El gobierno del país más poderoso del planeta, el cual, a su vez, alberga la democracia constitucional más antigua y admirada, se halla paralizado. Amenazado por el riesgo inminente de una nueva recesión, su presidente implora por el respaldo del congreso para que se apruebe una legislación de emergencia destinada a incrementar el consumo y generar empleo. A pesar de la gravedad de las circunstancias, se ignora si los consensos necesarios podrán lograrse.
Hace pocas semanas fue preciso llegar hasta el borde del abismo para que se elevara el tope de la deuda federal a fin de evitar un colapso del dólar que habría tenido graves consecuencias para todo el mundo. Los aspectos de la política exterior que requieren aprobación congresional, tales como la designación de embajadores o la ratificación de tratados con otros Estados, se encuentran en el congelador.
Me parece interesante destacar que la crisis actual en buena parte deriva del sistema político que se plasma en la Constitución, y en parte también de evoluciones políticas que se han venido dando a lo largo de muchos años.
Desde el punto de vista de la tipología de los sistemas políticos, los Estados Unidos son un Estado presidencialista: 1) Dejando de lado sutilezas formales, el presidente es elegido, al igual que el congreso, por el voto popular; 2) como parlamento y gobierno son poderes autónomos, el presidente no puede disolverlo y convocar a elecciones, pero tampoco está al alcance del parlamento emitir mociones de censura que implican la caída de aquel; 3) así algunos nombramientos requieran confirmación por el senado, el presidente nombra y remueve a los funcionarios de la administración.
Como consecuencia de estas características, existe una nítida separación de poderes que, en general, funciona con eficiencia para evitar abusos de poder. Sin embargo, cuando fuerzas políticas antagónicas tienen el control de cada una de estas ramas del gobierno -se supone que el poder judicial es neutral- son altos los riesgos de que se llegue a una situación de anulación recíproca como la que existe en la actualidad.
Dado que la contienda presidencial domina el interés de los electores, lo que suele ocurrir es que el partido que la gana al mismo tiempo accede al control del congreso, lo cual, en principio, garantiza que el gobierno puede sacar adelante sus iniciativas en el congreso. Sin embargo, puede no suceder así. La oposición en el senado cuenta con un instrumento eficaz para arruinarle la fiesta al partido del gobierno: el "filibustering".
-¿Y eso que es?- pregunta, desde el fondo del salón, una chica angelical. Consiste en que se puede usar indefinidamente el derecho al uso de la palabra para impedir que un asunto cualquiera se someta a votación, a menos que una súper mayoría de 2/3 de los miembros disponga lo contrario. Los demócratas, en la actualidad, no la tienen.
Otro factor que puede hacer que se erosionen las mayorías del gobierno en el legislativo consiste en que cada dos años se renueva la totalidad de la cámara y un tercio del senado. A Obama le sucedió, al igual que a Bush, hijo, en su segundo mandato, que la oposición se hiciera al control de aquella. Ninguna iniciativa puede, pues, prosperar en la cámara si no hay un acuerdo bipartidista.
Lo cual nos lleva al problema que genera la reelección para el cuatrenio siguiente. Esta circunstancia determina que la posibilidad de acuerdos entre demócratas y republicanos disminuya a medida que se acerca la nueva justa electoral. Para el partido que se encuentra en la oposición, pactarlos equivale a facilitar que el presidente en ejercicio logre su propósito de continuar en el cargo. A un poco más de un año de las próximas presidenciales, es lógico que Obama, que, según los últimos sondeos, es un candidato débil, parezca un profeta que clama en el desierto.
Además, la reelección, en contra de lo que aquí se dijo cuando, en mala hora, se reformó la Carta para permitirla, deteriora al presidente antes que fortalecerlo. Lo obliga a dar prioridad a la tarea de acumular capital político desde poco después de su primera elección. Tanto porque debe esforzarse por ganar las parlamentarias bienales, como por la necesidad de prepararse para ganar su propia reelección. La reforma de la salud, una de las pocas iniciativas importantes, hasta ahora, de Obama ocurrió antes de las elecciones de "mitaca", como aquí diríamos.
La suma de estos elementos permite afirmar que el presidente de los Estados Unidos, durante su mandato normal de ocho años, en realidad gobierna durante dos: el primero de cada periodo; el resto del tiempo está en campaña.
Dicho esto un joven de mochila y saco de lana cruda señala que la parálisis que hoy se observa en los Estados Unidos es novedosa o, al menos, que se ha intensificado. Es verdad. Cuando el Presidente Eisenhower perdió en 1957 en control del congreso habían transcurrido 72 años sin que ello sucediera. Pero desde entonces se ha intensificado la posibilidad de que los presidentes tengan que gobernar -o, en el fondo, no gobernar- por carecer de respaldo en las cámaras. Esa ha sido la suerte de los presidentes recientes: Clinton, Bush, Obama.
¿Qué ha sucedido? que los partidos políticos, en Estados Unidos al igual que en muchas otras partes, ya no logran canalizar a una porción creciente de la opinión pública. Esta falta de disciplina partidista genera un fenómeno agudo de volatilidad electoral.
Otro elemento importante para entender la creciente ingobernabilidad es el "gerrymandering". -¿Cómo dijo?- Así, tal cual. Consiste en la redefinición de los circuitos electorales para la elección de la cámara con el fin de incrementar la representación del propio partido o deteriorar la del adversario. Ambos partidos, cuando tienen mayorías cómodas, acuden a este mecanismo. El resultado obvio y paradójico consiste en que mientras el común de los ciudadanos ha ido abandonando las posiciones radicales, los fanáticos de ambas colectividades dominan la cámara. Llegar a acuerdos es casi imposible.
Comparado con este cuadro sombrío, el país del "Sagrado Corazón" y la "Unidad Nacional" parece una maravilla.
