Desde la Independencia, “la ciudadanía no es algo consumado sino una lucha permanente”

Desde la Independencia, “la ciudadanía no es algo consumado sino una lucha permanente”

Se cree que la definición de ciudadanía ya está clara en la Constitución. Pero ahora, como pasó en el siglo XIX, hay una disputa constante por quiénes son considerados ciudadanos y qué implica serlo. 

Las diferentes constituciones del siglo XIX hacían explícitos requisitos como saber leer y escribir, estar casado, ser hombre, tener propiedades, ser blanco. Algo impensable con la Constitución de 1991. Pero las movilizaciones sociales masivas de los dos últimos años en el país demuestran que hay muchas personas que creen que siguen teniendo un ejercicio limitado de sus derechos. Que son ciudadanos de segunda o tercera categoría.

En el siglo XIX la ciudadanía significaba, además, muchas cosas diferentes a votar. Lo que está en juego nuevamente con las movilizaciones son otras formas de ejercer la ciudadanía, de reclamar y ocupar el espacio público, más allá de solo participar en una jornada electoral. 

“La ciudadanía no se otorga, se exige, se vive permanentemente. Las constituciones marcan un norte, pero si uno se despista, los derechos se contraen. Con el ejercicio diario es que se pueden mantener abiertos los espacios políticos”, dice Ana María Otero, profesora del Departamento de Historia de la Universidad de Los Andes y autora de los artículos: “Constituciones y ciudadanía en el siglo XIX colombiano” y “Foreign Machetes and Cheap Cotton Cloth: Popular Consumers and Imported Commodities in Nineteenth-Century Colombia”.

Después de que Napoleón invadió la península Ibérica en 1808 y derrocó al rey Felipe VII de España, las colonias americanas empezaron a conformar juntas, los primeros cuerpos de gobierno autónomos. Inicialmente para defenderse de los franceses. Luego buscaron darse su propio gobierno, ante el vacío de poder y la poca autonomía que tenían los nacidos en América. 

Eso dio lugar, según Otero, a todo un laboratorio republicano. Fue un momento crítico para pensarse quiénes éramos y para imaginarnos quiénes queríamos ser. Como lo es ahora.

“Con todos los tropiezos, el siglo XIX es un siglo de experimentos constitucionales. Basta ver un mapa de esa época y contar cuántas repúblicas había al momento de independizarnos. Hasta El New York Times publicaba a mitad de siglo que la Nueva Granada —lo sería después Colombia— estaba a la vanguardia”, dice Otero. 

A la verdad, la Nueva Granada puede considerarse, sin falso orgullo, como la República modelo; y sus ciudadanos más antiguos de Norte América pueden imitar ventajosamente.

Fragmento extraído de El Neogranadino donde se traduce una noticia de El Times de New York. Bogotá 22 de septiembre de 1853, Núm. 272.

Una vez las colonias decidieron independizarse de Europa, y ante el riesgo de la reconquista, empezaron las discusiones sobre si los indígenas, los afro, las clases populares, debían ser considerados ciudadanos. “Convocar a la ciudadanía era convocar a la gente para defender un proyecto, y para eso tienes que incluirlos dentro de ese proyecto”, dice Javier Ortiz, investigador de proyectos de la Universidad de Cartagena y autor de los artículos “El negro, necesario pero temido” y “El incómodo color de la memoria”.  

El discurso de la igualdad, que en un momento había servido para movilizar a los criollos en favor de los peninsulares y en contra de los franceses, fue ahora usado por los criollos para movilizar a las clases bajas a su favor y en contra de los españoles. 

El siglo XIX fue una lucha constante en la que la ciudadanía fue una moneda para romper alianzas con el viejo poder colonial e inventarse el ser americano, ser colombiano. Por ejemplo, para atraer a algunos grupos indígenas leales a los españoles y la institución del cabildo. O alimentar ejércitos con negros esclavos, como los hizo Bolívar con promesas de emancipación, luego incumplidas.

A diferencia de Estados Unidos que había optado por una ciudadanía muy cerrada, nosotros no podíamos darnos ese lujo: “Cerca del 90 por ciento de la población colombiana era analfabeta. Muy pobre. Una gran mayoría era indígena o descendiente de indígena o afro o descendiente de afro. No eran jefes de familia”, explica Ortiz.   

La solución entonces fue ampliar la ciudadanía, ligándola a la defensa, a la productividad, a la participación en la opinión pública y a la obediencia. 

La Silla Académica, a partir de la conversación con Otero y Ortiz, y de la lectura de sus textos, desarrolla estos cuatro tipos de ciudadanos del siglo XIX y sus relaciones con el presente.

El ciudadano en armas

En la primera mitad del siglo XIX ser ciudadano implicó la responsabilidad de tomar las armas para defender a la nación. Muchos mulatos, pardos y negros que no podían votar, se armaron para ganar la Independencia y eso los convirtió en ciudadanos. 

Javier Ortiz

“Si no eras blanco no eras ciudadano pero si eras miembro de la guardia nacional adquirías ese derecho. Eso lo permitió la guerra“, anota Ortiz.

Ana María Otero

“Un ciudadano era un patriota”, explica Otero. “Para traerlo a algo más actual, eso es lo que ocurre en EE.UU. hoy donde el derecho a portar armas para defender la nación se construyó al lado del ser ciudadano, y por eso no es tan fácil restringirlo. Es la “ciudadanía armada” de la que habla la historiadora Hilda Sabato”, concluye Otero.

 

Esto es lo que explica que, según Ortiz, no sea posible entender la Independencia de toda Colombia sin el Caribe insular, aunque se reconozca poco.

Javier Ortiz

“El Ejército de Simón Bolívar, además, estaba lleno de mercenarios, muchos de ellos soldados haitianos. Y antes de eso, en 1815, Bolívar se había salvado de morir, huyendo primero a Jamaica y después a Haití, junto con varios de sus hombres, cuando el general español, Pablo Morillo, sitió a Cartagena”, dice Ortiz.

 

Aunque la batalla del puente de Boyacá, del 7 de agosto de 1819, fue decisiva, todavía había varios territorios bajo el poder español. Uno de los más importantes era el fuerte de Cartagena. Tras la derrota en el altiplano, el virrey español Juan de Sámano viajó a esa ciudad en tiempo récord para mantener su control que estaba en manos realistas. Sólo hasta 1821 se obtuvo la independencia de la Heróica. Esa fecha, poco celebrada, es, según Ortiz, una muestra del centralismo propio del Estado colombiano.

Javier Ortiz

En todo caso, según el historiador, “una vez se acabó la guerra de Independencia y había que formar el Estado nación moderno y civilizado, empezaron los problemas porque la gente a la que se le había dado la calidad de ciudadana en virtud de la guerra no cumplía con los requisitos de modernidad y de civilización que necesitaban las élites. No eran ciudadanos de bien”.

Una cuestión difícil de resolver porque esas personas se habían movido a cambio de unas promesas.

 “No eran tontos. Philip Corrigan ha dicho de manera lúcida que si el Estado engaña ‘también tiene que dejarse engañar. Pues en su intento de engaño y cohesión le suministra las herramientas al débil para que las haga operativa a su favor’”. 

“Convocando al pueblo y temiendo a la plebe”, diría la historiadora Margarita Garrido, citada por Ortiz. 

“Optaron, entonces, por cerrar los requisitos para ser ciudadanos, con la pretendida intención de que la gente tuviera un sentido de superación: “ahora se iban a preocupar por tener renta, por tener un buen trabajo, por no ser holgazanes, por producir”, dice Ortiz. 

Era, según él, una forma de controlar el protagonismo alcanzado por los negros y mulatos en Cartagena. Esas contracciones en el ejercicio de la ciudadanía muestran claramente que es un campo en disputa permanente.

El Argos Americano. Papel político, económico y literario de Cartagena de Indias. 22 de noviembre de 1810. Tomo I. Núm 6. Pág 37.

El Argos Americano. Papel político, económico y literario de Cartagena de Indias. 22 de noviembre de 1810. Tomo I. Núm 6. Pág 37.

El ciudadano útil y honrado

Aunque uno fuera pobre y de una etnia inferior, otra de las formas para acceder a la ciudadanía en el siglo XIX fue siendo productivo.

Ana María Otero

“Eso te convertía en alguien más blanco. Podías ser humilde, pero limpio, trabajador. El ciudadano ideal era el que podía ampliar la frontera agrícola”, dice Otero.

El Argos Americano. Papel político, económico y literario de Cartagena de Indias. 22 de octubre de 1810. Tomo I. Núm 6. Pág. 25

El Argos Americano. Papel político, económico y literario de Cartagena de Indias. 22 de octubre de 1810. Tomo I. Núm 6. Pág. 25

Es el discurso, según Ortiz, de que si trabajas honradamente vas a lograr lo que te propones, de la superación personal como condición para alcanzar la ciudadanía.

Javier Ortíz

“Me llama mucho la atención, anota, que es el mismo discurso actual del emprendimiento. De que no debes reclamarle al Estado porque debes ser capaz tú mismo de transformar tus condiciones”, dice Ortiz.

No todos los trabajadores eran iguales, en todo caso. La idea de que los andinos eran más productivos que los que vivían en las tierras bajas del Caribe atraviesa el siglo XIX.

Ana María Otero

“Esa fue la estrategia, explica Otero, que las élites tuvieron para incorporar a amplios sectores de la población excluidos al modelo de liberalismo económico que tenían en la cabeza. Pero no fue un proceso que se dio sólo de arriba hacia abajo”.

Los sectores populares también lograron ejercer poder a través del consumo. “No es cierto que las clases bajas sacrificaran calidad por precio y que en América Latina no fuéramos capaces de transformar procesos globales” anota Otero.

Había una creencia de que a los países latinoamericanos sólo mandaban lo que no consumían los europeos.

Los campesinos, según la historiadora, preferían, en cambio, los machetes Collins fabricados en EE.UU. aunque fueran más caros que los alemanes que les competían. Les gustaba que duraban más y ya estaban acostumbrados a usarlos. Y esto marcó la dinámica del mercado de ese producto en esa época.

Ana María Otero

“El vacío que tuvieron por muchos años los historiadores estuvo en no poder observar que la capacidad crítica que tenía la gente en el espacio político la tenía también en lo económico” dice Otero. 

La capacidad crítica en lo político tiene que ver con que el siglo XIX está lleno de reclamos políticos que hacían las personas, cartas de peones a los hacendados, de las viudas al Congreso después de las guerras civiles. “Son pequeñas pistas de cómo se concebían cómo ciudadanos y de cómo se construía lo que después quedaba plasmado en las constituciones. Malcom Deas dice que la política está en el día a día. Se cuela por todas partes”, anota Otero.

El punto es que esos reclamos no sólo tenían que ver con asuntos estrictamente políticos: “Tú no solo quieres votar sino vivir bien: yo debo poder tener capacidad de cuidar a mi familia. Y en las protestas actuales, explica la historiadora, muchas personas también marchan por la dignidad de poder alimentar a sus familias”.

El ciudadano que participa de la opinión pública

En el siglo XIX fueron comunes los manuales del ciudadano. Escritos en forma de pregunta y respuesta, como los catecismos de la religión cristiana, señalaban qué obligaciones tenían los ciudadanos más allá de votar.

En ellos, según Otero, una de los principales deberes era informarse mediante la prensa de qué se estaba haciendo bien y qué se estaba haciendo mal, para con base en ello salir y criticar al Gobierno: volcarse a la esfera pública para ejercer control.

Principios de Moral Política, Redactados en un Catecismo I Varios Artículos Sueltos (1849). Autor: Justo Arosena. Pág 40.

Principios de Moral Política, Redactados en un Catecismo I Varios Artículos Sueltos (1849). Autor: Justo Arosena. Pág 40.

Principios de Moral Política, Redactados en un Catecismo I Varios Artículos Sueltos (1849). Autor: Justo Arosena. Pág 40.

Incluso si una persona no podía votar, era su obligación, según esos manuales, salir a la calle y decir quién debería ser electo.

Como lo establece la Constitución del 91, ser ciudadano es participar, involucrarse en el quehacer político

Ana María Otero

“Claramente los jóvenes que están saliendo hoy a las calles entendieron que el espacio público es de ellos”, concluye Otero.

El ciudadano obediente

Javier Ortiz

En el siglo XIX como ahora, dice Ortiz: "Ser ciudadano implicaba ser decente, cumplir armoniosamente las leyes, los deberes. Tener un comportamiento moral. Y cuando una persona se salía de ese molde entraba en conflicto su ciudadanía”.

Por eso, explica el historiador, en los momentos de crisis donde salen a flote los problemas sociales que no han sido resueltos: el racismo, el clasismo, la exclusión, y se cuestiona el orden establecido, quienes reclaman ponen en entredicho su ciudadanía.

Javier Ortiz

El proceso Independentista según Ortiz, ”fue la válvula de escape de las exigencias que tenían represadas los diferentes grupos sociales en las colonias. Y, aún en medio de la inestabilidad social, politica y económica que hubo, los negros y mulatos, por ejemplo, tuvieron una oportunidad para recuperar su autonomía y tratar de revertir las injusticias”.

Algo que generó mucho temor y rechazo entre las élites locales que los habían convocado para luchar por la nación. Se convirtieron de alguna forma en esos “fallidos, holgazanes, zánganos, insensatos, de la república”, a quienes había que negarles la ciudadanía, según Ortiz.

Desde la Independencia, “la ciudadanía no es algo consumado sino una lucha permanente”

Javier Ortiz

“El calificativo de vándalos que se usa ahora para calificar a la gente que está cuestionando el orden establecido, resuena por eso para él, con los calificativos usados en el siglo XIX.

Las generaciones que estaban naciendo con el proceso constituyente, muchos de los cuales no han estrenado aún la cédula, que se creía que eran apáticas a lo que ocurría en el país, se acaban de educar políticamente con las movilizaciones sociales de los últimos dos años. Ese va a ser su referente político de aquí en adelante”, dice. 

Al mismo tiempo, quedó en evidencia “lo reactiva que es la sociedad colombiana frente a los pedidos de movilidad social. Muchos sectores, continúa, han mostrado el odio que tenían guardado contra lo indígena, contra la muchedumbre”. 

 

 

Según Ortiz ha sido rentable la idea que le han vendido las élites políticas y económicas a muchos sectores de la población de que son privilegiados porque tienen lo básico y sobreviven cada día. 

Javier Ortiz

“Muchas clases que no son favorecidas han reaccionado violentamente contra los que consideran gente de segunda, sucia, desordenada, fea, india, que viene a perturbarles el orden en el que viven”.  

La ciudadanía es una militancia en el orden y si te sales te conviertes en anómalo, eres conflictivo, caótico, explica Ortiz. “Como cuando deciden no contratar a alguien porque es conflictivo, cuando posiblemente lo que hace es reclamar sus derechos”.  

“Las dos grandes enseñanzas de estas movilizaciones son la esperanza política en sectores a los que no se les apostaba y lo reactiva que es la sociedad colombiana frente a esa posibilidad”, concluye. 

 

En todo caso, hay una diferencia importante entre los reclamos que se hicieron en el siglo XIX y los de ahora, que nos recuerda que los momentos históricos son diferentes, aunque las preguntas que se hacen las personas sean parecidas. Para Ortiz el reto hoy es tramitar demandas de una porción grande de la ciudadanía.

Javier Ortiz

“Para los gobiernos es más fácil negociar con los indígenas, con los afros, con la población Lgtbi, que negociar la deuda histórica con la ciudadanía. Somos pioneros en el reconocimiento de las diferencias étnicas, pero nuestra cultura política sigue considerando no sólo a las minorías sino a los ciudadanos pobres, de segunda y tercera categoría. No es lo mismo, continúa Ortiz, 200 indígenas saliendo a la calle o 300 negros saliendo a la calle, o 500 gay saliendo a la calle, que la ciudadanía saliendo a la calle”. 

Cómo citar:

  • Otero-Cleves, Ana. (2017). Foreign Machetes and Cheap Cotton Cloth: Popular Consumers and Imported Commodities in Nineteenth-Century Colombia. Hispanic American Historical Review. 97. 423-456. 10.1215/00182168-3933828.

  • Ortiz Cassiani, J. (2019). El incómodo color de la memoria (Vol. 1). El Malpensante.
Javier Ortiz Cassiani

Javier Ortiz Cassiani

Historia, Historia del Caribe colombiano, Comunidades Negras y Afrocolombianas, Sociología

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Ana María Otero-Cleves

Ana María Otero-Cleves

Derecho, Género, Feminismo, Historia de la Cultura Política, Historia Moderna de América Latina, Historia de Colombia siglo XIX

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