La convocatoria del “Día de no tanqueo” tuvo dos cubrimientos periodísticos diametralmente opuestos por parte de dos medios. Mientras El periódico El Tiempo títuló “Boicot a gasolina no se sintió”, el periódico El Espectador tituló “Unos pocos tanqueron”.
El Tiempo basó su información en un periodismo fofo de escritorio, copiar y pegar lo que le dijeron vía teléfono o correo sus dos únicas fuentes: el gremio de estaciones de servicio, Fendipetroleo, y la compañía Terpel.
El Espectador le soltó la nota al periodista Jairo Chacón y la subtituló “Se dejaron de vender cerca de $70 mil millones de gasolina durante el día de 'No tanqueo'.”

El Tiempo acompañó su lacónica nota con una foto de una solitaria protestante en una capital secundaria: “Una mujer protesta en medio de la calle en Pereira”. La protestante sostenía una pancarta que resultaba difícil de leer: “Abajo a los impuestos de los combustibles”.

El Espectador acompañó su nota con una foto que retrataba a un meditabundo operario al lado del dispensador de gasolina y la subtituló así: “Los isleros tuvieron tiempo ayer de meditar, de organizar los inventarios y de ‘echar carreta’ con sus compañeros de trabajo.” Una frase acorde al tono de la nota periodística, donde el periodista pudo darle a la información un formato canónico de crónica, un truco bien aprendido en cualquier escuela de comunicación: una primera línea intrigante y atribuida a un personaje que despierte simpatía, en este caso una trabajadora de una estación de servicio en Kennedy, y luego un contrapunto entre el cuasi monólogo interior del protagonista y datos duros de representantes de gremios e instituciones sobre la situación. Incluso, la declaración del director ejecutivo de Fedispetrol, Federacion Colombiana de distribuidores Minoristas de Combustibles, difiere de la normalidad del informe del mayorista Fendipetróleo que publicó El Tiempo, el dirigente gremial de los minoristas "señaló que esta protesta afectó a cerca de 5.000 estaciones que diariamente venden entre 7 y 8 millones de galones de gasolina y diesel en el país.” La nota de El Espectador cierra con un elemento humano, un párrafo interiorista y cautivador: “Magdalena terminó su turno y salió para su casa. Su preocupación son sus hijas y no la venta que hagan sus compañeros en el resto del día, porque vendan más, vendan menos, siempre ganará lo mismo: un salario mínimo.”
Ambos medios, con sus respectivas notas vuelven a los orígenes del periodismo: por un lado, El Tiempo se muestra como un apéndice de un partido o de un emporio comercial, es lo mismo, concibe el periodismo como un órgano de propaganda amable en línea editorial con el gran capital, una mentalidad empresarial que lo hace atractivo para pautar y de gran utilidad para definir lo que es real. Por otro lado, El Espectador cuenta historias, nos gusta que nos cuenten historias, editorializa la noticia, incluso tiende a convertirla en literatura, una ganancia para el espectador, pero un enfoque siempre cuestionable pues corre el riesgo de trucar la información de profundidad por una sensibilidad profunda, de quedarse en los efectos y no ir a las causas, una aproximación no siempre efectiva al momento de hacer un análisis complejo del problema real que genera un situación, pero si muy útil para darle un correlato humano a un mundo donde los nominadores nos nominan y la estadística se convierte en un fin en sí mismo, se trata de ponerle un "rostro" a los "negocios".
¿Y el espectador? ¿Atrapado en el espacio-tiempo? Si esto pasó con el “Día de no tanqueo”, ¿qué pasará con todo lo otro que cubren los medios? La realidad es demasiado amplia para caber en un nota de periódico, ante la vastedad del mundo siempre estaremos varados, tanqueando de aquí a allá solo para ser meramente operativos y llegar de un día a otro, de una estación de realidad a otra, de un escándalo a otro, y todo gracias a la gasolina de las noticias, a la ansiedad egolatra de tener siempre algo de combustible en el tanque de la actualidad.

