“En Colombia también vamos a empezar a ver megaincendios”

“En Colombia también vamos a empezar a ver megaincendios”

Este miércoles murieron más de 25 soldados en Argelia, África, tratando de apagar múltiples incendios, además de civiles que no pudieron escapar de las llamas. Y esta semana desapareció Greenville, un pueblo entero de California, al que lo consumió un incendio que duró tres semanas.

Aunque en Colombia los incendios todavía no son noticia, lo serán. Es la conclusión a la que llega Dolors Armenteras, una profesora de la Universidad Nacional.

Ella hizo un estudio comparativo de los patrones de comportamiento de los incendios en las últimas dos décadas en el país que está en evaluación para ser publicado​​. Para ello se basó en la información de área quemada para todos los meses desde 2001 hasta 2019 detectada por el sensor Modis —Nasa Moderate Resolution Imaging Spectroradiometer— que está a bordo del satélite Terra.

En línea con el informe sobre cambio climático que salió esta semana y el aumento irreversible de la temperatura en 1.5 grados celsius en los próximos 20 años, Armenteras dice que: “los modelos predicen más incendios, más extensos, más frecuentes y megaincendios que nadie va a poder apagar, en zonas húmedas tropicales, donde no han sido usuales”. 

La Silla Académica entrevistó a Armenteras y estos son cinco puntos claves de su estudio y de la conversación con ella.

Cada nuevo incendio tiende a ser mayor

En la década pasada hubo un par de años muy secos: los fenómenos de El Niño: 2002-2003 (estación seca 2003) y 2006-2007 (estación seca 2007), que hicieron que muchos bosques lluviosos tropicales experimentaran incendios muy grandes.

“Coinciden los años de mayor extensión quemada con los años más secos”, dice Armenteras. 

En esta década no ha habido esos incendios tan grandes, pero en promedio todos los que ha habido sí son más grandes que antes. “Individualmente las cicatrices son más grandes. Cuando se quema vegetación tiende a ser más grande e intenso en promedio que la década anterior”, anota Armenteras.

Aunque un rayo puede provocar un fuego, la mayoría de veces es la actividad humana la que los produce. A veces accidentalmente con un cigarrillo, una fogata. Pero la mayoría de las veces los causan personas imprudentes, mal intencionados y hasta pirómanas. También ocurre que cuando en las actividades agrícolas no se hace un uso adecuado del fuego, es usual que se escape y se salga de control. 

Pero para que haya un incendio, explica Armenteras, se necesitan tres condiciones adicionales: que haya un combustible como vegetación, que haya oxígeno y que el ambiente esté seco.

“El cambio climático hace que tengas más días con menos lluvias y con temperaturas más elevadas que propician que si llega una chispa, la vegetación se prenda más fácil. Que sea más inflamable”, dice Armenteras. “Es lo que hemos visto en Grecia, Turquía. Y ahora en Italia y España. Vienen más incendios con las oleadas de calor que hay”, continúa.

En Colombia no hay estaciones tan marcadas como en esos lugares, pero la época de finales de noviembre hasta marzo tiende a ser mucho más seca. 

Los perjuicios de los incendios son múltiples: por un lado se queman los árboles que almacenan carbono, y se pierde esa vegetación que conserva la humedad —las hojas de los árboles y de las plantas son las que hacen la transpiración de las moléculas de agua—. Por otro, los incendios hacen que se emita dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero a la atmósfera lo que a su vez agrava la crisis climática. Además —explica la investigadora—empeoran la calidad del aire que respiramos con las cenizas y otras partículas que también se van a la atmósfera.

En varias áreas donde no debía haber incendios, ahora son frecuentes 

“Hay sitios donde cada año se están quemando vegetación, eso no es una frecuencia natural. En el trópico no hay ningún incendio natural, prácticamente todos son ocasionados por el hombre”, anota Armenteras.  

Un incendio en el Amazonas debería ocurrir cada mil años, cada 500 años, explica. 

Hay también sabanas que se están quemando cada dos, tres años, que incluso es demasiado para ese tipo de ecosistemas que necesitan el fuego para volver a crecer. Un régimen de incendios natural podría ser cada 10 años, aunque faltan estudios en el país que lo determinen. 

En sitios como la región de la Orinoquia, en las Sabanas de Yari y en la parte baja de la Sierra Nevada de Santa Marta, está habiendo incendios entre una vez al año y una vez cada dos años. “¡Es demasiado!”, dice Armenteras.

La distancia entre parches de incendios es cada vez menor

La distancia de los parches quemados cada vez es menor entre sí, en otras palabras: “tu vecino está haciendo lo mismo que tú”, dice Armenteras.

“Se están quemando —continúa— zonas que en algunos casos reflejan una consolidación de los cambios de uso de la tierra de forma ilegal. Están homogeneizando los paisajes”, anota.

Según Armenteras, en las zonas donde recurrentemente se está quemando para pasturas es donde encontraremos más hatos de ganado en un futuro y otras agroindustrias. “Así lo observé en un estudio que hice sobre el Guaviare”, comenta. La Orinoquía es uno de los lugares de donde está saliendo más carne de exportación ahora que el mercado de ganado está moviéndose con base en demanda internacional.

“La mayoría de los incendios en el país son causados por el hombre para ocupar tierras, para deforestar, para transformar los bosques o para manejar la agricultura. En este último caso a veces se producen fuegos escapados a los bosques aledaños que con o sin intención producen el mismo efecto”, dice Armenteras.

“En el trópico el fuego se usa para controlar y controlar el territorio. Mientras muchas comunidades lo usaron tradicionalmente de forma sostenible, otras están haciendo que la situación se nos empiece a salir de control”, concluye.

La investigadora publicó en 2019 un artículo que probaba un incremento de los fuegos y de la deforestación en zonas previamente ocupadas por las Farc a partir de su reincorporación con el Acuerdo de Paz. La hipótesis es que en esas zonas jugaban el rol de autoridad ambiental.

“Pero no es blanco y negro porque en otras zonas como el Nudo de Paramillo, por ejemplo, su presencia aumentó los incendios”. 

Los bosques húmedos tropicales no se recuperan de los incendios

Poco más del 52 por ciento de los ecosistemas que hay en Colombia son selva tropical, seguida de sabanas en casi un 14 por ciento, y cultivos, pastizales y matorrales en un 9 por ciento, cuenta Armenteras.

Por la humedad que hay en el trópico, los incendios no son naturales. Entonces ahora que están ocurriendo con frecuencia, es muy difícil que la vegetación se recupere.

“Los incendios en ecosistemas tropicales son uno de los problemas más graves que tenemos en este momento porque no están acostumbrados al fuego. Tampoco en Colombia. La mitad de los bosques en Latinoamérica no sobreviven a un incendio” alerta Armenteras. 

Y dado que son megadiversos y cumplen múltiples funciones ecológicas los impactos económicos y ambientales de los incendios pueden ser enormes, explica. 

Esto es un poco diferente a lo que ocurre en otros lugares del mundo que han estado muy expuestos a fuegos naturales, lo que ha permitido que la vegetación se adapte a ellos. Típicamente, las secuoyas en EE.UU., que son los árboles más grandes y longevos del planeta, se beneficiaban del fuego que quemaba la maleza y regeneraba la tierra.

“Pero ahora dado que los incendios pueden ser más frecuentes o prolongados, incluso esa vegetación que ha evolucionado con el fuego no tiene capacidad para recuperarse más rápido”, aclara Armenteras. 

El país no tiene una ley de manejo integrado de incendios

“El país tiene la ley de bomberos y el sistema de gestión de riesgos, que dentro de todos los riesgos tiene por allá incluídos a los incendios como uno más”, dice Armenteras.

Por eso con su grupo de investigación en Ecología del Paisaje y Modelación de Ecosistemas, trabajaron en un proyecto de ley de manejo integrado del fuego durante más de dos años. El representante a la Cámara Mauricio Toro acogió su propuesta, pero —tras dos años de trámite— acaba de hundirse en la pasada legislatura porque le faltó el último debate.

“No logramos que el presidente del Senado, Arturo Char, la pusiera en la agenda”, se lamenta Armenteras. Les faltó poco porque en los tres debates que se surtieron la votación había sido unánime a favor del proyecto.

El proyecto legislativo, explica Armenteras, tenía unas acciones preventivas con las que no cuenta el sistema de gestión del riesgo actualmente. Contemplaba unas restricciones, pero también pautas para manejo del fuego con barreras cortafuego y cinturones verdes.

Permitía, según la investigadora, quemas prescritas para reducir el combustible —vegetación— y por tanto el riesgo de incendios grandes; quemas con fines de investigación y quemas controladas en la agricultura, la ganadería y el cultivo de bosques.

También tenía unas medidas para fortalecer las instituciones y las alertas, incluyendo las de las comunidades. Asimismo, integraba a los procedimientos de los bomberos los métodos tradicionales que han usado comunidades indígenas, para suprimir el fuego de manera efectiva. 

Y, por último, contemplaba acciones para recuperar las áreas afectadas por los incendios.

“La finalidad era reducir el riesgo y los impactos de los incendios en un contexto de cambio climático como el que tenemos. Volveremos a presentarlo en esta legislatura”, anota Armenteras. 

 

 

 

Dolors Armenteras Pascual

Dolors Armenteras Pascual

Incendios forestales, Monitoreo y evaluación de ecosistemas, Deforestación y cambio de uso de la tierra, Ecosistemas y bienestar humano

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