“El miedo a que el otro punto de vista gobierne no debería ser parte del juego democrático”

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Aunque según Cifras & Conceptos la mayoría de los colombianos no se identifica con ningún partido, en estas elecciones hay multiplicidad de ellos. Al mismo tiempo muchos candidatos como Alejandro Gaviria o Juan Carlos Echeverry han optado en primer lugar por recolectar firmas, aunque lo más probable es que terminen haciendo alianzas con partidos políticos. 

Aún así, la discusión política continúa centrada en las caras más que en los contenidos programáticos de los partidos. ¿Han perdido los partidos su capacidad de representación, pero al mismo tiempo no se puede ganar una elección sin ellos?

Para analizar esta paradoja, La Silla Académica entrevistó a Clara Rocío Rodríguez Pico, investigadora del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Colombia y autora del artículo “El hundimiento de la lista cerrada y bloqueada en las propuestas de reforma política en Colombia. Aspiraciones vs. prácticas políticas”.

La Silla Académica

Clara Rodríguez

La última encuesta de Cifras & Conceptos reveló que el 67% de los colombianos no tiene afinidad a ningún partido político ¿Qué implica eso en términos de las funciones que los partidos cumplen en una democracia?

Esos resultados muestran al menos tres cosas: que muchos ciudadanos están más preocupados por cómo resolver su día a día: su vivienda, su comida, el desempleo, etc. que en las dinámicas políticas. Y ahí hay una brecha porque los partidos deberían poder responder a los problemas ciudadanos.

Por otro lado muestra el peso que tienen los personalismos. Muchas veces la gente no se identifica con un partido, pero sí con un político. 

Los resultados muestran finalmente que los partidos no están cumpliendo las funciones que tienen en una democracia liberal representativa como la que tenemos. 

¿Cuáles son esas funciones?

Nuestro sistema democrático parte de la base de que es imposible para el ciudadano participar permanentemente y tomar decisiones sobre todo lo que pasa en la sociedad. Para eso debe escoger unos delegados.

Los partidos deben poder entonces identificar lo que quiere el ciudadano y convertirlo en propuestas políticas. Hay diferentes partidos porque la sociedad no es homogénea. 

Abro un paréntesis. En este punto siempre hay una tensión interesante cuando un proyecto político es elegido porque ya en el poder un gobernante debe responderle al electorado que lo eligió y, al mismo tiempo, diseñar proyectos para la sociedad en su conjunto. En ese ejercicio muchos sectores quedan por fuera.

Otro rol de los partidos es seleccionar y formar la dirigencia política.

¿En qué consiste?

Aunque cualquier persona puede ser elegida popularmente, debería saber cómo funcionan las instituciones y las reglas bajo las que se mueve la política. Por eso es importante que haya una dirigencia que se forme en los partidos, pero en Colombia ocurre todo lo contrario. El político busca qué partidos le pueden servir y si ninguno le sirve se va por firmas, entonces el rol de los partidos se distorsiona mucho.

Los candidatos se van por firmas para después resultar unidos a un partido político... Uno de los blancos de ataque contra Alejandro Gaviria es su eventual alianza con el Partido Liberal. ¿Cómo entender ese doble rasero de que por un lado aliarse con un partido resulta costoso reputacionalmente y no hacerlo resulta costoso electoralmente sobre todo en las regiones?

Es muy difícil mostrarse como independientes y responder a ese electorado que no se identifica con un partido si de entrada salen como candidatos del Partido Liberal o Conservador.
El cálculo es más: “yo hago el ejercicio de firmas y luego con ese apoyo obtengo el soporte de uno o varios partidos o negocio con el mejor postor”. O como Juan Carlos Echeverry, algunos han dicho “voy a empezar solo y luego hago la alianza con el partido del que vengo”. 

Eso no responde a la lógica de los Grupos Significativos de Ciudadanos que buscaban ser una alternativa a las de los partidos políticos para canalizar los procesos de base ciudadana y producto de la movilización social, por ejemplo. 

Las ambigüedades de la norma han permitido, en cambio, que se haga un uso instrumental de las candidaturas independientes. Para mostrarse como “outsiders”. 
Para arrancar anticipadamente una campaña mientras se concentran las alianzas porque con la fragmentación que hay ninguno candidato va a llegar solo.

Para tener un control menos estricto de lo que se está invirtiendo.

Pese a la baja identificación con los partidos, en estas elecciones se están multiplicando los que hay detrás de la puerta que abrió la decisión de la Corte Constitucional de revivir la personería jurídica del Nuevo Liberalismo...

Por un lado es un reconocimiento a las situaciones de violencia política que ha vivido el país —aunque Javier Duque dice que el Nuevo Liberalismo se disolvió antes de la andanada de asesinatos de sus miembros—. No creo que esos partidos atraigan mucho electorado, sino que van a fragmentar lo que ya está.

Usted dice que otra de las funciones que deberían cumplir los partidos políticos es ejercer oposición y llegar al poder con otro proyecto de sociedad cuando el actual está desgastado ¿qué tanto ha pasado eso en la historia del país y cómo cuadra ahí la candidatura de Petro?

La oposición en la democracia debe representar la posibilidad de que cuando un proyecto político llega a su límite, otro gobierne. Lo que diferencia a un partido de otro tipo de organización social, de un movimiento gremial, es esa vocación de poder. Debe haber una oposición muy crítica que también, en algún momento, pueda cumplir el rol de gobierno. El miedo a que el otro punto de vista gobierne no debería hacer parte del juego democrático. 

Pero la oposición en Colombia ha tenido muchas restricciones.

Nuestra democracia se institucionalizó a través del Frente Nacional. El Partido Liberal y Conservador elegían los candidatos y se repartían los cargos. Y la oposición casi que tenía que estar dentro de esos mismos partidos. La de las guerrillas estaba por fuera del sistema.

A eso hay que sumarle las experiencias frustradas, muchas veces por la violencia, de fuerzas alternativas que buscaron llegar al poder. La Unión Patriótica generó mucho entusiasmo a nivel local y hasta llegó a superar a los partidos tradicionales en algunas regiones, pero ya sabemos lo que pasó. Asesinaron a Jaime Pardo Leal, a Bernardo Jaramillo Ossa. A Carlos Pizarro del M 19. 

Recientemente vimos ese temor reflejado en la campaña contra el Plebiscito y en las elecciones de 2018. Se polarizó a través del discurso del “castrochavismo” para evitar que otras opciones como la de Petro cogieran más fuerza. Y aclaro que no soy petrista. 

Vamos a ver si ese discurso vuelve a tener la misma fuerza en estas elecciones, pero sin duda influye, sobre todo para movilizar emociones. Y las elecciones son más emocionales que racionales como quisiéramos. 

Esta es la campaña de las coaliciones entre todo tipo de partidos y también de la dificultad para que cuajen. Se ha planteado que si no es así el centro va a perder de nuevo la oportunidad de la presidencia, pero tampoco la derecha la tiene fácil...

Las coaliciones para las presidenciales no son novedosas. Están reglamentadas desde la ley de partidos que es la 1475 de 2011. Para corporaciones públicas si son muy nuevas. Se introdujo en la ley de equilibrio de poderes que es el Acto Legislativo 02 de 2015, pero no se reglamentó y sólo vía una tutela en 2018, el Polo y el Partido Verde pudieron empezar a usar la figura. Pero todavía la regulación es muy ambigua, no exige por ejemplo que haya cierta coherencia ideológica.

Aún así estamos viendo una dificultad para consolidar las coaliciones sobre todo en el centro y como en el 2018, eso puede dar lugar al “voto estratégico” que es votar por un candidato solo para que el otro no gane. El desgaste del uribismo es notorio, pero la resistencia hacia Petro es alta en muchos sectores.

Otro escenario posible es que con la radicalidad que hay, la opción de centro no termine de articularse y pase algo como lo del Perú: que toma fuerza un candidato sin mucho peso y sin mucha representatividad tipo Rodolfo Hernández o incluso Ingrid Betancourt. En Colombia somos multipartidistas, pero el personalismo siempre ha sido una característica de nuestro sistema democrático.

Hay que tener una alerta ahí si bien en Perú colapsó el sistema de partidos y la fragmentación es total. Acá no ha pasado lo mismo.

Usted dice que en una democracia no debería temerse que otro proyecto político llegue al poder. ¿Qué piensa del miedo a Petro?

En relación con el mandato de Petro en Bogotá hay dos posturas: los que creen que no lo dejaron gobernar y los que piensan que esa fue una experiencia de gestión poco exitosa. Esa última percepción es la que genera resistencia y temor al proyectarlo a nivel nacional.

Históricamente también hay muchas reivindicaciones de la izquierda que no son radicales. El pedido por apertura democrática en los años 80, la elección de alcaldes, por ejemplo, se fue consiguiendo después porque era algo razonable.

Ahora bien, Colombia tiene una institucionalidad que en cierta medida ha sido sólida. En el pasado hay varios ejemplos como el palo en la rueda que le puso la Corte Constitucional a la segunda reelección que se proponía Uribe, por eso se me hace muy difícil creer que aquí alguien termine cooptando los otros poderes públicos e imponiendo una dictadura como la de Daniel Ortega en Nicaragua.

Ahora bien, en el Gobierno Duque hemos visto algunas prácticas que ponen en riesgo esa solidez. El poder se ha centralizado por otras vías diferentes a cambiar las normas. Iván Duque ha puesto en altos cargos a personas cercanas del gobierno, incluso tiene ahora seis de siete miembros del Banco de la República, nunca nadie había llegado a eso. Algunos temores que nos venden ya están materializados.

Digo en cierta medida porque somos vistos como una anomalía en la literatura. Tenemos partidos muy viejos a nivel mundial y división de poderes, pero al mismo tiempo hemos sufrido de violencia por mucho tiempo: los asesinatos de líderes sociales o de los firmantes del Acuerdo hablan muy mal de nuestra democracia.

En el Pacto Histórico ha habido tensión alrededor de la lista cerrada por la que optaron para Congreso, entre otras porque no promueve las candidaturas de mujeres y minorías. ¿Qué permite ver este caso a la luz de las divergencias que usted muestra en su artículo que hay al interior de los partidos entre la lista cerrada y el voto preferente?

Es contradictorio que el Pacto Histórico le apueste a la lista cerrada porque no sería la manera más estratégica de aumentar su participación en el Congreso.

La lista cerrada se ve positiva en la teoría y desde muchos sectores se demanda. Los partidos tienen más control de sus candidatos. Se pueden hacer listas cremallera hombre mujer para garantizar que más mujeres logren curules. Pero eso a la luz de las trayectorias de los partidos y de los resultados electorales no es muy factible. En el artículo mostramos que los partidos se mueven y ganan curules con voto preferente.

Tipos de listas:

Porcentaje de curules:

Muchos partidos empiezan con ella hasta que se dan cuenta de esas dificultades, como el Centro Democrático o el Mira. Es paradójico que en otros países se trata de ir hacia la lista de voto preferente (abierta) —lo contrario— para romper con el control hegemónico de los partidos. En España, por ejemplo, es una reivindicación porque le da más juego a los ciudadanos.

En una lista cerrada los que no están en los primeros lugares no tienen muchos incentivos para conseguir votos y la decisión colectiva de quiénes van primero puede dividir el partido como en el caso del Pacto Histórico. Los políticos haciendo cálculos van a darse cuenta de que no van a quedar entre las diez primeras votaciones, y los 8 millones de votos de Petro en 2018 no se traducen en elecciones subnacionales ni en el Congreso inmediatamente.

Usted dice que es muy difícil pensar en cambios normativos si en la práctica no hay incentivos para ello. ¿Tenemos que renunciar a la lista cerrada? 

No se debería descartar el tema de la lista cerrada, pero debe ir acompañado de mecanismos democráticos en la toma de decisiones. En el caso nuestro debe ser transitorio.

Es complejo si son las cabezas de los partidos los que escogen a dedo, la dictadura del bolígrafo. Eso puede ser muy contraproducente incluso para sectores que quieren integrarse.

Aquí estamos discutiendo las normas muy cerca. Ha habido proyectos de que la lista cerrada sea alternativa entre los períodos electorales, o de que empiece a regir, por ejemplo, en 2026.

Eso podría ser más viable.

¿Cómo ve la democracia interna de los partidos?

La democracia no solo abarca la elección de candidatos, sino también la participación de minorías y de mujeres, por ejemplo. En los temas de género hay partidos que salen muy mal calificados y que en teoría son progresistas y de izquierda.

Por otro lado, hay estudios que muestran que partidos que hacen mucha democracia interna para elegir sus candidatos a veces terminan yendo en contra del objetivo del partido de ganar curules. A veces las consultas se hacen solo con los militantes del partido y en ocasiones son más radicales que el electorado, entonces los candidatos que escogen no son los que más podrían representarlo. 

En otras ocasiones después de que se hace una consulta el partido se divide más y los que estaban compitiendo no apoyan al candidato electo.

Es difícil medir la democracia de los partidos.

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