A propósito de una columna del profesor Moisés Wasserman

A propósito de una columna del profesor Moisés Wasserman
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Durante la última semana un fantasma recorrió los espacios de opinión pública en nuestro país. Una columna, escrita por un prestante científico y columnista, ha despertado un gran interés en la comunidad. Que una columna periodística despierte interés ocurre todos los días en este país atormentado por múltiples urgencias que tienen que ver con la corrupción, el narcotráfico, la violencia en todos sus géneros, etc. Lo particular de esta columna es que ella pretende ocuparse de la manera como tendríamos que entender la naturaleza de la ciencia. 

Hay que saludar, entonces, que eventualmente se abra espacio para discusiones sobre temas muy diferentes a los que nos tiene acostumbrados el periodismo cotidiano. El profesor Moisés Wasserman (me siento muy cómodo llamándolo “profesor”) en su columna ‘Ciencia hegemónica’ y ‘justicia epistémica’, publicada en el diario El Tiempo el 15 de julio, hace una evaluación crítica de algunos pasajes que leyó en un documento borrador no oficial, escrito al parecer por algunos miembros del Pacto Histórico. Esto con el objetivo de ofrecer algunas reflexiones que, en principio, podrían orientar la política de ciencia y tecnología del nuevo gobierno. Al documento del profesor Wasserman le ha seguido una serie extensa de respuestas críticas (muy críticas, diría yo) y algunas defensas tímidas más reducidas en su número.

Es muy saludable que haya espacio para discusiones metafísicas. Sin embargo, resulta algo decepcionante que un problema tan interesante y profundo se debata en términos muy superficiales. El problema se puede resumir así: ¿cómo entendemos la naturaleza de la práctica científica y qué podemos esperar de ella, para orientar así la política de ciencia y tecnología de un gobierno que está por empezar?

En primer lugar, es difícil adoptar una postura completa sin conocer en su totalidad el documento mencionado y sin advertir con precisión en qué grado de madurez se encuentra. No se trata con la misma fuerza y seriedad un documento borrador en una versión muy preliminar que un documento oficial. Al margen de esta limitación, la respuesta del profesor Wasserman sí deja ver cómo responde él a las preguntas asociadas con la naturaleza de la ciencia. Empecemos, entonces, por revisar (sin mucha profundidad) qué puede decirse de la visión que se refleja en su escrito.

Dice el profesor Wasserman que, en cierto sentido, algunas ciencias sí son hegemónicas: “Son hegemónicas la física cuántica y la relatividad, es hegemónico el gran marco generado por la biología molecular, la genética y la evolución”. El filósofo Thomas Kuhn prefiere llamarlas “paradigmáticas”, para no dar espacio a pensar en una hegemonía basada en aspectos que podríamos llamar subjetivos. Menciono a Kuhn porque el mismo profesor Wasserman hace una paráfrasis, en el párrafo que he citado, de la manera como Kuhn entiende la dinámica de las revoluciones científicas. Escuché en una entrevista radial, suscitada a propósito del debate que estoy comentando, que el profesor Wasserman presenta a la ciencia como un método seguro que impide que seamos engañados. Curiosa respuesta cuando, al mismo tiempo, tenemos que advertir que durante mucho tiempo, invocando métodos científicos, sostuvimos teorías que hoy tenemos por engañosas (v. gr. creímos, con buenas razones, que el sol giraba en torno a la Tierra; creímos, con buenas razones, que espacio y tiempo eran entelequias absolutas; creímos, con buenas razones, que el decurso de una partícula se podía conocer con absoluta precisión si conocíamos las condiciones iniciales en las que se encontraba).

Hoy tenemos también buenas razones para pensar que cada uno de los ejemplos anteriores ofrece un panorama engañoso: el primer caso nos llevó del geocentrismo ptolemaico al heliocentrismo copernicano; el segundo de la mecánica de Newton a la relatividad einsteniana y el tercero de la mecánica clásica a la mecánica cuántica. De admitir el dictum del profesor Wasserman o bien las teorías de Ptolomeo y Newton no cuentan como científicas porque indujeron a engaños, o bien reconocemos que aún las saberes que él denomina hegemónicos podrían ser revisados en algún momento sin que tengamos que descalificarlos por los supuestos engaños que propiciaron.

La palabra ciencia no tiene una referencia precisa. Refiere en forma vaga a una serie de prácticas que van estandarizándose en el marco de comunidades llamadas así mismo “científicas”. Los estándares de esas prácticas varían de manera importante. Unos son los estándares de las ciencias formales (lógica y matemáticas); otros los de las ciencias naturales (física, química, biología); otros los de las ciencias sociales (sociología, antropología). Aún en el marco de una ciencia particular, hay diferentes áreas con estándares así mismo muy distanciados. En el marco de la física, por ejemplo, unos son los estándares de la relatividad y otros los de la mecánica cuántica. Cada uno de los dos grandes constructos de la física contemporánea (relatividad y física cuántica) llama al otro “engañoso”. Tal heterogeneidad no tiene porqué ser contemplada como una falta de virtuosismo. Más bien, hace parte de la inmensa riqueza que advertimos en todo ese abigarrado conjunto de prácticas que cobijamos bajo el mismo término de ‘ciencia’.

Dejar abierta la posibilidad de enfoques muy disímiles que se enriquecen gracias a la controversia franca y decidida es, realmente, la fuente primitiva de lo que llamamos objetividad. El filósofo Paul Feyerabend dedicó toda su vida a la defensa de dicha diversidad manifiesta. Por ello resulta muy triste el trato caricaturizado que el profesor Wasserman le da al filósofo.

Dice el profesor: “Algunos filósofos han dicho tonterías parecidas..” Se refiere a la idea de dejar abierta la posibilidad de escuchar visiones distintas a las canonizadas como hegemónicas. “Feyerabend decía que no hay que enseñarles a los jóvenes que ‘la Tierra es redonda’, sino que ‘alguna gente cree que es redonda’. Estaba totalmente perdido de la pregunta real, que es qué forma tiene la Tierra, no qué piensa la gente de eso”. Leído fuera de contexto resulta muy difícil apreciar el valor de la recomendación del filósofo austríaco. Ignora el profesor (o quizá se abstiene de compartirlo con nosotros) que Feyerabend cultivó las máximas del anarquismo epistémico después de leer con mucha atención los trabajos del físico norteamericano David Bohm, estigmatizado en Norteamérica por sus ideas comunistas. Los trabajos de David Bohm, que gozan de un merecido prestigio entre los físicos cuánticos, sugieren que los principios hegemónicos de la interpretación de Copenhague de la mecánica cuántica no descansan en ninguna suerte de necesidad lógica o epistémica.

A la visión hegemónica bien se le puede anteponer otros enfoques basados en principios epistémicos opuestos. David Bohm ha sabido dar buena cuenta de fenómenos cuánticos recuperando nociones de la vieja mecánica. En la reseña que escribió Paul Feyerabend -Professor Bohm´s philosophy of nature- a propósito del libro de David Bohm -Causality and Chance in Modern Physics- extrajo el filósofo el siguiente interesante corolario: “No existe ninguna descripción que sea completamente equivocada y sin una realidad correspondiente”.

Es cierto que hoy sabemos que la forma de la Tierra se acerca en algún grado a ciertas formas de esfericidad. Y debemos insistir en que nuestros jóvenes reconozcan que tenemos buenas razones para defender que asignar a la Tierra una superficie más cercana a cierta esfericidad, le va mejor con una gran cantidad de información que tenemos a nuestro alcance.

También es bueno que ellos aprendan a escuchar a quienes sostienen creencias diferentes reclamando en su favor que ciertos aspectos de “la realidad” también se ajustan de manera adecuada. No debemos imaginar que esa virtud de tolerancia les lleve a poner en duda la esfericidad de la Tierra (a propósito, la Tierra no es tan esférica como pensamos en principio); quizá les enseñe que así como nosotros hoy podemos cuestionar a quienes tiempo atrás no veían la posibilidad de tal esfericidad, otros, el día de mañana, cuestionen las ideas más arraigadas en nuestros saberes hegemónicos. Reconocer la importancia y el valor de la posición epistémica diferente es el único camino seguro que podría salvarnos del dogmatismo.

Algunas de las reacciones críticas a la columna del profesor Wasserman tampoco son muy afortunadas. A manera de ejemplo y sin la intención de ser exhaustivo, Arturo Escobar llama al enfoque del profesor Wasserman “vetusto”. Término poco apropiado para iniciar una conversación amigable. Sostiene él que hay que preguntarse cuál es el propósito que persigue la innovación científica y luego afirma que “La ciencia contemporánea ya no se hace esa pregunta”. El profesor Escobar comete el error de imaginar que el término ‘ciencia contemporánea’ refiere a una entelequia que puede tenerse como un agente, al que podemos impugnar la responsabilidad de ciertas miserias contemporáneas: la conquista, el colonialismo, la trata esclavista, el terricidio, el desconcierto de la juventud (la lista no es de mi creación, es efectivamente la lista que rastree en el texto de Escobar).

“Ciencia” no nombra un agente. En el mejor de los casos reúne los aires de familia de una multiplicidad de prácticas humanas. Los seres humanos son los agentes. Son ellos quienes, quizá, se valen de las prácticas científicas para instrumentalizarlas en favor de los más deleznables intereses.

Francisco Cortés identifica la posición del profesor Wasserman como expresión del neoliberalismo. Ignoro si el profesor Wasserman es simpatizante o no del neoliberalismo. Reconozco, más bien, que el debate que sugiere el profesor Wasserman tiene que ver con la forma como concebimos la naturaleza de la práctica científica. La crítica del profesor Cortés se refugia en las dinámicas que permean el ejercicio de las burocracias oficiales en nuestras universidades. En fin, nada más alejado del interesante debate metafísico y epistemológico que sugiere Wasserman. De cualquier manera, a los argumentos del profesor Wasserman no se le responde, como pretende Francisco Cortés, con llamados de autoridad aunque ellos provengan de la mente preclara de Thomas Hobbes. En respuesta al modo como ejerce la crítica Francisco Cortés, bien valdría la pena citarle el eslogan de la Royal Society: “Nullius in verba” (no se tiene por sentada la palabra de nadie).

Tatiana Acevedo sugiere que la columna de Wasserman es un “ejercicio de deshonestidad intelectual”. Otra forma muy cruda de tratar al adversario académico. Como Wasserman asegura que el documento del Pacto Histórico (insisto en que lo desconozco) es uno de los peores documentos que ha leído en su vida, la periodista asume la tarea de responder con la misma moneda al llamar a la columna de Wassermann una de las perores columnas que ha leído en su vida. Así no hay debate serio. Cada uno de los dos decide descalificar al otro. La periodista también incurre en el error de imaginar que la palabra “Ciencia” refiere a una enetelequia que funge como agente. No me extenderé al respecto.

Una lectura más equilibrada es la que ofrece Julián Fernández. Rescato que Fernández advierta que “Para entender al otro es necesario traspasar la visión propia, y no sencillamente asumir la maleficencia o la estupidez ajena”. Fernández comparte conmigo que el profesor Wasserman ha caricaturizado al contrincante. Creo también que lo mejor es responder sin caricaturizar al profesor Wasserman. Fernández hace un ejercicio juicioso por darle la mano al profesor Wasserman sin incurrir en las exageraciones, simplificaciones y caricaturizaciones que él alimenta. No es este el momento para plasmar las diferencia que tengo con el respetable enfoque falsacionista con el que Fernández responde la pregunta profunda que nos hemos formulado.

No me extenderé en otras descalificaciones que he encontrado. No comparto la visión que de la naturaleza de la ciencia ofrece el profesor Wasserman. Creo ver en ella la expectativa de un científico romántico, que guarda la esperanza de que exista un tribunal de hechos objetivos contra el cual se valoran como acertadas o engañosas las creencias de los seres humanos. En el mejor de los casos veo allí un enfoque filosóficamente desinformado. Pero estoy muy lejos de contemplar una mala o perversa voluntad del profesor Wasserman. Muy al contrario, a pesar de que no comparto su enfoque, respeto profundamente que se anime a defenderlo.

A juzgar por las citas que el profesor Wasserman hace del documento de trabajo del Pacto Histórico, el enfoque frente a la práctica científica resulta tan ingenuo como el que hemos criticado en esta columna. Sin embargo, me abstengo de evaluar u opinar al respecto porque ignoro por completo el mencionado documento. 

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*Este es un espacio de opinión y debate. Los contenidos reflejan únicamente la opinión personal de sus autores y no compromete el de La Silla Vacía ni a sus patrocinadores.

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