“La literatura nunca es neutra, pero cuando quiere dar un mensaje político explícito se empobrece”

Este jueves el presidente Duque llegó a acompañar a la delegación de Colombia en la Feria del Libro de Madrid —la más importante del mundo hispano— a la que el país llegó como invitado de honor, pero terminó haciendo un papelón por las polémicas declaraciones del Embajador sobre el criterio de “neutralidad” que habían tenido para escoger las obras de los escritores invitados. 
 
Sin que el Gobierno terminara resolviendo la duda sobre cómo se escogió la lista de invitados y si esta reflejaba la diversidad de la literatura en el país, la controversia tuvo al menos el efecto de que en Colombia se hablara de este tema.
 
¿Quiénes representan el canon de lo que se entiende por literatura colombiana? ¿Cómo juegan las posturas políticas de los autores en la construcción de este campo literario? 

Para abordar estas y otras preguntas La Silla Académica habló con Julio Olaciregui, quien recientemente editó el libro Los Años de aprendizaje de Álvaro Cepeda Samudio (2021) junto a Tita Cepeda; y con Adriana Rosas, profesora de literatura en la Universidad del Norte, donde enseña después de hacer un Doctorado en Literatura Comparada en la Universidad Autónoma de Barcelona.

La Silla Académica

Julio Olaciregui

Adriana Rosas

“Diversa y vital” es el eslogan con el que se presenta Colombia en la feria del Libro de España. ¿La selección de los autores invitados refleja esa diversidad de la literatura colombiana?

Definitivamente no. Hay muchos poetas del Pacífico, por ejemplo, que nunca son invitados y sus obras no tienen una gran difusión, y tampoco es que eso les importe mucho. Lo poco de la literatura afro que ha tenido cierto alcance nacional es la obra de Manuel Zapata Olivella, el escritor y médico de Lorica. Si de diversidad se tratara también debería aparecer la literatura indígena, de la cual sabemos poco. Recuerdo un libro de Hugo Niño, que era antropólogo, y se llamó Primitivos Relatos Contados otra vez (1976) que hablaba de mitos del Amazonas. Ahí hay una riqueza que casi no conocemos. 


Esas exclusiones hacen parte de una idea cultural que todavía nos pesa y es que nosotros apenas estamos reconociendo un interés en las producciones de otros grupos identitarios distintos a las que vienen de escritores blancos y mayoritariamente bogotanos.

 

Y el machismo también nos pesa. Yo estudié una maestría en literatura en Colombia y en clase no se trabajó nunca una mujer, salvo una en la que una profesora nos puso un cuento de Silvina Ocampo, que ni siquiera era colombiana.

Esta no es la primera vez que hay una polémica en torno a los invitados a un evento literario. Está el precedente de varias escritoras colombianas que protestaron contra la exclusión de la literatura femenina de la delegación que representaría al país en el año Colombia-Francia, en 2017. ¿Qué patrón se muestra entre un caso y otro?

En ese contexto, lo que dijo el Ministerio de Cultura fue que los escritores invitados eran aquellos que eran más traducidos en Francia, pero esa respuesta claramente no resuelve el problema, pues no es lo mismo el criterio de los que están siendo traducidos que los que merecen ser invitados. Lo otro es que perpetúa un ciclo vicioso y es que no se descubren nuevos escritores si no están traducidos.
 
En todo caso, hay que considerar que muchos de los que deciden las obras y los escritores invitados son las editoriales, según qué tanto están vendiendo los libros o si se acaban de publicar o se están reeditando por grandes editoriales. Y eso en cierto sentido es inevitable porque los libros también son un negocio. Entonces, una cosa es el mercado de las grandes editoriales y sus figuras estrella y otra la literatura colombiana, que es más amplia y desconocida.  
 
También, por estas preferencias comerciales, normalmente la literatura que se consume y se populariza no suele ser la más desafiante en términos de estilo y de contenidos. El mercado tiende a privilegiar literatura que es de fácil lectura, pero se le escapan obras como la de Olga Tokarczuk, la nobel de literatura polaca, o Valeria Luiselli, de México.

Sí, mucho de la discusión ha girado en torno a quienes van y quienes no, pero antes que el Gobierno, esta idea de lo representativo de la “literatura colombiana” ya va filtrada por las editoriales. Por ejemplo, cuando tú mandas un manuscrito a una editorial, hay personas que lo leen y que nunca han escrito un libro, pero van a juzgarlo.

¿Pero no es inevitable que, de un modo u otro, siempre se de una controversia en torno a qué tan representativo es el grupo de escritores que invitan a eventos literarios dado que siempre habrá una selección?

Me parece que este embajador sin quererlo fue sincero al sugerir que sólo invitaban a los que no atacaban al Gobierno, pues es algo que, de cierta forma, hacen todos. Si tú eres un gobierno de izquierda no vas a invitar a los disidentes porque te van a atacar. Lo ideal es una actitud democrática a toda prueba.  
 
Y es que siempre va a haber una tentación de integrar a los escritores al poder político, algo que les quita margen de maniobra crítica. Lopez Michelsen le ofreció a García Márquez el consulado en Barcelona y él dijo que no necesitaba uno, pero cuántos escritores no le hubieran dicho que sí.
 
Por eso fue valioso cuando, recientemente, Pablo Montoya —que se ganó el Rómulo Gallegos, uno de los premios más prestigiosos de habla hispana—, dijo que no aceptaría más invitaciones del Gobierno a participar en eventos culturales que le pagaran. Esos gestos mandan un mensaje a sus lectores de independencia.

Un autor cuya obra es infaltable en la Feria de Madrid es precisamente Gabriel García Márquez, que seguramente habría sido crítico del Gobierno si estuviera vivo, por lo que no es claro si lo habrían invitado. Pero una de las quejas que hay normalmente en torno a su figura es que eclipsa otros nombres de la literatura colombiana que también merecerían ser conocidos. ¿Están de acuerdo con este juicio?

Siempre se habla de que García Márquez opacó a muchos escritores de su generación, pero eso es muy relativo. Ahora que él murió, los otros escritores empiezan a ser más leídos, como Marvel Moreno. Y entonces, no es tanto el problema de los escritores que estaban a la sombra de ese gran árbol de García Márquez, al contrario, muchos han sido descubiertos porque estuvieron cercanos a él o él los promovió activamente.

Ese es el caso de la obra de Álvaro Cepeda Samudio, un autor caribe al que se le conoce por su cercanía con Gabo, pero cuya obra no es tan conocida. Cuéntenos por qué es relevante su obra.

Cepeda Samudio es conocido, sobre todo, por su libro de 1962, La Casa Grande. Una novela que fue considerada como precursora del boom latinoamericano, y que fue elogiada por Gabo, que era su amigo. Aunque también tiene otros trabajos en cuento que han sido influyentes. Todos estábamos a la espera (1954) y Los cuentos de Juana (1972) son las otras obras que dejó antes de morir a los 46 años en un hospital de Nueva York.
 
Pero más allá de su obra, Cepeda Samudio es importante porque refleja un momento de la literatura colombiana en el que ésta no se contentó consigo misma y salió a buscar nuevos referentes para contar la realidad. Por eso viajó él a Estados Unidos, donde permaneció entre mayo de 1949 y junio de 1950, estudiando literatura y periodismo en la Universidad de Columbia.
 
De ahí llegó lleno de lecturas de Faulkner, Sayoran y Steinbeck; y con ideas para montar medios periodísticos, lo que le sirvió cuando fue director de El Nacional y del Diario del Caribe.  
 
Leyéndolo, uno descubre una gran sensibilidad y una concentración en lo que está haciendo. Ahora que hay alharaca con los talleres de escritura creativa para los jóvenes que quieren escribir, la obra de Cepeda Samudio es como un taller de escritura, pues sus libros son como laboratorios sobre cómo escribir un diálogo, por ejemplo. Es también un tipo que escribe con humor, con desfachatez. Y eso es un talento no tan común.
 
Por ejemplo una pluma como la de Marvel Moreno con En Diciembre llegaban las brisas (1987) es especialmente dramática y no tiene mucho humor, pues lo que expresa es una protesta contra una cultura patriarcal. En contraste, la de Álvaro es una obra con la virtud de la levedad.

Fragmentos de "Los Años de aprendizaje" de Álvaro Cepeda Samudio (2021)

La vida de los hombres no es la suma de los días que viven sino la de los pocos momentos en que éstos cambian el curso habitual de sus vidas.

En cada Colombiano hay un poeta, un escritor o un político. Se ha dicho que cantamos antes de hablar.

De Ciénaga sólo se puede decir que comienza. Porque nadie podría precisar dónde termina.

Y, claro, está la relación entre Gabo y Cepeda Samudio, que se conocieron en 1948. Ambos se influyeron mucho. De hecho, Álvaro le llevaba cierta ventaja en el entendimiento de la literatura inglesa a Gabo y fue él quien le dio a conocer a  Virginia Woolf, que lo marcó mucho.

El llamado “Grupo de Barranquilla” fue la cantera de donde salieron tanto Álvaro Cepeda Samudio como Gabo. ¿Qué era lo que pasaba con ese grupo que juntó a tanta gente influyente y qué hacían?

En ese grupo, que esencialmente se reunía a hablar y a tomar, se juntaron muchas figuras influyentes del arte del Caribe. Lo frecuentaba el pintor Alejandro Obregón, José Felix Fuenmayor —uno de los pioneros de la ciencia ficción en el país— y la figura tutelar de todos estos jóvenes, que fue el viejo Ramón Vinyes, el sabio catalán exiliado de la Guerra Civil Española que dirigió la revista Voces, una de las empresas culturales más importantes de la primera mitad del siglo XX en Barranquilla.
 
Al grupo también llegaron mujeres influyentes de las que no se habla tanto como Meira del Mar, la poeta; Cecilia Porras, pintora. Freda Sargent, que también es pintora. Y Marvel Moreno, que llega un poco después porque es más joven.
 
Todos estos jóvenes querían renovar la narrativa nacional a través del cuento. Trataban de salir un poco del provincialismo y, como muestra Cepeda Samudio, buscaban conectarse con la literatura que se hacía en otros países. Por ese entonces, la literatura estaba un poco apegada a un realismo del siglo XIX, con formas de escribir pesadas. Rulfo dio el ejemplo en México de cómo podía hacerse literatura “terrígena”, que habla del campo, pero con una escritura más profunda, más íntima.
 
Un artículo de Gabo sobre la literatura de la violencia va en esta dirección. Gabo dice que se puede escribir sobre la violencia, pero no hay que escribirlo contando una cantidad de muertos y muertos, sino buscando una manera que simbolice la violencia pero de forma esencial.

Gabriel García Márquez, dos o tres cosas sobre “La novela de la violencia” (1959)

Las personas de temperamento político, y tanto más cuanto más a la izquierda se sientan situadas, consideran como un deber doctrinario presionar a los amigos escritores en el sentido de que escriban libros políticos…

Una pregunta que oyen con frecuencia los escritores: “¿Cuándo escribe algo sobre la violencia?” O también un reproche directo: “No es justo que cuando en Colombia ha habido 300.000 muertes atroces en 10 años, los novelistas sean indiferentes a ese drama...

Acaso sea más valioso contar honestamente lo que uno se cree capaz de contar por haberlo vivido, que contar con la misma honestidad lo que nuestra posición política nos indica que debe ser contado, aunque tengamos que inventarlo

En ese texto, Márquez prefiere la honestidad sobre la posición política a la hora de hacer literatura. ¿Esto es lo mismo que decir que la literatura debería ser neutral políticamente, como sugirió el Embajador?

Seguro que a Gabo la idea de una “literatura neutra” les habría parecido controversial. 

De hecho, una cosa que une a Álvaro Cepeda y a Gabo es que ambos escribieron sobre un hecho político de denuncia, como fue la masacre de las bananeras del Ejército contra trabajadores de la United Fruit Company en 1928, en Ciénaga, Magdalena, cuando hacían huelga contra esa empresa. 
 
Álvaro Cepeda logró conocer a niños que eran huérfanos de gente que fue asesinada en la estación del ferrocarril donde murieron gran parte de los huelguistas, y cuando niño él vivió allá en Ciénaga como cinco años después de la masacre. García Márquez también conoció de cerca testimonios de la masacre.
 
Claro, era algo que había pasado 20 años antes de que ambos se ocuparan de ese hecho literariamente, pero con el tiempo eso se vuelve accesorio, pues, de hecho, han sido sus descripciones sobre esa masacre las que más terminaron sirviendo para conservar lo que pasó en las bananeras en la memoria de muchas generaciones.

Con la literatura pasa que hay una necesidad fuerte de contar acontecimientos pasados que nos marcaron, de cazar fantasmas especialmente de la niñez, y para ambos esa masacre era eso, un tema no resuelto de su pasado.    
 
Y bueno, el talento está en saber contar las cosas de una manera que perdure. Por ejemplo, no hemos olvidado la escena de Cien Años de Soledad en la que le dicen a los huelguistas que les quedan tres minutos para desalojar la plaza y alguien responde gritando: “les regalamos el minuto que falta, cabrones”.
 
Al margen de esto, Gabo nunca ocultó sus filiaciones políticas, y en ocasiones dijo que él era comunista y se relacionó mucho con el régimen de Castro en Cuba, entre otros.

¿Pasa lo mismo con Álvaro Cepeda? ¿Era una persona con compromisos políticos muy fuertes?

No, Cepeda no. Él era un muchacho con mucha influencia de los Estados Unidos. Había estudiado en el Colegio Americano aquí con religiosos presbiterianos, y le gustaba mucho la cultura gringa. Pero eso no le impidió que en la Casa Grande expresara con su sensibilidad esas voces distintas en torno a la masacre de las bananeras.

Claro que al contar lo que pasó lo está denunciando, pero es mucho más que una denuncia. Por ejemplo, en este diálogo de los soldados que dispararon contra los huelguistas se ve que no hay una mirada totalizante. Uno de ellos sentía el dilema moral de haber matado a personas, y el otro le dice que no tiene culpa porque obedecía una orden.
 
De modo que siempre que se quiere mandar un mensaje político explícito con la literatura, la obra se empobrece. Eso ocurría con el realismo socialista de la Unión Soviética. En literatura lo que debe primar es la necesidad estética de tratar un tema desde cualquier punto de vista, pero no el mensaje moral que se quiera dejar, por más bueno que sea. 

Creo que era Onetti el que decía: “si usted quiere mandar un mensaje de su obra, vaya a Telecom y manda el mensaje, pero no se ponga a dar moralejas”

El otro extremo de esto es rechazar de entrada cualquier referencia a la violencia. Algo que yo he visto pasar en certámenes literarios en los que, por ejemplo, un jurado de un concurso de cuentos me dijo: “mira, decidimos no escoger ningún cuento que tenga que ver con la violencia política”. Yo le pregunté por qué y me dijo que eso era un tema que no debía tratarse literariamente porque traía divisiones.

Finalmente, ¿cómo evitar que el próximo evento literario al que Colombia sea invitada se convierta en una nueva pelea por quién entra o sale de esos grupos que se supone representan a la literatura colombiana?

Una política así requeriría de la creación de un comité amplio que no quede en manos del Ministerio de Relaciones Exteriores o de cualquier otra institución con un interés en hacer un veto político.
 
Ese comité debería tener entre sus miembros a mujeres —sin que exista una cuota arbitraria—, pero sí con una representación, también con puestos para críticos literarios, representantes de varias regiones del país y, por supuesto, representantes de editoriales grandes y pequeñas.
 
No metería a escritores porque se verían tentados a hacerse favores y mutuos elogios, como ya pasa ahora. Una parte del poema de John Better, los escritores del momento, dice algo en esta línea: “Los escritores del momento se recomiendan entre sí… los escritores del momento son políticamente correctos y a futuro serán los políticos del momento..”

Julio Olaciregui

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