Como es usual, nuestro admirado Vicepresidente ha roto la disciplina de gobierno para intervenir en los debates que se realizan en esta época del año para definir el salario mínimo. A nadie puede sorprender esta forma de conducta, que es reiterada, impune y, además, popular. Avispado como ningún otro político, sale a pescar en donde los peces se encuentran, o, si no les gusta el lenguaje alegórico, va derechamente hacia los que Uribe, con tan sincero afecto, denomina "los votícos".
Digamos con franqueza que esta conducta es inadmisible. O se está en la orilla del Gobierno o en la de la oposición pero no en ambas. No resulta congruente con una ética elemental de lo público, como la que práctica, con rigurosa coherencia, el Senador Robledo que da varilla en el Congreso pero no sale luego a pedir puestos. Precisamente por su alta investidura el Vicepresidente está obligado a dar ejemplo. Qué tal fuera que al Viceministro de Hacienda o al Director del SENA les diera por decir que no les gusta la reforma tributaria, o a la Directora del INCODER que tiene mejores opciones en materia de restitución de tierras.
¿Pero que dijo el gran Angelino que justifique semejante vaciada? Imagino que pregunta uno de ustedes. Dijo dos cosas. Una, que es la que ha llamado la atención, pero que es hasta cierto punto trivial, y otra que me escandaliza. Vamos por partes.
"En mi opinión -cito textualmente- la oferta de 3.5% para el aumento del salario mínimo es una oferta realmente miserable". Un incremento del 3.5 % puede no ser suficiente para las expectativas sindicales -probablemente el alza será superior, haya o no acuerdo en la Comisión de Concertación- pero, como excede a la inflación, que, según cifras confiables, será del 3%, implicaría un aumento real del salario mínimo. No es, en modo alguno, un mal punto de partida; calificarlo de "miserable" implica atribuir, de manera injusta, una conducta censurable a la colectividad empresarial. Eso no puede hacerlo quien está investido de una elevada magistratura.
En obsequio del ostensible catolicismo que profesa en sus actividades públicas el Vicepresidente (quien olvida, de paso, que es un funcionario civil en un Estado laico) haré una cita bíblica: “¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: “Hermano, deja que te saque la paja de tu ojo”, tú que no ves la viga que tienes en el tuyo? ¡Hipócrita!, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano” (Lucas 6, 41-42).
Las palabras del Señor recogidas por el Evangelista vienen al caso por cuando alguna de las organizaciones sindicales que participan con todo derecho en la mesa salarial ha pedido un aumento del salario mínimo del 10%, o sea más de tres veces el incremento del nivel general de precios que ha tenido lugar este año. Cualquiera sabe, sin necesidad de ser economista o mero vicepresidente, que un aumento de esas magnitudes, si no deriva de un crecimiento exponencial de la productividad del trabajo -que, por desgracia, no ha ocurrido- tendría efectos demoledores sobre el mercado laboral.
Supongamos, en efecto, que el precio de la mantequilla o de los huevos se triplicara de buenas a primeras cuando los restantes productos de consumo lo hacen al 3% anual, como en la actualidad sucede. Es evidente que la demanda por aquellos bienes caería en forma acelerada. Con el trabajo pasa igual. Si el trabajo formal se encarece en exceso, prospera el informal, que es precario y, ese sí, "miserable". O peor aún: en economías relativamente abiertas a la competencia externa como es la nuestra, si el trabajo nacional no es competitivo el empleo se desplaza hacia el extranjero.
Milton Friedman, quien no se ganó el premio Nobel de Economía en una tombola, decía que el establecimiento de salarios mínimos es una forma de discriminación contra los trabajadores no calificados, razón por la cual consideraba que los salarios debían fijarse libremente en el mercado. No comparto este punto de vista que me parece extremo. El mercado laboral es imperfecto y, por lo tanto, se justifica que el gobierno intervenga en su regulación, tal como lo hacen la generalidad de los países del mundo, comenzando por Nueva Zelanda que lo viene haciendo desde fines del siglo XIX.
Pero, en parte, Friedman tenía razón. En la fijación del salario mínimo hay que tener en cuenta, como la legislación vigente lo establece, la inflación transcurrida y esperada, tanto como las ganancias (o retrocesos, que también pueden darse) en productividad. Esto lo sabe la dirigencia sindical, que es madura y experimentada, y por ello abandonará su posición maximalista en los muy próximos días. (Angelino, curtido como es en estas lides, no lo ignora, pero, en vez de descalificarla, afirmando, como cabría esperar, que ella es "irresponsable", sonríe para sus adentros, mira para otro lado y calla).
Recuerden que atrás les decía que esta travesura de Angelino sobre la fijación del salario mínimo es baladí; mera gimnasia electoral de un político a quien le encanta fingir que no lo es. No obstante, hizo una afirmación delicada. Que con la propuesta empresarial respecto del incremento salarial “no se ayuda... a la búsqueda de la paz”. Noten ustedes las implicaciones: la paz depende de que ciertos actores sociales cedan sus intereses frente a los de otros, los cuales, se afirma de modo implícito, son de mayor jerarquía. La paz, pues, vendría a ser la reconciliación definitiva de la sociedad, cuando todos los conflictos han sido superados y triunfado los "verdaderos" intereses del "Pueblo".
El problema es que ese no es el modelo de sociedad que perfila nuestra Constitución. Somos -queremos ser- una sociedad plural, no monolítica u homogénea. Somos muchos, somos distintos, perseguimos fines que en parte coinciden y en parte no; necesitamos, por lo tanto, mecanismos civilizados para tramitar nuestras diferencias y llegar a acuerdos que siempre serán incompletos y temporales.
La paz no es -querido Angelino- la ausencia de contradicciones y choques, o la subordinación de los intereses de unos actores sociales por los de otros. La Justicia, que es un valor subjetivo e inalcanzable, no es el objetivo la sociedad y del Estado; lo es la convivencia bajo el alero común de unas reglas que todos debemos respetar. La paz no deriva de que, por fin, reine la Justicia entre los Hombres, sino de lograr que seamos capaces de tramitar nuestras diferencias sin matarnos en el proceso.
¡Pobres De la Calle y sus muchachos tratando de explicar en la Habana que Angelino, en tema tan trascendental como este, tampoco representa al Gobierno¡
