Cambiar el Congreso

Cambiar el Congreso
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Alejandra Coll

El Congreso que elegimos este fin de semana va a tener una repercusión importante en la vida del país. Elije tres magistrado/as de la Corte Constitucional, va a encargarse de la implementación de la orden de la sentencia de aborto (C-055 de 2022), va a estrenar las curules especiales de paz y será el inicio de un Congreso formado a partir de listas paritarias.

Es decir, hoy más que nunca lo que pase en ese escenario es clave para el futuro de Colombia.

El Congreso nunca se ha caracterizado por ser un escenario abierto a la participación de las mujeres. Allí se han “caído” iniciativas importantes para los derechos de las mujeres. Entre ellas, las listas cremallera (hombre-mujer-hombre), que pretendían dar equidad a las elecciones de corporaciones púbicas y evitar que las mujeres quedaran relegadas a los últimos lugares de las listas. Sobre todo, cuando las listas son cerradas.

Justamente por ello, es clave que propuestas conscientes y respetuosas de los derechos de las mujeres lleguen al espacio en donde se discute la política criminal, el presupuesto nacional, se hace control político y se eligen las altas Cortes del país.

Es satisfactorio ver cómo los derechos de las mujeres y temas como los derechos sexuales y reproductivos son parte activa de debate para el Congreso, quizá con una fuerza nunca antes vista.

Es tal vez una señal de que nos estamos empezando a mover como país, de que el debate público se está cualificando y de que estamos empezando a darles el lugar que se merecen a las mujeres, aunque el camino por recorrer aún sea largo.

Si bien es imposible conocer en detalle a los cientos de personas que se postularon al Congreso en esta oportunidad, es importante tener algunas claves para poder elegir por quién votar de forma que, por fin, el Congreso vaya al mismo ritmo de los cambios sociales y deje de ser un escenario regresivo que responde más a imaginarios machistas y sexistas que a la realidad.

La primera clave es no elegir a personas con antecedentes o procesos activos por violencias contra las mujeres.

Aunque parece una obviedad, la historia demuestra que se les ha dado cargos de importancia a candidatos cuestionados por hechos violentos contra mujeres. Jamás una persona violenta con las mujeres podrá conectar con sus necesidades o tener una agenda mínimamente progresista.

La segunda clave es hacer un test básico de dos preguntas. Primero, ¿existe apertura de esta persona para relacionarse con el movimiento social de mujeres, escuchar sus diagnósticos y actuar para resolver los problemas que se identifiquen? Y, segundo, ¿sus posturas personales promueven la garantía de los derechos de las mujeres?

De forma preocupante ha venido escalando la idea de que “todas las personas tienen derecho a opinar lo que quieran”, como justificación para posturas antiderechos de las mujeres.

En efecto, la libertad de expresión y pensamiento es un derecho fundamental y una de las columnas vertebrales de la democracia, pero no protege posturas que irrespeten los derechos de las demás personas.

Una cosa es, por ejemplo, que una persona que quiera ser congresista tenga claro que nunca se practicaría un aborto; y otra, que diga abiertamente que no es un derecho, aunque haya decisiones de la Corte Constitucional, por ejemplo.

Una persona puede tener posturas conservadoras, defenderles, promoverlas y ser elegido/a por ellas. Eso es parte de la democracia. Lo que no es posible es desconocer derechos adquiridos y cuestionar su existencia, solo porque no van en consonancia con su set de creencias.

Estamos quizá ante uno de los años más decisivos en la historia reciente de Colombia y es clave participar, expresarse, ojalá en defensa de ideas democráticas y respetuosas de los derechos humanos, independientemente de la filiación política u orilla ideológica de su preferencia.

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