“Lo que ocurre es una cuestión de orden existencial, más que de orden público”

“Lo que ocurre es una cuestión de orden existencial, más que de orden público”

La violencia contra la infraestructura pública y las intervenciones en el espacio público se ha intensificado en la nueva jornada de paro. Así lo muestran las fotos del recorrido que hicimos por varias zonas de Bogotá.

Las manifestaciones van desde los murales que han cubierto muchas calles de la ciudad, los grafitis con mensajes de indignación o con simples garabatos, hasta los daños en estaciones de Transmilenio que hoy tienen fuera de funcionamiento al menos 53 de ellas, cerca de una tercera parte.

Y aunque este tipo de manifestaciones genera mucho rechazo — según la última Invamer Gallup, un abrumador 95 por ciento de los encuestados están en contra — siguen ocurriendo.

¿Por qué lo hacen algunos manifestantes? ¿Dónde se pueden trazar límites? ¿Un grafiti es violento? ¿Tiene sentido seguir evaluando si las manifestaciones son pacíficas? ¿Qué se entiende por tales? 

Son algunos de los interrogantes que tenemos los periodistas de La Silla Vacía en nuestro propio cubrimiento. Para tratar de resolverlos, La Silla Académica invitó a tres académicos que han reflexionado sobre el tema: Yolanda Sierra, profesora del Departamento Derecho Constitucional de la Universidad Externado, restauradora del patrimonio cultural y autora del artículo “El concepto de litigio estético”; a Andrés Parra, profesor de teoría política de la Facultad de Ciencias Sociales de Los Andes y autor de: “La Crítica de Walter Benjamin al positivismo” en proceso de publicación; y a Jorge Giraldo, decano de Humanidades de EAFIT y autor de “Corazones partidos. Una revaluación de las revueltas pasionales”.

A partir de la conversación que tuvimos con ellos, presentamos estas cuatro claves para entender la complejidad de lo que está pasando y, a su vez, cómo cubrirlo periodísticamente.

1 ¿Se justifica cualquier violencia en aras de visibilizar la que muchos manifestantes consideran que es la peor de todas: la violencia estructural de un sistema profundamente desigual?

Jorge Giraldo: El lenguaje del derecho humanitario ayuda a poner unos límites 

Hay que dejar atrás la idea que el derecho humanitario aplica para la guerra y los derechos humanos para la paz. Desde hace varias décadas, estamos viendo en todo el mundo (no sólo en los países subdesarrollados) una serie de enfrentamientos violentos que no se pueden caracterizar bajo esos conceptos clásicos. 

Recordemos las protestas en París en el año 2006, las que vienen desde 2019 en Hong Kong o las de Portland, en Estados Unidos, el año pasado. 

Los derechos humanos no sirven para nada porque bajo ese marco los protestantes no podrían ni siquiera estorbar el tránsito en las calles. Y no podemos pretender que la protesta sea como procesiones de Semana Santa. 

Al mismo tiempo, hay una intensificación tal de la violencia que es preciso echar mano de un repertorio que ha construido la humanidad como el Derecho Internacional Humanitario (DIH).

Bajo ese marco, en la protesta debe prohibirse atacar los bienes civiles, la Misión Médica, los bienes públicos que no tienen nada que ver, por ejemplo, con la Policía. 

Debe estar prohibido, además, hacer bloqueos que impiden que la comida llegue a los pueblos donde generalmente solo hay una carretera por donde salen los enfermos, entran los alimentos, sale la gente a trabajar. 

Y la violencia física contra las personas es el tema más crítico. Ya estamos llegando al punto de agresiones sexuales contra policías, contra manifestantes. 

Hay que permitir que la gente grite, que la gente se enoje y que la gente pinte paredes. Cierta violencia simbólica. Pero también hay que darle herramientas al Estado. Y creo que una es el derecho humanitario.

El tiempo durante el cual se extienden los paros también marca diferencias. Una cosa es hacer un paro tres días, una semana, bloquear una carretera un día específico y otra hacerlo durante un mes, cuando ya ha habido resultados concretos. La prolongación del tiempo implica pasar de la espontaneidad a la planificación y de la ira al odio, como dicen los clásicos de las emociones.

La legitimidad de las protestas no tiene que ver sólo con los objetivos sino con los medios.

Cuando José Miguel Vivanco, el director de Human Rights Watch, dice que la Policía no puede usar un aparato portátil para lanzar cohetes de gases porque viola el principio de distinción está usando el lenguaje del DIH justamente. 

Otro principio que puede tomarse del DIH es el de la proporcionalidad. La Policía no puede salir a tirarle bala a los que están tirando piedras. El lenguaje del derecho humanitario nos ayuda a establecer distinciones. 

Andrés Parra: Un límite claro de la protesta está en distinguir bienes de personas

Detrás de la idea de que hay una contradicción entre pedir más oferta institucional y atacar bienes públicos, hay una concepción de lo público reducida a las cosas. 

Lo público es sobre todo la forma como decidimos sobre esas cosas. Y muchas de las personas que protestan se sienten excluídas de participar en esas decisiones que los afectan. Eso es lo que está en juego con la protesta. 

Para Habermas hay unas condiciones que hacen que una decisión sea justa y tenga que acatarse: que las personas que la toman estén dispuestas a convencer y a dejarse convencer por los mejores argumentos. Que quienes resulten afectados participen. Y que haya ausencia de coerción, es decir, que no haya un orden jerárquico que mine la voluntad o que no medie la fuerza física. 

En Colombia, los niveles de desigualdad y la exclusión (orden jerárquico) de ciertos grupos está al orden del día. 

La pregunta es si las decisiones que se dan en el Congreso cumplen esas condiciones y la respuesta es negativa en una mayoría de casos. 

El llamado no es a acabar la democracia liberal que hasta ahora es lo que mejor funciona -el socialismo no funcionó- pero sí a reconocer las limitaciones que tiene pues por eso surgen las protestas de manera violenta como forma de tramitar el descontento.

Me parece peligroso aplicar el Derecho Internacional Humanitario (DIH), como lo propone Jorge, porque presupone la guerra y que hay combatientes y no combatientes. Los que bloquean no son combatientes, aún si dentro de la protesta hay oportunismo delincuencial. 

La distinción que yo haría es que los delincuentes no quieren aparecer en el espacio público, los protestantes sí, y, generalmente, tienen un mensaje.

Detrás de los ataques a los bancos, por ejemplo, hay un mensaje de que deberían ser lugares públicos porque las medidas que toman afectan a mucha gente.

Los ataques en septiembre del año pasado a los CAI, por otro lado, se produjeron en reacción al acto de brutalidad policial contra Javier Ordóñez. Esas personas no tienen un espíritu destructivo simplemente. 

No puede haber una oposición tan tajante y tan radical entre violencia y orden a la hora de tratar la protesta. Porque el orden en algún momento apela a la violencia para fundarse, imponerse y reproducirse.

El Estado está fundado sobre la monopolización de la violencia. Las democracias liberales parten de la cesión que hacemos todos los ciudadanos de la violencia al Estado.

Ahora bien, la violencia estructural existe pero no es un cheque en blanco para hacer cualquier cosa:  “como hay violencia estructural, entonces vamos a quemar policías dentro de un CAI. O a violar a una policía”. 

El límite entre cosas y personas debe ser claro. El mismo derecho constitucional lo traza cuando contempla que la propiedad privada debe ceder al interés general, como cuando construyen una vía y el Estado puede hacer una expropiación administrativa mediando la indemnización correspondiente. Pero no hay lugar a matar a alguien en nombre del interés general.  

 

Yolanda Sierra. Hay que distinguir tres universos de personas en las protestas y activar microdiálogos regionales. 

No estamos en un estado de guerra, sino ejerciendo el derecho a la protesta, que es distinto, fundamentalmente distinto. Aunque entiendo la finalidad que persigue Jorge, no creo tampoco que el DIH sea aplicable a las manifestaciones.

Pero para afrontar la violencia en la protesta me parece clave distinguir, al menos, tres universos. 

El de quienes reclaman justicia social: los campesinos, los jóvenes, los que piden un mejor servicio de salud o unas mejores condiciones sociales. Entre ellos, a su vez, hay muchas diferencias. Los que protestan en Sáchica, Boyacá, porque son camioneros, porque no pueden vender la papa, son distintos a los raperos de Medellín, que piden acceder a educación de calidad o tener un trabajo digno. A todos ellos hay que escucharlos de verdad. 

Hay otras personas que incurren en conductas sancionadas por el Código Penal o el Código Civil: daño en bien ajeno o incluso lesiones personales. Son personas que cometen delitos. A estas personas hay que judicializarlas. 

Y hay un tercer grupo de quienes llamo ‘litigantes estéticos’, donde están ubicados los Misak, por ejemplo, cuyos reclamos tienen que ver más con el colonialismo y sus representaciones en el espacio público. A ellos también hay que escucharlos atentamente.

De acuerdo con los principios de la justicia restaurativa que se pueden aplicar aquí, es importante quién dialoga y con quién se dialoga. 

Por eso necesitamos activar microdiálogos territoriales. Descentralizar la conversación de las altas esferas del poder en cualquier campo, ir más allá de las conversaciones entre los directores de los sindicatos o gremios. Estamos frente a una protesta generalizada en el país. 

No podemos seguir hablando de la democracia o de la violencia como si significaran lo mismo en una vereda que en una ciudad. 

En las ciudades nos imaginamos el incendio de los CAI, la violencia contra las cosas, los enfrentamientos de los jóvenes con la Policía. En un pequeño municipio del Orinoco, en una vereda en el Amazonas, es distinto. 

Debería haber un mecanismo para conversar sobre esto, que la gente diga: “mire, por ejemplo, yo no he podido volver a abrir mi carnicería hace un mes”. Otro que pueda decir: “Yo estoy aquí en Chiquiza, Boyacá y le agradezco a los jóvenes por protestar porque yo no puedo salir pues vivo demasiado lejos”. Otro que diga: “mire, estoy desesperado, no tengo agua potable. Si a mí me mandan el agua, yo ya no vuelvo a protestar”. O: “Si me pavimenta la carretera, yo no vuelvo a salir. No bloqueó la carretera”. 

Lo que está pasando en la calle puede tener que ver con que las personas están desesperadas y no saben cómo canalizar esa desesperación, entonces salen a manifestarse.  

Las preguntas que yo les hago a ustedes como periodistas son las siguientes: ¿Qué hacen ustedes para canalizar toda esa rabia, todo ese dolor, toda esa angustia de la gente? ¿Están los periodistas hablando o están llegando a escuchar?

2 ¿Cómo resolver la zona gris en la que están los grafitis?

Yolanda. Hay que mirar los contextos locales. 

Los graffitis y los murales son manifestaciones de arte y dentro de todas las manifestaciones de arte hay rupturas, que suelen ser criticadas.

El performance o el cubismo, en un principio, no se consideraban arte. 

Hay un libro famoso de la mexicana Avelina Lésper en el que hace una crítica fuerte del arte contemporáneo, por ejemplo, porque cree que es una farsa, una mezcla de todo: de panfleto, de luchas de género, de psicoanálisis, de cada idea que está de moda. 

Lo que creo es que las manifestaciones de arte en las paredes tienen diferentes niveles de complejidad, de interés social, hay algunas que se convierten en un símbolo: la gama va desde las pinturas de Toxicómano en Bogotá, a los grafitis de Bansky en Londres. Lo mismo pasa con las obras de arte. 

El arte es profundamente histórico y va cambiando. Y es localizado. 

No podemos seguir diciendo que los grafitis son violentos sin tener en cuenta el contexto: no es lo mismo un grafiti en Mompox que en Chiquinquirá. Y ambos son muy distintos a los graffitis de Bogotá. En qué sentido molestan y en qué sentido no lo hacen, hay que mirarlo en cada territorio. Hay que hacer microrrelatos.

Al mismo tiempo, las manifestaciones de arte tienen límites, así lo estableció la Corte Constitucional en una sentencia de 2018 en la que reconoció a su vez la naturaleza disruptiva de la protesta y su importancia para la democracia. 

Dice la Corte que no es legítima la propaganda de la guerra. La apología al odio ni la pornografía infantil, tampoco la instigación pública y directa a cometer delitos. En ese sentido, los grafitis que dicen: “Uribe asesino” o la foto de Uribe con la leyenda “Enemigo Público” pueden ser un llamado al odio. 

Jorge: No hay que minimizar ni naturalizar

No creo que todos los grafitis sean arte. Tampoco creo que sea lo mismo rayar una pared de una oficina bancaria que rayar las paredes de la Catedral Primada. O que deba aprobarse que tumben la estatua de Antonio Nariño: una de las cuatro figuras que me hace sentir colombiano, además de ser el padre de los derechos humanos.  

Aunque este tipo de comportamientos sean menores frente a los manifestantes o los policías muertos, no hay que naturalizarlos como tampoco el discurso de odio que se ha profundizado en los últimos 15 o 20 años.

Andrés: La incomodidad no puede ser el criterio. 

En contra de los grafitis o murales, el argumento muchas veces es que generan incomodidad y por eso pueden ser considerados violentos. Ese es un discurso peligroso.

Para esto es útil aplicar la lógica del imperativo categórico de Kant, un filósofo  muy liberal que no tiene nada de izquierda.

Él proponía que todos hiciéramos el ejercicio de imaginarnos cómo sería el mundo si lo que cada uno planteara se volviese universal. 

Claro, una persona diría entonces que le incomoda o le parece violento leer ciertas cosas en la calle. Un musulmán podría decir, “a mi me parece reviolento ver a las mujeres en vestido de baño en la playa”. Otro diría, ‘a mi me parece reviolento ver a dos homosexuales besándose en la calle, me choca mucho.’ ¿Y esa es una razón para impedir que se haga eso en la calle?: No.

El punto es que el que a uno le incomode algo en una sociedad democrática no es una razón para que sea prohibido. Terminaríamos siendo Corea del Norte, donde el Estado dicta qué es aceptable y qué no. Puede ser autoritario creer que algo tiene que desaparecer del espacio público porque nos incomoda. 

Es decir, a mí no me gusta Uribe, pero yo nunca estaría de acuerdo con que lo quitaran de un espacio público y que su voz dejara de ser escuchada, y me incomoda y me pongo bravo, pero está bien, él tiene derecho a existir así como el que escribe “Uribe paraco” tiene derecho a manifestar su opinión.

3

¿Toda crítica o ataque personal puede ser discruso de odio?

Andrés: Las relaciones de poder son una clave para distinguir lo que es o no apología al odio

Para saber qué es apología al odio y qué no, hay que ver las relaciones de poder. 

El racismo, el sexismo, el clasismo, la homofobia son discursos de odio que se dan por parte de grupos fuertes en la sociedad, en contra de grupos no necesariamente minoritarios, pero sí grupos que son débiles en su posición de poder. 

O sea, los pobres son muchos, pero son débiles en su posición de poder. Entonces yo creo que ahí está el punto. No cualquier cosa que sea crítica, incluso una crítica personal, es un discurso de odio. 

Usted podría escribir, por ejemplo, “Petro asesino”. De pronto no es cierto y no está comprobado judicialmente y así no me guste ver eso, hay que aguantárselo porque Petro tiene una posición de ser una persona fuerte. A pesar de ser la oposición y que la oposición usualmente es excluida. Pero Petro como individuo tiene poder y Uribe también lo tiene. 

Pero otra cosa es decir, ‘los homosexuales merecen ser quemados o salgamos a golpear maricas’. Un graffiti que diga eso, es un discurso de odio y está allí esa relación de poder. O sea, ese me parece el criterio para determinar qué es apología del odio y qué no, es identificar el débil y el fuerte.

Ahora bien, el periodismo siempre tiene ese dilema de ser o no un contrapeso del poder y claro, uno puede intentar ser neutral, pero a veces uno podría pensar que ser neutral es ser cómplice con ciertas injusticias que tienen lugar en la sociedad. 

Creo que es un dilema con el que tiene que vivir cada periodista.

4

¿"Protesta pacífica" versus "vándalos" son las mejores expresiones para dar cuenta de la complejidad de lo que está pasano?

Yolanda: Debemos hacer un esfuerzo por no generalizar. 

Todos hemos concentrado el análisis en las grandes ciudades y no sabemos qué pasa en las pequeñas. 

Hay que hacer un esfuerzo por nombrar los municipios pequeños en los análisis y usar las palabras que están completamente alejadas del universo de la lengua cotidiana. 

Un medio como La Silla debería explorar cómo se dice vándalo en los municipios pequeños y en las veredas. Cómo se llama “protestar” allá. Incluso dentro de Bogotá, Chapinero protesta diferente a Bosa y a las Américas y nosotros estamos generalizando. 

Con pasos como ese podríamos canalizar las demandas de las personas que protestan y articularlas a las negociaciones a nivel general. Es un llamado al lenguaje local y con él a la democracia local. 

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Llamar por su nombre los delitos también es importante, pero no convertir a las personas en eso. Es decir, uno no debería decir canceroso, ni leproso; uno dice enfermo de lepra o enfermo de cáncer. Lo mismo pasa con las personas que cometen actos vandálicos. 

Es decir, uno puede hablar del vandalismo, no de vándalos. Incluso las personas que cometen delitos, además de que tienen derecho a un debido proceso, no son solamente delincuentes. No son solamente vándalos, no son solamente leprosos, son mucho más que eso. Yo creo que el lenguaje aquí si debe ser respetuoso y debe tener límites. 

Entonces, ¿protesta pacífica o protesta violenta? 

Las protestas no son pacíficas, pero no son per se violentas. Lo que pasa es que como son disruptivas, se pueden percibir como violentas. Yo creo que debe llamarse protesta, pero protesta con límites. 

Jorge: Hay que ver el mapa completo de las afectaciones. 

Debemos ser cuidadosos con el lenguaje y no penalizar. Siempre va a tener elementos valorativos y es difícil, casi imposible, tener un lenguaje puramente descriptivo.

En esa línea, la palabra vándalos se generalizó y creo que es desafortunada porque revive la vieja polémica del siglo XIX entre civilización y barbarie. 

Al mismo tiempo, es muy importante que los medios ayuden a que los manifestantes vean la otra cara del problema cuando salen a bloquear una vía, por ejemplo. 

En el Valle del Cauca murieron cerca de cinco millones de aves de corral. Si esa afectación se muestra en términos del impacto negativo en los estados financieros de una empresa avícola a casi nadie le importa. Pero si se presenta desde el punto de vista biológico y de daño a la cadena alimenticia de una región del país, la cosa es distinta. 

Así que yo creo que hay que ayudar a contar las historias para que quien desarrolla una conducta determinada sea más sensible respecto a las consecuencias que tiene. 

Andrés: La división entre civilización y barbarie es falsa

El término “vándalo” fue usado durante el imperio romano para referirse a quienes hacían parte de una tribu escandinava que los invadía y no dejaban nada en pie. 

En la protesta se aplica para hablar de la gente que llega y destruye todo y no tiene respeto por nada, ni por lo profano ni por lo sagrado. 

Antes y ahora, ser vándalo implica no entender ni acatar las normas básicas de la civilización. Es decir, traza una distinción entre barbarie y civilización. 

Pero el filósofo alemán, Walter Benjamín, decía que todo documento de civilizaciones en el fondo es un documento de barbarie, por lo que no se puede hacer una división tajante. 

Las pirámides de Egipto son muestra de una gran civilización, tanto, que la gente cree que las hicieron los extraterrestres. Pero se construyeron a punta del trabajo esclavo de mucha gente. 

Lo que pasa en puntos como el Portal de Las Américas, más allá del oportunismo delincuencial, es que la “normalidad” para muchos jóvenes se volvió intolerable e insoportable. 

Entonces, claro, entiendo que Jorge pida que los protestantes vean la otra cara de la moneda, los efectos que tienen sus bloqueos, lo que vale reparar los daños que causan, pero también hay que hacer el ejercicio contrario. 

No podemos simplemente decirle a la gente que protesta “ay ya, volvamos a la normalidad, ya llevamos mucho tiempo” porque para ellos la situación es invivible y eso un acto de desprecio hacia los manifestantes.

La situación en el Pacífico es tenaz. Puerto Resistencia es un barrio de personas desplazadas en su mayoría, con problemas super graves de pobreza y de exclusión, y para esa gente la normalidad no es soportable.

Entiendo lo de Jorge, una sociedad no puede tolerar bloqueos un año, tres, cuatro o cinco meses, es un desgaste para todo el mundo. Pero las energías tienen que concentrarse en exigirle al Gobierno medidas de emergencia, que escuche y haga lo que tiene que hacer. 

Hay que asumir esto como un problema de orden existencial antes que un problema de orden público. Esto significa que las personas entienden la sociedad como un sistema de oportunidades para desarrollar un proyecto de vida. 

Jorge dice que las protestas tuvieron resultados concretos, pero fueron negativos: salió Carrasquilla, se cayó la tributaria. Eso no supera la situación de desesperación que tienen hoy las personas. 

Por la pandemia, pero también por el manejo que el Gobierno le ha dado, fue uno de los que menor gasto social hizo en la región. 

Entonces uno puede juzgar que hubo resultados concretos porque para uno la normalidad está bien. 

La sensibilidad hay que manejarla hacia los dos lados.

Para citar:

Giraldo, J (2020) Corazones partidos. Una revaluación de las revueltas pasionales. EAFIT.

Sierra, Y (2015) El concepto de litigio estético. Serie documetos de trabajo. Departamento de Derecho Constitucional. Universidad Externado de Colombia.

Sierra, Y (2015) Constitucionalismo Transicional Estético. Serie documetos de trabajo. Departamento de Derecho Constitucional. Universidad Externado de Colombia.

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