¿Cómo no obtener un puntaje perfecto en el Icfes?

¿Cómo no obtener un puntaje perfecto en el Icfes?
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Este diciembre de 2021 el campo noticioso educativo en Colombia fue removido por cuenta de unas notas que replicaron los medios de comunicación escritos y digitales, y que consistió en la obtención del puntaje perfecto en el Icfes (500) por parte de una joven caleña de 20 años, estudiante de fisioterapia de la Universidad del Valle, quien luego de varios intentos logró tal cometido.

El periódico El Tiempo narró con detalle las peripecias padecidas por la estudiante, su origen humilde, las tragedias familiares que la han acompañado y su tesón por perseverar. Por su parte El Espectador, además de algunos detalles de la aplicación de sus pruebas anteriores, destaca lo trascendental que resultó que esta joven cursara un preicfes en un reconocido instituto de su ciudad dedicado a mejorar los resultados de los estudiantes.

Toda la publicidad en torno a este evento, así como los comentarios en las redes sociales, valoraron la constancia, el empeño y la firme decisión de esta joven por estudiar medicina, que era, según las notas, la motivación fundamental que tuvo para hacer seis intentos tras mejores puntajes para ingresar a la carrera de sus sueños.

Para el Gobierno nacional los altos puntajes en los exámenes del Icfes son “ejemplo de resiliencia al país en medio de pandemia”. Los mejores guarismos se hacen acreedores a becas universitarias de la llamada "Gerenación E".

Cada cierto tiempo, dependiendo del calendario académico, con diferentes niveles de impacto mediático, las imágenes de estudiantes brillantes que logran cifras destacadas en las pruebas nacionales pasean por las portadas y los titulares de los medios del país. 

Sin embargo, más allá del éxito personal que implica enfrentarse reiteradamente a una prueba que supuestamente mide los conocimientos de egreso de la educación media, hay una serie de elementos que vale la pena mencionar para darle mayor contexto a este publicitado evento y reflexionar sobre la suerte del resto de bachilleres que no son los protagonistas de la fiesta.

En Colombia, cada año se gradúan de la educación media más de 600 mil jóvenes. Sin embargo en la última década, en promedio, solo el 40 % de estos alcanza a acceder de manera inmediata a la educación superior. Estos porcentajes requieren ser matizados, ya que las dificultades de acceso a la universidad son mayores para jóvenes del campo que de la ciudad, así como para los estudiantes de colegios públicos (solo el 27 % de ellos accede a una institución de educación superior) respecto a los privados.

A su vez, el Sena acapara casi el 40 % de los cupos de educación superior a la que ingresan los bachilleres. En otras palabras, la gran mayoría de estudiantes de estratos uno, dos y tres de colegios públicos experimentan una especie de embudo que impide su ingreso a la educación superior, que para ellos es mayormente de carácter técnico y tecnológico, que es precisamente la que presenta mayores niveles de deserción por factores económicos. El problema no es la existencia de este tipo de educación, pertinente para cualquier sistema educativo; la cuestión es que se presenta como casi la única opción para los estratos bajos.

La mayoría de la educación básica y media en el país es mayoritariamente pública (70 %), pero el porcentaje de cobertura en educación superior es parejo (gracias a la enorme cobertura del Sena). Para el año 2015 el país contaba con 290 instituciones de educación superior (universidades, instituciones técnicos y tecnológicos) de las cuales 207 eran privadas. De 2000 a 2015 se crearon diez universidades y cuatro instituciones tecnológicas, todas privadas. Muchos de los casi 200 mil jóvenes pobres que salen del sistema público cada año que alcanzan a ingresar a la educación superior lo hacen por intermedio de la formación privada de bajo costo, con el lastre económico que dicho gasto representa para sus familias y con la dudosa calidad de muchas de estas instituciones

Esta selección no natural de las nuevas generaciones de los sectores deprivados, desde cierta lógica podría leerse como el formidable mérito que tienen los que alcanzan a destacarse académicamente en un medio hostil en el que son marcadas las desventajas, pero desde otra óptica refleja claramente un sistema educativo inequitativo y fragmentado que ha segregado históricamente al grueso de los jóvenes de sectores populares a renunciar a la educación superior, a la vez que ha confinado a la mayoría de los que lo alcanzan a una formación no profesional que si bien les posibilita rápido enganche laboral no les garantiza una retribución económica digna en comparación con la educación profesional. Adicionalmente estos escolares son los que lideran las cifras de abandono escolar.

Las desigualdades educativas que castigan al grueso de los escolares de la educación pública tienen su faceta más perversa en la enconada lucha que se da entre los pocos jóvenes que por su capital cultural o su inteligencia aspiran a los escasos cupos que ofrece la universidad pública o las contadas becas que ofrece la privada. 

Pero, como los números anteriores lo muestran, ellos son la excepción, no la regla. La gran mayoría queda por fuera de la contienda porque los cupos son contados. De allí se comprende que el Gobierno haga alarde de esos pocos triunfos, que se publicite a aquellos que lo logran, que los medios ensalcen esas conquistas individuales. 

Como en la lotería, es importante sembrar en el imaginario colectivo la idea de que el éxito sí es posible para que la esperanza continúe. En un país que ve la educación como una empresa y una competencia deportiva es lógico vanagloriar los premios personales (o institucionales). Conviene decirle a los pobres que algunos de sus miembros saltaron la barda, subieron al país de sus sueños gracias a su exclusivo esfuerzo, constancia y sacrificio. Si ellos pudieron otros también lo podrían hacer. Esta gala de los mejores indirectamente le enrostra a la mayoría su fracaso, los culpabiliza de su derrota, les señala su falta de esfuerzo, capacidad y perseverancia. Esta dinámica implica hacer ver que los que diseñan el juego son ajenos al fracaso, al ocultar que se trata de una falla estructural que condena a la mayoría a la derrota.

Diversos estudios han demostrado que en el país existe una directa relación entre los resultados de las pruebas de Estado y el origen socioeconómico de los estudiantes. Palabras más, de manera sistemática los mejores puntajes siempre son ocupados por jóvenes de estratos altos que estudian en colegios caros. Esta correlación sostenida en el tiempo muestra lo determinante que resultan los factores asociados a aspectos familiares, geográficos y económicos al momento de sobresalir en dichos exámenes. 

El peso de elementos del contexto y de la biografía escolar es mucho mayor que las posibilidades que las instituciones, en particular públicas, pueden dar a sus futuros egresados. El mérito que el Icfes premia refuerza de lejos las ventajas que traen desde antes los estudiantes y los colegios que compiten por los mejores puestos, reforzando de esta forma las jerarquías sociales. Muestra de ello es el ranking de los supuestos mejores colegios del país que anualmente difunden los medios, casi todos para las élites.

Contra lo que los medios y periodistas informan, los colegios públicos no son de mala calidad, más bien la mayoría de ellos no destaca en las pruebas nacionales porque a estas instituciones asisten millones de niños y jóvenes con una o varias de las siguientes condiciones: carecen de un ambiente apto para estudiar en casa; tienen viviendas precarias o con servicios públicos insuficientes; sus padres no tienen trabajo, tienen empleos informales o no son profesionales; viven en el campo o tienen dificultades para acceder a la escuela; y pertenecen a estratos socioeconómicos bajos. 

Frente a estas desventajas es poco lo que los docentes de estos estudiantes pueden hacer. Menos de la tercera parte de los resultados en las pruebas depende de factores estrictamente escolares. Existen honrosas excepciones frente a esta generalización, pero lo que conviene es rastrear las razones de la regla. En vez de políticas públicas educativas, laborales, sociales y catastrales que reviertan esta nefasta tendencia los gobiernos de turno prefieren amarrar la calidad exclusivamente al aprendizaje escolar y los resultados, también les es rentable culpar a los docentes del fracaso del sistema y exhibir hasta el cansancio las contadas victorias de los estudiantes pobres en las pruebas masivas porque instala la ilusión que todos pueden.

Por otro lado, esta dinámica pone en evidencia el enorme negocio de los institutos preicfes y preuniversitarios a lo largo y ancho del país, que no cuentan con vigilancia ni regulación alguna por parte del Estado, que suplantan a los colegios como centros de formación y que de manera palmaria materializan el carácter instrumental de las pruebas censales, cuya lógica parece requerir un entrenamiento mecánico que adiestra a los jóvenes para que respondan de determinada manera dichos exámenes.

De otra manera no se explica cómo estos institutos afincan su prestigio y, según el ejemplo con el que se inicia la presente nota, es la presentación reiterada de la prueba la que posibilita mejores resultados. Y a esto se le llama resiliencia y perseverancia desde el Gobierno. El mensaje que se transmite a los jóvenes es que lo clave son los altos resultados, sin importar que se repita muchas veces la prueba y se contrate a alguien para que los prepare para tal fin.

Esta obsesión por los números y las clasificaciones en la educación básica y media aún no se ha investigado suficientemente en el país, no solo por el boyante mercado que rodea los aspirantes a bachiller con cursos, capacitaciones y gran tipo de oferta extraescolar, toda de carácter privado, sino por la fuerte afectación que surte en el mundo educativo, particularmente en el currículo, los PEI, la dirección escolar y el trabajo docente.

Finalmente, un sistema justo no tendría que cacarear esos logros individuales porque el ingreso a la educación superior gratuito y de calidad estaría garantizado para los sectores populares, o el sentido de tales alcances sería otro. Al revés de lo que sucede ahora. Entonces, estudiar la carrera de los sueños no pasaría por centros de entrenamiento ni por la obsesión de puntajes perfectos.

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*Este es un espacio de opinión y debate. Los contenidos reflejan únicamente la opinión personal de sus autores y no compromete el de La Silla Vacía ni a sus patrocinadores.

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