dimensiones del Estado que los economistas ignoran sólo encuentran eco en otros formuladores de política, aquellos cuyo entrenamiento no necesariamente los alerta a la importancia del balance fiscal o a los riesgos de exagerar la regulación. Los juristas, digamos, defienden el gasto; los economistas se quejan del despilfarro. La decisión de igualar los POS contributivo y subsidiado es ejemplar para los unos e irresponsable para los otros.
Me contaba un amigo chileno que en Chile también fue así: hubo una época en que todos los economistas eran macro. El sueño de los que estudiaban economía era ser ministro de hacienda. Eso de ser experto en un mercado particular era como menos. Y además innecesario, porque los macroeconomistas sabían de todo en la economía: ningún mercado les quedaba grande. (O pequeño.) Las prescripciones regulatorias, por ejemplo, reflejaban fielmente el pensamiento macroeconómico en boga. Era como si todos los músicos fueran directores de orquesta y no se considerara necesario que algunos se especializaran en violín, trompeta o percusión.
Según mi amigo eso cambió cuando se logró una masa crítica de economistas dedicada al estudio de mercados específicos. (Él tiene también una teoría de cómo se logró esa masa crítica, pero no viene a cuento aquí.) Es decir, cambió cuando hubo suficientes economistas analizando de cerca el rol microeconómico del Estado en el desarrollo y defendiéndolo en la discusión de política.
No sé si lo que dice mi amigo chileno que pasó en Chile se puede sustentar con cifras; la conversación nuestra fue como de café y galletas. Y los dos nos consideramos microeconomistas, así que no somos precisamente imparciales. Pero me suena plausible. ¿Será que en Colombia vamos también para allá? Ojalá. De pronto así entendemos mejor nosotros los economistas lo que nos dicen los demás, esos que infortunadamente también opinan en la discusión de políticas públicas.
Se le olvido decir que la nivelación del POS surge de una sentencia de la Corte del año 2008 (ver http://www.periodicoelpulso.com/html/0910oct/editorial/editorial.htm) y que esta "emergencia" realmente no es emergencia pues ya se sabía que en 2010 se unificaría el POS. Sorpresa, no? No son los economistas los que deciden, son los abogados.....
No es cierto que la igualación del POS sea una orden que provenga de una sentencia. Esta fue establecida en la ley 100 de 1993 (artículo 162 por si las dudas) hace 17 años, sin que en ellos se haya efectuado un solo acto que contribuya a acercar ambos regímenes. Esa es la orden de la sentencia que cita: adoptar un plan y un programa para igualar, ¿para igualar cuado? no importa siempre y cuando se trace un camino siempre en los términos de las promesas de la ley 100.
Asi que no deciden ni los economistas ni los abogados. Deciden los congresistas que infortunadamente no son ni economistas ni abogados, y entre ellos el que ahora es presidente que en esos años era senador y que promovio la ley que hoy despescueza, incluido el artíuculo 162.
Christian, me quedó la inquietud de la teoría "chilena" de cómo alcanzar la masa crítica. ¿Podría contarla acá en los comentarios?
¿Es cierto que muy pocos economistas defienden la nivelación del POS? Hay argumentos de solidaridad para justificar la igualacion. La pregunta es quien paga por esta nivelacion. Es aparente que tal como esta diseñado el sistema, los numeros no cuadran. "Macro" y "micro" economistas deben enfrentar esta realidad. Para los "micro" no debe ser suficiente decir que es deseable igualar. Deben tambien sugerir estrategias para cubrir los gastos de la igualacion.
Apropos de esto la necesidad de un norte en las politicas publicas, del deseo de crear realidades. Julieta Lemaitre aqui en La Silla Vacia: http://www.lasillavacia.com/historia/5493 .
Se me ocurren dos razones por las que acá imperan los macroeconomistas "sabelotodo" sobre los microeconomistas sectoriales.
Por un lado práctico, acá la concentración del poder presupuestal en el ejecutivo es bastante alta, algunos dirían que para bien, pero al mismo tiempo eso restringe fuertemente los que usted llama "economistas públicos" desde antes de que comience la pelea.
Lo que me lleva a la segunda razón. Como acá se puede gastar en lo que sea, puede que los microeconomistas sectoriales sufran de un problema de señalización: que se mezclen con los juristas y otros formuladores de política porque comparten las propuestas, así cada uno haya llegado a ellas por caminos diferentes. Esto llevaría a que Hacienda, la profesión o los macroeconomistas de turno, no los tomen muy en serio porque no pueden distinguirlos de los "retóricos". Será cuestión de reputación?
Un saludo
Muy buen post.
Sería genial que intentara decir estas mismas cosas (en todos lados) reforzándoles el "ingrediente publicitario". Porque las suyas (y en general las de este blog) son cuestiones tan necesarias como difíciles de leer, así que necesitan "lemas", "metáforas", "chistes" o trucos por el estilo para hacerse escuchar.
Y vale la pena que lo escuchen (así pierda un poco de rigor).
Ojalá nos cuente algún día la teoría de la masa crítica.
!Gracias!
Estoy de acuerdo con su análisis de microeconómista, pero considero que mucho de nuestros males es la ausencia de control y exigencia de la sociedad. Creo que somos una sociedad abúlica, conformista, perezosa para analizar las políticas públicas. Cuando se habla de inversión social, inmediatamente nos dicen que eso es muy costoso y nosotros lo aceptamos. POr ej. el metro, muchos ciudadanos, pueblo, no solo Peñalosa, como caja de resonancia lo rechazan por costoso, pero no se detienen a considerar el servicio público que prestaría y que como sociedad merecemos que el estado solucione así sea un problema social. Nuestros proyectos son inmediatistas no son de largo plazo, Chile por ejemplo y Brasil, llevan aplicando políticas económicas y sociales independientemente de quien ejerza la presidencia y los resultados son positivos. La vía al llano, construída hace menos de 15 años, resultó de una sola vía,otra vez, debemos aguantar cierres para la construcción de la doble vía.
Los colombianos no construímos grandes obras, si por nosotros fueramos, la muralla china sería de puas y probablemente donde morara el emperador. Los demás que se defiendan, no construiríamos un canal como el que une a Londres con París, pues sería muy costoso, insisto con el metro, Buenos Aires ya lo tenía en la primera decada del siglo 20, aquí nos toca conformarnos con los buses rojos y alabarlos como la octava maravilla. Leyeron a Llinás criticando que creyéramos que el transmilenio era la gran obra?