La salida de Daniel Pardo del portal Kien&Ke abre una ventana indiscreta a la intimidad de los medios. De manera desordenada e incompleta, vemos la pelea de los vecinos por la rendija de la persiana. Es un lujo que tenemos que aprovechar: mañana volverán los escándalos políticos, los comunicados de prensa y los premios de periodismo (esto último, literalmente). Mañana a esta hora ya nos habrán bajado de nuevo la cortina.
La noticia es que Kien&Ke canceló el espacio de opinión de Daniel Pardo poco después de que él escribió una columna sobre la pérdida de independencia de varios medios por cuenta de la publicidad omnipresente de Pacific Rubiales. Hasta ahí la cosa se ve mal, pero si organizan los hechos, se darán cuenta de que es aún peor.
Los invito a que traten de abstraer este recuento en términos generales. Piensen en la relación entre un columnista de opinión cualquiera y el director del medio para el que escribe:
- El columnista envió la primera versión de la columna de opinión aproximadamente a finales de septiembre. Normalmente, este tipo de textos pasa sin filtro alguno del correo electrónico del receptor (el editor o el asistente del director) al webmaster, que lo sube a la hora indicada. Es el método tradicional de un medio impreso que, por ejemplo, no se usa en La Silla Vacía, donde los autores tenemos una interfaz para publicar sin intermediarios. (Así es: los blogueros podemos matar a Juanita León de un infarto).
- María Elvira Bonilla, directora de Kien&Ke, interceptó la columna en el camino, antes de que se publicara. Si habláramos de un periódico diríamos que hizo parar la rotativa. ¿Por qué llegó la columna a sus manos? Hay dos opciones no excluyentes: o porque el empleado que recibió el texto alertó a la directora sobre el tema, o porque alguna de las fuentes del columnista hizo lo propio.
- Por la desafortunada aclaración de Bonilla, me inclino por la segunda opción. Dice: “El portal Kien&Ke tuvo acceso a un correo dirigido por el citado periodista Héctor Mario Rodríguez al director de La W en el que le dice lo siguiente…”. Lo que sigue es, al final de cuentas, irrelevante. O Rodríguez o Julio Sánchez Cristo o los dos, alertaron a Bonilla. Y por el rechazo de Rodríguez a la aclaración de Bonilla, pienso que debió ser Julio el que hizo sonar el pito. Pardo contactó a Don Julio –sin respuesta– en el proceso de reportería de la columna (es decir, antes de que mandara el texto).
- Pardo accedió a corregir la columna después de una discusión con Bonilla. Si habláramos de un periódico diríamos que, mientras tanto, la edición se fue a imprenta sin su texto. Y pasaron varias días antes de que viera la luz. Finalmente, el 11 de octubre estaba en línea el escrito ‘Pacific es Colombia’.
- Una semana después, tanto el subdirector de Kien&Ke, Harold Abueta, como la directora, contactaron a Pardo para que enviara las “pruebas documentales” de la columna. Según ellos, había una versión de una fuente que lo contradecía. Ante la demora –o reticencia– del columnista en contestar, prescindieron de sus servicios en menos de un día.
- Pero ojo: el correo que citan como justificación de la decisión se dio, en realidad, en relación con el primer intento de columna (el correo filtrado y descontexutalizado dice: “Julio. Daniel Pardo me contactó hace dos días porque está escribiendo un artículo para Kien&Ke…”. Es decir, a finales de septiembre). Y lo cierto es que no conocemos –y seguramente no existe– ninguna solicitud de rectificación ni nada semejante.
Decía antes del recuento que la cosa se ve peor de lo que contaron Blu Radio y La Silla Vacía. Les dejo tres reflexiones (y una nota al margen: que Néstor Morales se haya animado con una historia tan espinosa es un beneficio inesperado –algo así como una externalidad positiva– de la competencia):
La auditoría selectiva a las columnas de opinión. En muchos medios de comunicación en el Mundo es común que las columnas de opinión tengan un proceso de verificación (el ‘fact-checking’). En Colombia es la excepción (se trata de un proceso costoso y dispendioso), y como demuestra este caso –e incluso el de José Obdulio Gaviria en El Tiempo– es un proceso arbitrario y aleatorio. Las reglas se inventan después de la decisión. El acto de transparencia es adornar públicamente una improvisación.
María Elvira Bonilla se inventó una auditoría cuando se encontró con una opinión muy inconveniente, para ella, para su empresa o para terceros –no sabemos–. El problema no era con la reportería (cuya veracidad parece sólida y es, en este caso, un elemento secundario). Pardo ya se había graduado como la pluma irreverente del medio y Kien&Ke ya había jugado a ser mordaz e independiente. Había llegado la hora de ordenar la arenera.
El poder de Julio Sánchez Cristo. Si tuviera que apostar, pondría mis fichas en que Julio no va a decir nada sobre este episodio ni mucho menos va a resultar señalado por alguno de sus pares. Es entendible: los únicos que criticamos a este periodista somos los que habitamos en los extramuros del poder mediático. De cualquier forma, tal vez María Elvira Bonilla expuso involuntariamente una muestra de las técnicas de duelo de Julio. Tal vez nos dejó ver un roto en sus medias.
El modo ‘control de daños’ de los medios. Cuando cometen un error, los medios de comunicación entran en un modo perverso del ‘control de daños’. En vez de limpiar los vidrios rotos y sacar la basura, en vez de corregir y de acusar recibo, tapan el mugre con una mano de pintura. Hay excepciones, pero son pocas. Y lo más sorprendente es que creen que no nos damos cuenta.
Esta entrada ya se volvió un discurso. De hecho, le propongo a María Elvira Bonilla que la tome como propia y la lea mañana, cuando hable en la entrega del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, del cual es la honorable presidente del jurado. No importa que el episodio que ella protagonizó esté fuera de concurso.