Compensar con fondos públicos la diferencia entre el precio que el mercado externo reconoce y aquel que se estima "justo" para nuestros caficultores no es sostenible a término indefinido, retarda los ajustes al modelo productivo que son indispensables y crea la legítima expectativa de que el Estado está ahí para compensar a todos aquellos grupos de interés a los que les va mal o, que, simplemente, quieren mejorar su ingreso de cuenta del resto de la sociedad.
Dicho esto, no hay duda de que el problema que padecen los cultivadores del grano es mayúsculo. En primer lugar, la producción viene cayendo de manera constante desde años atrás. Mientras en el periodo 1990/94 el volumen promedio anual fue de 14.4 millones de sacos, al cierre del último año cafetero fue de apenas fue de 7.7.
También es verdad que la revaluación del tipo de cambio, que deteriora la rentabilidad en moneda nacional de las exportaciones, golpea con especial virulencia un negocio que, desde comienzos del siglo XX, ha estado volcado sobre el mercado externo; como poco depende de insumos o bienes de capital adquiridos fuera del país, no logra compensar los efectos nocivos de la revaluación con importaciones baratas.
Por último, la reciente caída del precio internacional del grano ha contribuido a envilecer, aún más, el ingreso cafetero. En efecto: mientras el precio promedio en enero de 2012 para los suaves colombianos era de US centavos 255.91, en enero de este año fue de 169.19.
Coinciden los promotores del paro, la Federación Nacional de Cafeteros y el Gobierno en que estos problemas son coyunturales: que la producción ya casi va a reaccionar; que la moneda nacional, como tantos lo quieren, pronto se va a colocar arriba de los $ 1.900 por dólar; y que el mercado tomará en el corto plazo una senda alcista satisfactoria para los productores. Por eso le apuestan a los subsidios para complementar el precio: se trata de empujar un poco más ya que pronto estaremos al otro lado.
Infortunadamente, abundan las razones para creer que esta hipótesis edulcorada es incorrecta. En general, se considera que el precio del dólar se mantendrá bajo durante un largo periodo, a menos que la economía tenga serios tropiezos en el futuro próximo como, lamentablemente, podría suceder. Nadie en sus cabales conjetura que la cotización del café en el mercado externo se estabilizará en valores superiores a los registrados en el periodo reciente pues se sabe que la volatilidad de los precios de los bienes básicos, tales como el petróleo, el oro, el trigo o el café, es elevada, circunstancia esta que explica que todos los mecanismos de estabilización de ingresos hayan fracasado. Entre ellos -no sobra recordarlo- nuestro Fondo Nacional del Café
Pero, además, el diagnóstico es incompleto. Veamos:
Por lo que a la producción refiere, es preciso recordar que las estimaciones de la Federación sobre las cuatro últimas cosechas han fallado por amplio margen, quizás por que fueron realizados, no para producir información veraz, sino para obtener ciertos efectos políticos. ¿Porqué habríamos ahora de creerle? Pero aún si hubiere actuado de buena fe, lo cierto es que existen formidables obstáculos para lograr una recuperación sostenible de la producción, todos los cuales confluyen en un déficit de rentabilidad que no se resuelve con paños de agua tibia.
Sucede que bajo las condiciones promedio de productividad y precio de hoy, la extensión de una parcela cafetera, para que genere un ingreso equivalente al salario mínimo, debe ser superior a 5 hectáreas, requisito que solo cumplen el 5% de las fincas. Por lo tanto, para que la gran mayoría de los caficultores pueda vivir de lo que produce su terruño, el tamaño de este tendría que aumentar de modo significativo. Para lograrlo es indispensable un programa profundo de concentración de tierras; de lo contrario, los subsidios al precio son un mero paliativo para la terrible situación que padecen la gran mayoría de las productores.
Como lo son también para mejorar el ingreso de aquellos campesinos que, por cultivar el grano a una altura que ha dejado de ser adecuada como consecuencia del cambio climático, tienen que afrontar severos problemas de salud vegetal. En estos casos constituye grave error inducirlos a que renueven sus cafetales. Lo que habría que hacer es apoyarlos, lo cual, por supuesto, requiere subsidios, para que sustituyan el café por otros cultivos, tales como frutas, cacao y hortalizas
En su obsesión por preservar la prima que recibe nuestro café en los mercados externos, la Federación impide exportar cafés que no hayan sido cosechados por medios manuales grano a grano. Esta regla tiene el perverso efecto de estrangular el margen del productor dado que cerca el 70% de los costos directos del cultivo son mano de obra; y de que los salarios han subido más que el precio promedio del grano. Es lo que suele ocurrir cuando los países, al modernizarse, se hacen más ricos.
La solución correcta es la adoptada en el Brasil, el cual ofrece, sin intervención ninguna del Gobierno o de entes privados, una amplia gama de cafés arábigos y robustas (estos últimos vetados en Colombia por la Federación), lo cual permite que haya diferentes precios en función de su tipo y calidad. De esta manera, es posible reducir costos mecanizando, hasta cierto punto, los cultivos, lo cual se traduce en un mejor margen para el cultivador así se reciba un precio menor.
La adopción de una estrategia como esta permitiría preservar el sobre precio que se percibe por el café excelso pero abriría múltiples opciones de oferta que mucho pueden ayudar a superar la crisis que padecemos. Con el café pasa lo mismo que con los vinos: concurren en el mercado productos sofisticados, de rango medio y de consumo popular, cada uno de ellos con su propia senda de precios y sin que unas categorías compitan con otras.
Hace bien el Gobierno en convocar una misión técnica independiente que formule propuestas para superar el caos reinante. Al integrarla debe tener en cuenta que el modelo de producción y comercialización de café que ha fracasado tan estruendosamente fue diseñado y administrado con mano de hierro por la Federación Nacional de Cafeteros. Resultaría inadmisible que se llame a los pirómanos para combatir el incendio.
