“Hoy no somos los mismos de antes”

“Hoy no somos los mismos de antes”
María Elisa Pinto García1(0).jpg

La semana pasada se adelantaron las tres audiencias de reconocimiento de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) por crímenes de guerra y delitos de lesa humanidad relacionados con el secuestro por parte de las extintas Farc-EP. Son tres días que nos prepararon para el informe final de la Comisión de la Verdad que se entregará mañana al país y que ponen de manifiesto la incomodidad de la verdad, la necesidad de la catarsis colectiva, la indiferencia que hemos construido frente a la violencia y la responsabilidad colectiva que tenemos como sociedad por haber permitido tanta infamia.

Después de estos días, no podemos ser los mismos de antes, no podemos usar las mismas narrativas, simplificaciones, explicaciones, máscaras. Nos estamos sumergiendo en las narrativas del dolor y en los patrones en los que hemos estado inmersos, en las fracturas que tantas veces nos hemos negado a mirar de frente, especialmente desde el país privilegiado, para que desde ahí comencemos a construir presentes y futuros distintos. Como dice Rumi: “la herida es el lugar por donde entra la luz”.

En las audiencias, los excomandantes que pertenecieron al último secretariado de las extintas Farc-EP reconocieron sin eufemismos y de forma explícita ser coautores y tener responsabilidad de mando en toma de rehenes, asesinato, desaparición forzada, torturas, tratos crueles, atentados contra la dignidad personal, violencia sexual y desplazamiento forzado.

Pero este reconocimiento, que ya es histórico, no se quedó ahí. Gracias al enfoque restaurativo que viene aplicando la JEP y que he ampliado en artículos anteriores, las víctimas estuvieron en el centro de la audiencia y, mirando de frente a los comparecientes, tuvieron la oportunidad de interpelar, exigir, desmentir, recriminar, dignificar la memoria de sus familiares, dar lugar a proezas y esfuerzos inimaginables que han emprendido, y en algunos casos, perdonar.

“La narración le da sentido al dolor”

Así lo enunció Óscar Tulio Lizcano, quien fue secuestrado por las Farc durante 8 años y sometido a un fuerte aislamiento: “Yo que sí la tuve escasa [la palabra]...tuve que darles clase a los árboles porque estaba solo y simular un salón de clase para poder interactuar y recuperar la palabra”. Este y otros relatos de las víctimas, en efecto, nos permitieron escuchar, sentir, imaginar lo que vivieron las más de 21.000 víctimas de este crímen atroz a través de imágenes elocuentes: el padre de Augusto Elías Hinojosa quien falleció con dos piernas amputadas por diabetes sin nunca volver a sonreír por el secuestro y la desaparición de su hijo; las pesadillas y las cicatrices en el cuerpo del valiente Olmes Johan Duque, miembro de la Policía, como un recordatorio diario de los tratos inhumanos sufridos en el cautiverio; las formas en que la geóloga Daniela Arandia ha tejido la imagen y memoria de su padre, el geólogo Gerardo Arandia, secuestrado cuando ella tenía siete años y a quien nunca volvió a ver; la poeta María Mercedes Carranza quien se suicidó al no soportar el secuestro de su hermano; los pensamientos del sargento César Augusto Lasso Monsalve de preferir morir y descansar.

Sus testimonios fueron acompañados de pinturas a mano que mostraban a las personas secuestradas y en muchas ocasiones, dadas por desaparecidas. También de fotografías, objetos que tallaron en cautiverio y en el caso del Sargento Lasso Monsalve, de la cadena que llevó por ocho años de los catorce que estuvo secuestrado. Oímos el sonido y reconocimos el peso de las cadenas de la humillación como él las llamó.

También vimos los rostros visiblemente conmovidos de los ex-integrantes del secretariado, su dificultad para encontrar las palabras y nombrar lo innombrable, sus expresiones de arrepentimiento y su petición de perdón, así como sus equivocaciones y las correcciones correspondientes, a solicitud de las magistradas que brillaron por su humanidad en cada intervención.

Estas audiencias, en contraste con la audiencia de reconocimiento por “falsos positivos” en el Catatumbo de hace dos meses, contaron con la presencia de los altos mandos, en este caso de las Farc, pero no de los mandos medios ni de la “guerrillerada”, como ellos la llaman. Por lo anterior, supimos quién dio la orden y qué tipo de políticas internas dictaban este patrón criminal, pero brilló por su ausencia la narración detallada que explicara por parte de los directos responsables el por qué de los vejámenes, tratos crueles y humillantes, torturas, violaciones y homicidios.

Desde los comparecientes y las investigaciones realizadas fue claro que el trato dado a las personas secuestradas quedaba a discreción de la guardia y el comandante de turno y, por lo anterior, hay grandes vacíos en la verdad detallada que muchas de las víctimas y el país exigen. Vienen audiencias regionales que buscan llenar estos vacíos y muchas preguntas por solventar: ¿cómo se explican los tratos crueles y la tortura a la que se llegó? ¿Cómo se alcanzó tal grado de deshumanización? ¿Operó “la banalidad del mal”, como lo concluyó Hannah Arendt documentando el juicio de Eichmann después de la Segunda Guerra Mundial? ¿Qué mecánicas, creencias y discursos sustentaron estos crímenes de lesa humanidad?

Espejos para sanar las heridas

Como lo señalé en un comienzo, estamos viviendo días de transformación. No solo estamos atravesando la dolorosa verdad del secuestro a través de estas audiencias sino que mañana conoceremos el informe final de la Comisión de la Verdad. Nos estamos viendo ante dos grandes espejos que ponen luz sobre las múltiples heridas que tenemos como colombianos.

Así como Augusto Elías Hinojosa les exigió a los comparecientes que hablaran en primera persona para que “su corazón aceptara y sintiera que tenía una responsabilidad”, vale la pena que con estos ejercicios nos preguntemos en primera persona qué rol hemos jugado y cómo podemos contribuir a cambiar los patrones que nos llevaron a vivir tragedias indecibles: cómo permitimos que personas estuvieran secuestradas por 14 años en Colombia, cómo caímos en discursos que justificaban que algunas personas estuvieran allí, cómo fuimos absolutamente indiferentes hasta 2008, que fue la primera marcha masiva en contra de las Farc y el secuestro, cómo seguimos revictimizando a las víctimas del secuestro.

El Sargento Lasso señaló el dolor que le produjo la indiferencia de nuestra sociedad ante el secuestro: “El silencio era el común denominador, la sociedad vivía en un ‘eso no me toca a mí’, ‘eso no es conmigo’”. Ha llegado el momento de vernos al espejo para reconocer que esto nos toca a cada uno, que esto sí es conmigo, que las costuras para sanar nuestras fracturas las tejemos todos y cada uno de nosotros. Solo así podremos llevar a la realidad el cambio inaplazable que tantos soñamos. 

Temas destacados

Este espacio es posible gracias a

Los textos que aquí se publican son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no expresan necesariamente el pensamiento ni la posición de la Fundación Konrad Adenauer, KAS.

*Este es un espacio de opinión y debate. Los contenidos reflejan únicamente la opinión personal de sus autores y no compromete el de La Silla Vacía ni a sus patrocinadores.

Compartir
Preloader
  • Amigo
  • Lector
  • Usuario

Cargando...

Preloader
  • Los periodistas están prendiendo sus computadores
  • Micrófonos encendidos
  • Estamos cargando últimas noticias