"Los Gilinski ponen a prueba la cultura de la discrecionalidad del GEA"
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A la izquierda Angelika Rettberg, profesora del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de los Andes y a la derecha Néstor Julián Restrepo, profesor del Departamento de Comunicación de la Universidad EAFIT.

La avanzada de los Gilinski para entrar al Grupo Empresarial Antioqueño —GEA— continúa. 

Esta semana la Superintendencia Financiera autorizó una nueva oferta para comprar más acciones del grupo Sura, donde ya tienen una participación del 25 por ciento.

Una de las cosas que definitivamente va a cambiar es la manera como tradicionalmente las élites económicas antioqueñas agrupadas en el GEA habían incidido casi de forma hegemónica en el poder político en esa región. Son vistas por muchos analistas como el poder a la sombra. 

¿Qué tan deseable es o no que esto ocurra para la democracia y cuáles son las razones en cada caso?

Para responder esa pregunta, La Silla Académica entrevistó a Néstor Restrepo, profesor del Departamento de Comunicación Social  de la Universidad EAFIT y autor del capítulo “El clientelismo en Antioquia: sus redes clientelares y patronazgo feudal” del libro "Clientelismo, patronazgo y corrupción en Colombia y México" de la editorial de la Universidad del Norte.

Y a Angelika Rettberg, profesora del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de los Andes y autora de la reseña “Construyendo la historia del empresariado colombiano. Un análisis de Empresariado antioqueño y sociedad, 1940-2004".

La Silla Académica

Angélika Rettberg

Néstor Restrepo

Néstor, en el libro "Clientelismo, patronazgo y corrupción en Colombia y México" usted menciona que las élites empresariales en Antioquia han tenido históricamente un liderazgo en la planeación del territorio y en la expansión de la economía. ¿Cómo se consolidó ese poder?

Básicamente lo que se ha creado en Antioquia es un poder de unas élites de “patrones” muy fuertes. Ese proceso comienza entre el siglo XIX y XX donde se dieron unos intereses de expansión enmarcados en la tierra como recurso para el crecimiento a través de agroindustrias como la del café y el banano, así como de la minería.

Esas élites que se fueron gestando a través de estos negocios lograron llegar a consensos muy claros sobre la forma de administrar el territorio.

Eso generó una especie de pseudo-política de Estado donde todo aquel que llegaba a gobernar simplemente sabía que había unas reglas de juego para moverse en el territorio antioqueño. En Antioquia se gestó entonces una especie de chauvinismo y un principio nacionalista muy marcado desde el origen donde una élite terrateniente es la que determina en gran medida qué es lo que se va a hacer.

A todo ese fenómeno yo lo describo como un capitalismo anacrónico, es decir, un capitalismo donde unas élites tienen importantes monopolios, como todavía hoy, por ejemplo, en la producción de galletas, de salchichas, o el manejo de la minería y la tierra.

Y son estas mismas élites las que tienen muy clara la ciudad o el desarrollo del departamento y establecen unos referentes de identidad, más aún si el capital y la riqueza siguen estando concentrados en ellos. 

En ese texto usted también dice que estas élites de patrones fijaron su poder a través de redes clientelares. 

Sí, en el artículo yo identifico dos tipos de redes clientelares en Antioquia. Ambas ligadas al patronazgo. La primera es más rural y se ve en el poder de los grandes latifundistas, que se benefician de la debilidad del Estado y se consolidan como los únicos que dan trabajo entonces la gente depende de ellos.

Y la segunda es la de los empresarios, que han tratado de consolidar poder político y que hacen de todo para contratar con el Estado, pues está la idea de que no hay forma de acumular riqueza sin contratar con el Estado.

En el texto yo doy una tipología sobre cómo se puede expresar ese clientelismo.


¿Entonces cómo explica que estas élites de empresarios hayan tenido tanta aceptación entre la gente en Antioquia?

Por una parte, porque también históricamente se montó en Antioquia un discurso de la pujanza paisa, de la berraquera paisa, que está muy inspirado en la religión católica y que supone una especie de ética del trabajo donde la gente adquiere su dignidad trabajando y respetando a quien se lo da.

Pero hay una segunda razón, y es que esta élite económica ha sido muy estratégica en ganarse a las personas. Entonces suele ser muy amable, muy querida con sus trabajadores y tiene un gran interés en reinvertir en la región y no solamente quedarse en su actividad comercial. El rico paisa sabe perfectamente que necesita del obrero y lo trata bien. 

Esto que digo se ve en fenómenos como Comfama o Comfenalco, esas cajas de compensación son un éxito en Antioquia, porque fueron una forma de conectar al empresario con sus trabajadores. También está el ejemplo de Fabricato, una de las empresas textiles referentes de la región y que ya tiene 100 años, que se conectó con las señoras de la región y les enseñó a coser. En Medellín todas las señoras saben coser y eso en gran parte fue por esas iniciativas de empresas como Fabricato o Tejicondor.

Lo que está pasando justo ahora es que a estos nuevos liderazgos empresariales se les ha olvidado mucho esa forma de ganarse a la ciudadanía, y aquí en Medellín mucha gente, especialmente el ciudadano de a pie, le ha cogido pereza al empresario cuando antes eran los más queridos.

En contraste, en muchos lugares hay incluso barrios completos que fueron creados por empresas. Cervecería Unión creó un barrio en Itagüí y Fabricato otro barrio en Bello. Antioquia fue hecha así, desde esa lógica. Ahí es donde se fabrica una red leal de personas. 

Con la apuesta de los Gilinski por meterse aún más en el enroque del GEA (Grupo Empresarial Antioqueño) hay algo más en juego que una movida económica. ¿Qué es?

Sí, la movida de los Gilinski fue como un campanazo que recibieron estos empresarios antioqueños el sentido de que ese modelo que llevaban de un enroque en el que las empresas tenían participación una en la otra y se protegían de accionistas externos, tal vez no iba a continuar para siempre. Mi percepción es que estaban de pronto muy cómodos en esa sensación de sentirse muy virtuosos y superiores.

Superiores porque se sentían apoyados por los ciudadanos, porque se sentían menos parecidos a otros modelos empresariales y probablemente no vieron venir esto que estaba ocurriendo, y por tanto los tomó por sorpresa. Lo que refleja también esa OPA (Oferta Pública de Adquisición) que lanzó el grupo Gilinski es que terminó siendo atractiva, especialmente para los pequeños accionistas a los cuales se preciaban de estar tratando muy bien desde el GEA, pero se vió que ante la llegada de una propuesta interesante no hubo lealtad regional o nada que valiera.

Entonces, esto de que la llegada de empresarios de otra región (los Gilinski son empresarios vallecaucanos) sea algo nuevo para el GEA no solamente lo es como una nueva realidad de negocios, sino para su propia cultura empresarial. 

¿En qué sentido?

En el sentido de que uno de los rasgos de quienes han estudiado al GEA es que dicen haber encontrado unos elementos culturales comunes a las 125 empresas que lo conforman. Dentro de estos elementos ha estado siempre esta tradición de solidaridad entre empresas paisas, de decisión consensual y, muy importante, de discreción.

Esta idea de discreción se refleja en el hecho, por ejemplo, de que en el GEA no hay grandes figuras. No se habla de los grandes cacaos del GEA. Entre ellos se honran mucho de no ser como el Santodomingo, el Ardila Lule, el Sarmiento o el Gilinski que son personalidades públicas. Son gente que se consideran administradores de acciones comunes.

No hay ese culto a la personalidad como tenemos en otras grandes empresas del país y del mundo. Por ejemplo, el GEA nunca quiso invertir en medios, y siempre se ha jactado de ser un poder en la sombra.

Entonces, esta entrada de los Gilinski donde hay una gran familia al mando sí es distinta al modelo del GEA donde muchos accionistas bajo modelos virtuosos de gerencia lograron ampliar sus ingresos y su aporte a la economía nacional. El GEA pasó de aportar el 2,6 por ciento del PIB en 1980 a aportar el 4 por ciento en 2020, lo que indica que hasta ahora han logrado ese objetivo de crecimiento con más expansiones internacionales y la entrada a nuevos mercados. 

Otro aspecto que le ha dado históricamente reputación al GEA, y que llama la atención de quienes lo estudian, es que ese modelo de negocio que creó pudo mantenerse paralelo al fenómeno del narcotráfico, que coptó tantos sectores de la economía en Antioquia. ¿Qué explica que lograran ese blindaje?

En primer lugar, una cosa que protegió al GEA de la incursión masiva del narcotráfico tiene que ver con un factor cultural. Para la mafia no es interesante tener acciones, le interesa más tener caballos, mujeres, aviones, cosas que puedan tocar. No le sirve un extracto bancario diciendo que son ricos.

Y segundo, cuando efectivamente surgieron esos intentos, el GEA, que tenía esa estructura de enroque que había creado ante una toma hostil por parte de Ardila Lule en los 70s, tenía una forma de tomar decisiones en la que la junta directiva era la que daba línea para todo el grupo sobre creaciones de empresas, fusiones de empresas, adquisiciones, etc, incluso en sectores que no estaban, como el tema de finanzas y seguros. Esta mutua vigilancia de las decisiones creo que también protegió al GEA en su momento de ser permeado por el narcotráfico.

Todo esto les permitió mantener esa idea de preciosismo empresarial, en el sentido de que no iban a dejarse untar, y de hecho no se dejaron, en un contexto muy complicado de relaciones con el narcotráfico. 

¿Por qué ese tipo de cultura empresarial antioqueña que refleja el GEA no se ve tan claramente en otras regiones del país como Bogotá o Valle del Cauca?

En el Valle del Cauca tienes en primer lugar una industrialización ligada al desarrollo azucarero, un modelo laboral que comenzó siendo esclavista y por eso se mostró menos inclinado hacia la innovación y el buen trato de la mano de obra. Es decir, hubo claramente una relación entre el tipo de producto que dominaba la economía regional y la emergencia de formas de relación laboral y de inversión de los dividendos.

Lo otro es que uno ve en el Valle del Cauca, y todavía ahora, la presencia fuerte de las familias. Entonces es la familia de toda la vida que ha estado siempre con el mismo ingenio. La estructura social se mostró bastante estática en torno a pocas familias, y en torno a una actividad que no ha cambiado sustancialmente, aún si han ocurrido procesos de industrialización importantes, como el Puerto de Buenaventura.

Eso es parte del contraste. El otro caso es Bogotá, que es muy grande y es una colcha de retazos de muchísimas migraciones empresariales, también distintas. Hay unas élites ligadas a la ganadería lechera de la sabana, otras vinculadas al desarrollo industrial; otras al tema comercial y obviamente de finanzas y servicios.

Pero además hay toda una cantidad de grupos empresariales semi-formales en torno a los comercios, en torno a las pequeñas y medianas empresas. Y en ese sentido, tanto por el tamaño como por la diversidad de actividades, pues efectivamente no existe algo así como una unidad empresarial que se piense Bogotá.

Sí existe la Cámara de Comercio de Bogotá o ahora ProBogotá, que surgió hace un par de años, pero tiene un claro interés político de dar respuesta desde los empresarios al temor de que Petro llegue al poder. Y la Cámara de Comercio ha sido muy útil, sobre todo para la creación de negocios formales, pero no ha tenido una pretensión de inversión social, de asesoría a nivel de formulación de política pública, como sí tiene Proantioquia en Medellín. 

Si en efecto esa élite empresarial adquirió tanto poder en la toma de decisiones y la planeación sobre cómo se desarrolla Antioquia, ¿cuál es el tipo de relación que ésta ha desarrollado con el poder político regional?

Siempre se ha pensado en el modelo paisa como un modelo virtuoso donde el sector público y privado han operado como jalando en la misma dirección. Entonces efectivamente ha existido una especie de puerta giratoria entre la élite empresarial y la élite administrativa local. No solamente en cargos de elección popular, sino en general una cercanía muy grande en el diseño de la política pública para Medellín con la élite empresarial.

Para eso, por ejemplo, crearon fundaciones y grupos de trabajo. Muy frecuentemente personas del GEA eran miembros de juntas directivas, grupos asesores de alcaldías o de la Cámara de Comercio. También ayudaron a crear universidades, como EAFIT, algo que es poco común en otros nichos empresariales del país en los que la plata se gasta en construir cosas fastuosas, pero no en inversiones para su propia gente.

En comparación con otros países donde hay una tajante división entre lo público y lo privado, como en México (donde estos sectores están eternamente agarrados). Aquí lo que ha habido es una élite en línea con el ejemplo del sudeste asiático, es decir, una élite empresarial común que luego se va para lo público, e incluso alterna de posiciones a lo largo de su vida. Un ejemplo en ese sentido es el de Juan Felipe Gaviria, el papá del candidato presidencial Alejandro Gaviria, que era un técnico formado en la Escuela de Minas y terminó siendo Alcalde de Medellín y luego Ministro de Obras Públicas y Rector de EAFIT. 

Nestor, ¿usted cómo lee esa relación entre el poder empresarial y el político en Antioquia?

Hay en Antioquia un empresariado que asume que las peleas se dan entre los que ostentan el poder, pero no se involucran ellos, que están detrás. Ellos simplemente apoyan a uno u otro desde la sombra.

Esta élite paisa ha funcionado muy a la forma de la élite venezolana o caraqueña antes del chavismo, que sabían que ellos eran el poder detrás del poder, pero nunca se metieron en la clase política. Las peleas son de otros, pero todo el mundo sabe que cuando llegaban al poder ya las reglas estaban claras. Por ejemplo, ya EPM sabe cómo se manejan ciertos procesos y tienen una hoja de ruta clara, y esas reglas de juego el alcalde las obedece.

Ese fue el caso de la alcaldía de Federico Gutiérrez, que era el típico político disciplinado antioqueño que tiene un margen de independencia en las cosas en las que considera su prioridad: la seguridad, por ejemplo; o el embellecimiento de la ciudad con esta idea de Medellín como la “tacita de plata” haciendo referencia un ideal de limpieza que está desde mediados del siglo XX.

Claro, tenía un asiento en la junta directiva de EPM, pero no era para poner agenda o romper el consenso de los empresarios.

Ahora, lo nuevo es que Daniel Quintero llegó a darle golpes a esa mesa, justo porque es alguien que no fue formado en ese modelo y ha buscado romperlo. Eso se vio desde que, por ejemplo, se supo que desde el GEA y otros empresarios le pasaron a Quintero una lista de nombres para la gerencia de EMP y este los descartó.  

¿Cuáles son las características que han hecho de Daniel Quintero esa ficha que llegó a desestabilizar esos lazos de coordinación entre el poder empresarial y el público en Medellín?

Daniel Quintero realmente es la punta del iceberg. Él es un muchacho ambicioso que llegó como producto de un rechazo al uribismo y que se enfrentó a un candidato como Luis Alfredo Ramos, que representaba esos valores de la política conservadora y que no tocaba al empresariado. Pero Quintero es una ficha con la que están jugando otros.

Detrás de Quintero probablemente está otro grupo económico pujando por participar aún más del poder político. Se dice, por ejemplo, que las campañas de Luis Pérez, quien fue alcalde de Medellín (2001-2004) y gobernador de Antioquia (2016-2020) han sido financiadas por otros grupos económicos diferentes que no han tenido la misma participación política que el GEA en el departamento. Lo que hay es un desafío contra una élite política y económica que siempre había gobernado y que estaba muy cómoda con su posición. Lo que aparece ahora es una tormenta perfecta para la élite del empresariado paisa, pero que no comenzó con Quintero.

Por una parte un grupo que quiere entrar nuevamente al poder político, a través de Quintero, y por la otra la entrada de una familia empresarial colombiana que bajo la lógica del mercado quiere entrar a tomar asiento decisorio en el fortín de los conglomerados empresariales paisas.

¿La pelea de Quintero con EPM en el caso del fallo que obligaba al pago de $4,3 billones por los errores cometidos en la construcción de Hidroituango puede verse como otra instancia de esa tensión por la que pasa el poder político y el poder empresarial en Antioquia?

Sí, que en este caso vino como un ataque a la credibilidad técnica que tradicionalmente había tenido EPM en la ejecución eficiente de servicios públicos y la construcción de obras de envergadura.

Pero a pesar de que han sido como muy virtuosos y pasaron todas estas cosas buenas, de pronto sí  omitieron escuchar alarmas a tiempo y sí pudieron dejar pasar cosas, o sea sí puede ser que dentro de lo virtuoso surgen comodidades o zonas de confort e Hidroituango claramente puso eso de presente. Puede ser parte del mismo proceso de un modelo empresarial que muestra sus límites y que muestra sus riesgos o sus desventajas.

La pregunta que queda pendiente por ver es si lo que pasa con Quintero va a ser un fenómeno pasajero, o lo que está en juego es todo el modelo de relaciones entre el poder empresarial y el político. Yo no he visto todavía lo segundo. Pensaría que por ahora se trata de Quintero como una persona que viene de afuera (porque formó su carrera política en Bogotá) y que está apoyado en Pérez y en otros, pero que en el fondo eso no cuestiona el modelo completo.

Ahora, hay algo relevante por mencionar y es que, por ejemplo, justo el GEA ha sido en términos políticos mucho más progresista que el resto de la sociedad antioqueña, en temas como el Acuerdo de Paz, para el que pusieron recursos y apoyaron al Gobierno. Entonces, no necesariamente van a ser ellos los uribistas recalcitrantes contra los que Petro debería pelear en el caso de que gane la Presidencia.

Sobre la cuestión del GEA, lo que puede estar en disputa es cómo quitarle votos al centro en Medellín, y la manera de hacerlo es alejar al sindicato, que estaría más inclinado a apoyar una candidatura de centro. Este episodio de Medellín no se puede desconectar del mapa más grande de las movidas que se preparan para definir quién será el Presidente este año.

Para citar: 

- Restrepo, N., Berrío, C. (2019). El clientelismo en Antioquia: sus redes clientelares y patronazgo feudal. En Tule, L. (Ed.), Clientelismo, patronazgo y corrupción en Colombia y México (pp. 105-122). Editorial Universidad del Norte. https://editorial.uninorte.edu.co/gpd-clientelismo-patronazgo-y-corrupcion-en-colombia-y-mexico.html

- Rettberg, A. (2012). Construyendo la historia del empresariado colombiano. un análisis de "empresariado antioqueño y sociedad, 1940-2004. influencia de las élites patronales de antioquia en las políticas socioeconómicas colombianas" de Nicanor Restrepo Santamaría. Cuadernos de Economía. 31(56). 331-337.

Néstor Julián Restrepo Echavarría

Néstor Julián Restrepo Echavarría

Comunicación y Política, Estudios Latinoamericanos, Clientelismo

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