Dicen científicos y poetas que hay varios tipos de amor en pareja. Una clasificación que me convence es la de algunos estudiosos del cerebro. Ahí va, en mi interpretación de diletante:
Está el amor sexual, esa fiesta del cuerpo que nunca se agota, y que brinda a sus virtuosos la mirada clara y la sonrisa frecuente. Es el amor del cuerpo que abre puertas y ventanas y deja circular el aire por toda la casa que somos. En cuanto amor, nos permite acercarnos a múltiples otros con respeto, excitación y deleite, y salir del encuentro desapegados y renovados como un Buda en ciernes.
Está el amor romántico, obsesión de occidente desde que en el sur de Francia empezaron a cantarle hace cientos de años. Es el amor que no se alivia sino con la presencia del otro, del único, del objeto de una pasión tan devastadora que nos puede llevar a desear la muerte o a esperarlo hasta el fin de la vida, como Florentino Ariza. El amor de un sólo nombre, que resuena en nosotros con ritmo afanado desde que abrimos los ojos, fuego y herida que nunca se cura, y su pérdida es la definición de tormento.
Está el amor de pareja, ese barco que llega a por fin a puerto. Sentirlo es saber cuál es nuestro lugar en el mundo, saber dónde cabemos en el cuerpo del otro, en la mirada y la vida de otro al que todo se confía, sin dudas ni miedos. Es estirar la mano en la noche cuando nos asaltan los miedos y encontrar unos dedos dispuestos a brindar solaz y consuelo. Es el enigma de un ser que habita dos cuerpos, o de dos que saben moverse con la secreta convicción de ser uno completo al tiempo que parte de otro. Es el espacio entre los dos que permite sortear con éxito la aventura de traer hijos al mundo, y dejarlos ir, poco a poco.
Encontrar los tres amores en otra persona, en un mismo hombre o una misma mujer es ganarse la lotería de la vida. Los caminos que nos llevan a ese día son tan misteriosos como el azar, el destino, los propios recuerdos de una infancia feliz. Y por razones aún poco comprendidas, físicas, químicas o de alguna procedencia distinta, la mayoría personas son incapaces de sentir algún amor de pareja por las personas del mismo sexo. Otras, las menos, pero aún multitud, no sienten ninguno de estos amores por el sexo opuesto.
Y si bien parece llevamos los tres amores inscritos en la arquitectura misma de nuestros cerebros, las culturas diversas auspician unos u otros en tantas variaciones como pueblos. El nuestro, en este siglo XXI, está en medio de una transformación radical frente al amor, fincando en él cada vez más la felicidad humana, y llamando a su celebración en todas sus formas. Esta transformación, incompleta, es padecida por quienes habrían de negar el amor, en cualquier variante, entre personas del mismo sexo. Hija de mi siglo, me pregunto ¿con qué certeza se les niega la posibilidad del amor a algunas personas? ¿En nombre de qué dioses crueles? Para saberlo al parecer no hay sino que oírlos escupir odio y desprecio por el canal del Congreso en estos días en que se vota la posibilidad del matrimonio entre parejas del mismo sexo.

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