“Salento es la antítesis de un turismo deseable”

“Salento es la antítesis de un turismo deseable”
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Después de las vacaciones de Semana Santa algunos turistas se quejaron en redes por el desorden y la sobrecarga del Valle de Cocora en el Quindío. El emblemático parque natural donde está la Palma de Cera, el árbol nacional de Colombia, y que fue retratado en la película recién ganadora del Oscar “Encanto”.

La Silla Académica entrevistó a Edna Rozo, decana de la Facultad de Administración de Empresas Turísticas y Hoteleras de la Universidad Externado, que es el mejor programa del país en ese campo según el ranking QS 2022.

Rozo es autora de: “Lugares turísticos contemporáneos: corporalidad, imaginarios y prácticas sociales en la zona de interés turístico de Usaquén, Bogotá”. Y coautora de “La Planificación Turística Desde El Enfoque De La Competitividad: Caso Colombia” y “Turismo sostenible”.

Ella analiza con base en sus investigaciones los retos que tiene Colombia en turismo sostenible cuando una de las propuestas clave de Gustavo Petro, uno de los candidatos más opcionados a la presidencia, es volverlo el principal renglón de desarrollo. 

La Silla Académica

Edna Rozo

¿Qué se entiende por turismo sostenible?

Turismo sostenible es la adaptación del concepto de desarrollo sostenible a esta industria.

La idea es conciliar dentro de un modelo económico neoliberal el concepto de crecimiento económico con el de conservación ambiental. Algo que implica aplicar la noción de responsabilidad intergeneracional, es decir, qué hacemos los que nacimos o los que estamos en este planeta hoy, por aquellos que aún no han nacido. Muchos grupos indígenas lo tienen súper claro, pero no los occidentales.

Y la otra categoría es la de la relación de lo local con lo global, la famosa máxima que dice pensar en lo global y actuar en lo local.

En la práctica esto implica políticas de manejo eficiente del agua, de la energía, de los residuos sólidos. Gestión para la conservación de la flora y la fauna. Cuidado responsable del patrimonio cultural. Que las comunidades locales sean las grandes beneficiadas con empleo digno. Fortalecimiento de las cadenas productivas locales para incorporar bienes y servicios de los habitantes. La prevención de riesgos sociales asociados al turismo como la explotación sexual comercial de niños, niñas y adolescentes.

Esto debe ser transversal a todos los tipos de turismo: rural, histórico, cultural, de aventura, al agroturismo. 

Usted es coautora del artículo “La Planificación Turística desde el enfoque de la Competitividad: Caso Colombia” en el cual diagnostican la realidad turística del país ¿cuál es?

En Colombia no ha habido procesos rigurosos de planificación turística que se implementen en el largo plazo, como ha sido el caso de otros destinos a nivel mundial.

Cancún, por ejemplo, es un modelo físico territorial, planificado desde el Estado central —independientemente de que nos guste o no—. México hizo una planificación física espacial muy detallada desde los años 70. Lo hizo con Cancún, Los Cabos, Ixtapa Zihuatanejo, Huatulco. Francia también lo hizo con Languedoc-Rosellón.

Pero en Colombia hemos tenido fogonazos, como que en vez de instrumentos de planificación física o de ordenamiento territorial, nos hemos ido por planes de desarrollo que dan orientaciones demasiado generales.

Bogotá hizo un esfuerzo importante por formular el plan maestro de turismo. Les tomó tres años diseñarlo: desde 2009 hasta 2012. Cuando estaba listo hubo cambio de alcaldía y no se logró incorporar en el plan de ordenamiento territorial —POT— de Gustavo Petro.

Petro tenía un POT diferente y aunque proponía cosas de avanzada, no permitió que el modelo que estaba vigente madurara, llevaba sólo ocho años y los POT están pensados para 12 años.

El Plan maestro de turismo quedó como un documento de consulta. 

En estas vacaciones de Semana Santa algunos turistas llamaron la atención sobre lo que llamaron un turismo depredador en lugares como el Valle de Cocora. Usted dice precisamente que la base de un turismo sostenible es la planificación ¿Qué explica eso?

Tuve la oportunidad de conocer el Valle de Cocora a comienzos de los 90. Era la joya de la corona.

El paisaje cultural cafetero, del cual hace parte, nació de forma espontánea. Entre 1992 y 1993 los primeros caficultores empezaron a apostarle al tema con sus fincas.

Luego con la Federación de Cafeteros entre 1995 y 1998 montamos el programa de Turismo Rural. La idea era proteger la identidad cultural cafetera. Las haciendas no se debían transformar abruptamente. Había que garantizar que las fincas siguieran siendo los sitios de vivienda de sus dueños, principalmente, sin perjuicio de que pudieran también alquilar algunas habitaciones para alojamiento de turistas.

Pero se generó una crisis por el propio éxito. Los embajadores empezaron a vender la región afuera. Y productos, incluso, como la telenovela “Café con aroma de mujer” contribuyeron a ello. Hubo un crecimiento desbordado.

En 2010, con la declaratoria formal como patrimonio cultural cafetero, hubo una planificación del territorio más integral aunque no ha sido suficiente. Se ha visto amenazada con la construcción masiva de condominios, muchos de ellos de gran altura que fueron tapando la cordillera central y, los de las zonas rurales, han ido alterando el paisaje en general.

Para la gente resulta mejor ahora vender su finca por metro cuadrado que por cuadras o hectáreas. Eso ha aumentado el precio de las tierras y ya no es viable pagar prediales elevados a punta de cultivos agrícolas.

En una de las zonas más ricas en recursos hídricos ha empezado por primera vez a haber escasez de agua por el desarrollo urbanístico intensivo.

Con un riesgo latente adicional: la minería en lugares como Salento y, puntualmente, en inmediaciones del Valle de Cocora. Un lugar que es reserva natural, zona de amortiguación del Parque de los Nevados, y parte del paisaje cultural cafetero. El Estado actúa de una forma en política ambiental, y, de otra completamente opuesta en materia minero energética.

El resultado ha sido un turismo que se ha desarrollado de forma desordenada, sin control. 

¿A qué se refiere?

Salento se llenó en muy pocos años de demasiados restaurantes y artesanías. Hasta hace poco los alcaldes de turno permitían que en temporada alta, la plaza se llenara de toldos que ofrecen diferentes productos.

Hay un problema de contaminación auditiva y visual. Se perdió la tranquilidad del pueblo y muchas personas vendieron sus casas porque les ofrecieron buenos precios. ¿Me pregunto dónde están viviendo hoy y en qué condiciones? seguramente en la periferia de Armenia.

Todo esto ha estado acompañado por la llegada de muchos extranjeros y de personas de otras regiones del país que venden artesanías de baja calidad. Por un lado hay sobreoferta que hace que bajen los precios de los productos, y al mismo tiempo la presión de los turistas aumenta los costos de arriendos y alimentos afectando a los locales.

Salento es, desafortunadamente, la antítesis de un turismo deseable. En un foro organizado hace unos años por la Cámara de Comercio del Quindío le llamamos la atención al alcalde en ese momento sobre la importancia de poner un peaje turístico, de cerrar la vía de acceso al Valle de Cocora cuando hay exceso de visitantes. 

¿Por qué no se ha dado eso?

Sólo en los lugares que hacen parte de parques naturales se suele controlar la capacidad de carga. En los demás lugares, los alcaldes que son los que están obligados a establecer reglamentaciones estrictas, a tener mano dura en los usos del suelo, no se dan la pela, porque políticamente es muy costoso.

En España ocurrió lo contrario. Islas Baleares tuvo una sobresaturación muy fuerte y en 2005 decidió dejar de otorgar licencias para hoteles. Benidorm desde 2012 está trabajando en ser un destino inteligente combinando: sostenibilidad, creatividad, innovación tecnológica (apps, energías limpias, seguimiento de turistas), inclusión y gobernanza (interacción entre el público, el privado, las comunidades) a favor del destino y de los habitantes.

Técnicamente se llama reconvertir destinos para volverlos habitables nuevamente. En eso tiene que trabajar el país fuertemente.

A los turistas no se les puede permitir hacer todo lo que quieren.

En Colombia hay herramientas: los POT, los planes de manejo espaciales de centros históricos, los de parques nacionales, pero no se aplican rigurosamente. Y no hay una articulación adecuada entre ellos y entran a competir.

Entonces vienen todas las problemáticas de transformaciones del área rural. Zonas de vocación agrícola o de conservación destinadas a vivienda, segunda vivienda, condominios.

Villa de Leyva también es un claro ejemplo de eso. La tesis de una estudiante del doctorado en Geografía que evalué muestra que entre un 70 y 80 por ciento de la zona rural entre 2000 y 2020 pasó a ser zona suburbana. Algo similar ha ocurrido en Santa Fe de Antioquia.

Usted habla también de la “disneyficación” como una de las causas que atenta contra el turismo sostenible. De la cual no ha estado exenta la región cafetera…

El Parque del Café marcó un antes y un después en el turismo en Colombia.

Fue el primer parque temático del país. Si están bien desarrollados, los parques temáticos deben dialogar con la cultura y los valores identitarios del lugar, rescatar su gastronomía, por ejemplo.

Eso caracterizó la primera etapa del Parque del Café: con su museo, la ruta de las estatuas, de los mitos y leyendas, el mirador. La segunda etapa, en cambio, que arranca hacia el año 96, 97, trae los famosos juegos mecánicos al estilo Disney. El productor viajó a Orlando y le pareció maravilloso venir a montar acá algo similar.

Un contenido material y simbólicamente muy fuerte que alteró la unidad paisajística de esa zona, porque de repente desde el mirador, en la mitad del paisaje, ya veías una montaña rusa, por ejemplo.

Y dio paso a una tendencia en Colombia de ese tipo de parques temáticos porque son exitosos. Estructuras gigantes de piscinas con toboganes incrustadas en medios rurales y naturales, que no necesitamos.

Las Vegas se crea como un destino completamente artificial: de casinos y grandes edificaciones porque era un desierto, pero aquí, con semejantes paisajes no necesitábamos ese tipo de tematización.

La disneyficación o artificialización de los lugares es un debate importante en un país emergente en materia turística como el nuestro.

En una de sus investigaciones se señala la importancia de la conectividad para un turismo competitivo. ¿Cómo resolver la tensión entre mejores vías de acceso y turismo masivo depredador?

La competitividad está pensada, sobre todo, para centros urbanos y para destinos que quieren volverse atractivos regional y globalmente. La idea es que ciudades como Bogotá puedan competir contra otras como Ciudad de México, Santiago de Chile o Buenos Aires. Ahí la interconectividad aérea y terrestre es importante. La pandemia mostró lo que Bogotá mueve económicamente a través de la industria hotelera.

Debe desarrollarse en función de los criterios de pertinencia, que respondan a las características de los lugares. Si hablamos de conectividad en el Amazonas cambia completamente el parámetro porque allá la vía fluvial y marítima es la más importante.

En todo caso, aunque mejorar las vías de acceso signifique posibles riesgos de turismo masivo hay que sopesar las necesidades de los habitantes de esos lugares de acceder a salud, a educación, a los mercados para sus productos. 

Como el turismo es diferente en el país. ¿Qué casos han sido exitosos y son modelos a seguir?

Uno de los casos de mostrar es el de Puerto Nariño, Amazonas, que como diría el pensador Manfred Max Neef, ha tenido un desarrollo a escala humana, a escala natural.

En 2012, después de cinco años de trabajo, se certificó como primer destino sostenible —no se si lo han podido renovar—. Nuestra facultad de Administración de Empresas Turísticas, acompañó ese proceso inicialmente.

No tiene vías, sólo un pequeño trazado para el carro que recoge las basuras. El corregimiento está al lado del río y se han empeñado en su cuidado. Las autoridades indígenas defienden mucho su territorio.

La Macarena, en el marco del posconflicto, con un modelo de turismo comunitario es otro caso muy interesante. Se han enfocado en distribuir los beneficios económicos del turismo para que toda la población los reciba: acordaron que los guías, los transportadores, las posadas, se turnen, por ejemplo.

En la misma zona cafetera, hay algunos casos que se deben rescatar como las de las granjas agroecológicas, la de Mama Lulú —la primera que existió— incluyen visitas al cafetal. Uno sale impregnado de café por lo que come, por lo que ve.

En Putumayo, pese al resurgimiento de la violencia, también hay buenas iniciativas. Filandia ha hecho un trabajo importante para evitar el riesgo latente de tener los mismos problemas de Salento.

Bogotá a través del Instituto Distrital de Turismo también está haciendo esfuerzos para desarrollar un turismo rural comunitario. Le acaban de dar la certificación como destino inteligente y lo mismo Medellín. 

Petro propone al turismo como motor de desarrollo de Colombia. ¿Cuál es un país modelo a seguir para nuestro país?

Costa Rica desde los 90 le apostó al ecoturismo, se apropió de esa marca y la empezó a vender. No estaban preparados en ese momento, pero cuando empezaron a recibir turistas europeos, estadounidenses adecuaron el territorio rápidamente, todo ocurrió en esa misma década.

Eso está aunado a una política ambiental muy fuerte. Tiene buena parte de su suelo en estado de conservación y con eso ha logrado captar recursos importantes de cooperación internacional: del Banco Mundial, del Banco Interamericano de Desarrollo, Conservación Internacional. Por sus procesos de reconversión y de conservación de áreas reciben dinero. Cambian deuda por naturaleza. Venden bonos ambientales.

El turismo responsable, a su vez, se constituye en un instrumento importante para hacer también captación de recursos para los locales.

Algo similar debería implementarse en destinos emergentes como los Llanos Orientales, el Pacífico colombiano, el Caribe adentro —no tanto el litoral-. 

Su tesis doctoral fue un estudio sobre la transformación de Usaquén de lugar residencial a destino turístico. Un microcosmos de lo que está pasando a gran escala. ¿Qué encontró?

En el barrio Usaquén, en Bogotá, está pasando lo que está ocurriendo a nivel mundial en todos los destinos turísticos: un cambio abrupto en los cambios de uso del suelo y en las prácticas sociales de los habitantes.

Los habitantes se escapan del lugar los fines de semana huyendo de los turistas, de los visitantes. Hay una afectación muy profunda en las prácticas tradicionales de los locales, por ejemplo, en sus espacios de esparcimiento, de cotidianeidad, en los usos del suelo.

El valor del metro cuadrado subió un 700 por ciento entre el 2005 y el 2018. La materialidad del lugar se transformó: muchas viviendas se convirtieron en edificios, en centros comerciales. Los imaginarios de los habitantes cambiaron. Hubo una estetización turística o una turistificación: la estética del lugar se vuelca por completo a la mirada del turista invisibilizando la de los residentes. Se han impuesto las lógicas de Disneyficación, de globalización en la que todos los restaurantes del mundo están ubicados en el mismo lugar. Las artesanías que se ofrecen son de múltiples lugares. En otras palabras: hay muchos relatos reunidos en un mismo sitio. Lo global se ha ido sobreponiendo a lo local. 

“Salento es la antítesis de un turismo deseable”
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Para citar: 

  • Rozo Bellón, E. (2019). Lugares turísticos contemporáneos : corporalidad, imaginarios y prácticas sociales en la zona de interés turístico de Usaquén, Bogotá. Bogotá : Universidad Externado de Colombia, 2019.
  • Toro, Gustavo and Galán, María and Pico, Luis and Rozo, Edna and Suescún, Hayda, La Planificación Turística Desde El Enfoque De La Competitividad: Caso Colombia (Tourism Planning from the Approach to Competitiveness: Colombia Case Study) (March 10, 2016). Turismo y Sociedad No. 16, 2015, Available at SSRN: https://ssrn.com/abstract=2746080

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Edna Rozo

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Gestión del turismo, Turismo sostenible, Desarrollo desde el turismo

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