Colombia y Venezuela, ¿unidos por la paz?

Colombia y Venezuela, ¿unidos por la paz?
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Hay quienes pierden la cabeza al saber que los diálogos de paz con el Ejército de Liberación Nacional (ELN) se desarrollarán en Venezuela. Y no es para menos, creo que gran parte de la población latinoamericana sabe o por lo menos ha escuchado alguna noticia sobre la sistemática vulneración de derechos humanos por parte del régimen de Nicolás Maduro. 

Algunos están en contra porque creen que Venezuela no da garantías suficientes en un proceso que debe brillar por la imparcialidad y respeto por los derechos de las víctimas, pues este diálogo no puede ser permeado por la impunidad. Otros, por el contrario, apoyan esta iniciativa ya que consideran que la política de la guerra debe quedar en el olvido para dar paso a la construcción de una Paz Total. Yo creo que estamos ante la posibilidad de dar un gran salto hacia la terminación del conflicto armado, por eso, desde un punto de vista personal, intentaré hacer un análisis sobre el por qué se da esta negociación en Venezuela y qué significa esto.

En primer lugar, debemos recordar que en el año 2016, con un lapicero hecho con casquillos de balas y en uno de los días más importantes para Colombia, en la Habana, Cuba, lugar donde también se han vivido por años vulneraciones a los derechos humanos por parte del Gobierno, se firmaba el acuerdo final para la terminación del conflicto con las extintas Farc–EP. Un acuerdo que permitiría la construcción de una paz estable y duradera, un hecho histórico debido a que, después de más de 50 años de enfrentamientos, el diálogo, la verdad y la reconciliación estaban primero. Pero ¿Qué resultados trajo este acuerdo?  

Según IndePaz, haciendo una comparación con la situación anterior (antes de la firma del acuerdo) en el 2002 se presentaron 81.190 homicidios con ocasión del conflicto en el 2008,  23.529; en el 2012, 12.665; y, en el 2019 después de la firma, el número cayó a menos de 697 homicidios. 

Respecto a las víctimas con ocasión al conflicto, pasamos de un promedio anual de 430.000 personas víctimas entre 2003 y 2008, a un promedio de menos de 100.000 personas entre 2016 y 2021, cifra que da claridad sobre los impactos que ha dejado este acuerdo. Aunque somos un país al que se le preguntó si quería terminar la guerra y dijo que no, desde ese día y contra todo pronóstico ese proceso logró la disminución en más del 95% de indicadores de desaparición forzada, ejecuciones sumarias, falsos positivos, secuestro y tortura. 

También, disminuyó el número de desplazados por año, pasando de 500.000 personas en promedio desplazadas en la primera década del siglo XXI, a 100.000 personas desplazadas en promedio después del acuerdo. En estas me podría quedar, nombrando números y sosteniendo con estadísticas que todas las vidas son importantes y que cualquier esfuerzo por salvarlas es válido, tal como lo hizo el Gobierno de turno para la época. 

En algún momento de la contienda electoral por la presidencia de Colombia, uno de los candidatos propuso que lo que se debía hacer con el ELN es firmar un otro sí y adherirlo al acuerdo ya existente con las Farc. Aunque muchos estuvieron a favor, debemos entender primero que son dos guerrillas distintas y, contrario a lo que algunos piensan, tienen también fines diferentes, por lo menos desde el mundo de las ideas. 

El ELN es un grupo guerrillero cuyo origen se da bajo la Teología de la Liberación que busca la “liberación integral de todo hombre”. Un movimiento religioso inspirado en el Concilio Vaticano ll, de ahí que Camilo Torres, también conocido como el cura guerrillero, fuera uno de los primeros reclutas cuya muerte se dio en su primer combate en el año 1966. 

Según algunas investigaciones realizadas sobre el origen y actuar histórico del ELN, descubrí que esta guerrilla tiene 3 ejes fundamentales que a mi parecer serán transversales y fundamentales en las etapas de diálogo con el Gobierno colombiano.

La primera es la participación, entendida esta como el proceso de incidencia y vinculación en la toma de decisiones de cualquier tipo. Por supuesto, un ejercicio realizado por el propio pueblo. La segunda es la organización de la tierra. Allí encontramos una diferencia importante con las Farc, pues estas plantean que la tierra debe ser propiedad del campesinado y el ELN, aunque también pelea la propiedad de la tierra, su discurso va hacia la distribución por igual a negros, campesinos e indígenas del país. Pero, más allá de esta propiedad, lo verdaderamente importante es la producción de la misma.

Por último, tenemos la política, entendida como el control social del territorio. Esta guerrilla plantea que el país debe tener un orden, una razón de ser y que todos los caminos deben apuntar hacia el desarrollo de nuevas normativas que protejan la sociedad en general trabajando sobre los 3 ejes que consideran fundamentales para la sociedad, el dinero, la tierra y el trabajo.  

No sé si sea posible explicar parte del origen (desde las ideas) de un grupo armado ilegal como la guerrilla teniendo en cuenta su actuar delictivo y vulnerador de derechos. Yo considero que siempre será preferible el silencio de las armas por encima de cualquier guerra. Eso sí, contradictores hay muchas, sobre todo aquellos que no han vivido en carne propia este conflicto, algo muy particular de nuestra sociedad.

Pero ¿por qué negociar en Venezuela? Esta decisión, contrario a lo que muchos consideran, no es un capricho del mandatario colombiano. En el año 2017, en el marco de los débiles diálogos con esta guerrilla, en los protocolos pactados para esta época, se estableció que el país para el regreso de los delegados de paz del ELN sería Venezuela en caso de que estos diálogos se rompieran o si debían hacer consultas con sus tropas, por lo que Gustavo Petro pidió a Nicolás Maduro ser garante en este proceso. Cuando se le preguntó al presidente de Colombia sobre el por qué de esta decisión, el mandatario respondió “porque allá están”. 

Después de la llegada de Iván Duque a la presidencia y el atentado del carro bomba a la Escuelas de Cadetes de Policía General Santander por parte del ELN ocurrido a inicios del año 2019, se diluyeron todas las posibilidades de diálogo y gran parte de esta guerrilla se movilizó hacia Venezuela, donde tienen presencia en diferentes Estados del país. Entonces ¿se podría concluir que este es un territorio donde podrán negociar desde una posición más que cómoda y que seguramente no garantiza neutralidad para las partes? Yo creo que en todo proceso de paz las partes deben ceder.  

¿Qué se puede esperar de estas negociaciones? Estos diálogos se retomarán desde donde quedaron las negociaciones de 2017 cuando el presidente era Juan Manuel Santos y, a diferencia de las extintas Farc–EP, el ELN tiene una estructura federal. Por eso, uno de los retos era establecer una línea jerárquica para la consolidación de las mesas de negociación. 

El Gobierno nacional dio un paso adelante al levantar algunas órdenes de captura de quienes serán parte del equipo negociador del ELN y que repiten su participación, entre estos están, Pablo Beltrán como jefe negociador; Aureliano Carbonell, Consuelo Tapias, Silvana Guerrero y Gustavo Martínez como delegados. Tenemos también otros representantes como Isabel Torres, Oscar Serrano, Vivian Henao, Manuela Márquez, entre otros. 

Por otro lado, el presidente de Colombia, Gustavo Petro, no sólo tiene la intención de implementar una Paz Total, sino también la consolidación de una reforma agraria. Comenzó con el anuncio de la compra de tierras a Fedegán (José Félix Lafaurie, presidente de esta federación y opositor a estos diálogos, hará parte del equipo negociador del Gobierno), hecho que, en mi opinión, se puede alienar con el factor de propiedad de tierra y productividad de la misma por la que ha “luchado” el ELN. Y ojo, no estoy diciendo que sean tierras para el grupo guerrillero, sino más bien considero que Petro tiene ahora la potestad de proponer una negociación que incluya un cese total bilateral del fuego y también la adquisición de tierras para las víctimas de la guerra. Ahora el balón está en el campo del ELN y estaremos muy atentos a lo que ocurra con estos los diálogos. 

Uno de los fines esenciales del Estado es mantener la integridad territorial. También está plasmado en la constitución que la paz es un derecho de obligatorio cumplimiento que parece ser hoy una bandera del presidente y su gabinete. Por eso, las esperanzas de millones de personas afectadas por el conflicto, víctimas y población civil están, no sólo en las negociaciones que den paso a una Paz Total, sino también a la implementación integral de un acuerdo de paz firmado, fracturado y flagelado por un sector que parece beneficiarse por las dinámicas de guerra implementadas históricamente en este país. Yo creo que la terminación del conflicto es posible. A muchos les incomoda el factor justicia versus impunidad mientras otros colocamos la protección de la vida por encima de cualquier cosa. 

Las cartas están sobre la mesa. Ya está definido parte del equipo negociador del Gobierno; entre ellos están Otty Patiño, Iván Cepeda, María José Pizarro, Alberto Castilla, Carlos Rosero, José Félix Lafaurie, Rosmery Quintero, entre otros. Por todo esto, hoy propongo que nos quitemos la venda de los ojos y miremos hacia el campo, hacia donde están las comunidades que han sufrido la guerra, donde están las familias atemorizadas porque no saben si tendrán que salir corriendo y dejar la tierra que trabajaron toda la vida con ocasión a una guerra que, aunque es ajena, los golpea y afecta de manera directa. No hablemos desde la comodidad, sino coloquémonos en los zapatos del otro y juntos solicitemos y exijamos cambiar las armas, el sonido de las balas, los desplazamientos forzados, los estallidos de bombas y la muerte por una paz estable y duradera; por la anhelada Paz Total.  

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