COP 27: Mejor despacio que nunca

COP 27: Mejor despacio que nunca
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Terminó la edición 27 de la Cumbre de Cambio Climático de la ONU y una vez más nos enfrentamos al resultado de ediciones anteriores: acciones lentísimas frente a una crisis devastadora. Como sacado de la película “Don't look up”, un grupo de personas con evidencia ineludible de la catástrofe que se avecina piden una reunión de emergencia con las cabezas de Estado de todo el mundo y lo que obtienen es un evento de dos semanas en un resort de verano, patrocinado por Coca-Cola y en el que el ritmo de las negociaciones va marcado por la lentitud del wifi y de la fila para comprar café.

¿Cómo convive la inminencia de la crisis con la lentitud de las negociaciones? La respuesta depende de a quién se le pregunte, pues dentro de quienes asistieron a la COP se cuentan actores con posiciones diversas y en muchos casos contradictorias. Por ejemplo, las personas que hacen lobby y las que creen que los avances de la tecnología nos van a sacar de aprietos –no hay que entrar en pánico, estamos a tiempo–, los equipos negociadores de los países que ven en cualquier acuerdo un logro épico –¿creen que es fácil alinear a más de 200 países?– y por supuesto, personas activistas y la ciudadanía que grita: “¡El mundo se va a acabar si no actuamos más rápido!”

Es justo dentro de este último grupo que la sensación de parálisis e inacción es más angustiante. Sin embargo, cuando se analiza en detalle cómo funciona el proceso de negociaciones –con acuerdos que no se logran por mayorías sino por unanimidad–, la diversidad de los actores e intereses que participan y por supuesto, el tamaño del reto a solucionar, esta sensación se pone en perspectiva. Aunque muchas personas acusen a las empresas de greenwashing y se frustren por la falta de compromiso de las partes, la realidad es que durante estas dos semanas el mundo entero ha estado hablando y actuando alrededor del mismo tema.

Es así como vimos una coalición del sector privado defendiendo la meta de que la temperatura no aumente más de 1.5 grados; a jóvenes en su primer pabellón y lanzando un fondo de financiamiento propio; a países con altísima dependencia en combustibles fósiles presentar avances en tecnologías solar y eólica; a los pueblos indígenas y a países como Colombia y Vanuatu liderando la conversación sobre pérdidas y daños.

¿Y por qué estos avances importan? Porque son evidencia de la manera como los diferentes actores han comenzado a sensibilizarse frente a la importancia de poner su grano de arena. La meta de 1.5 grados, que hasta hace poco era bandera sólo de científicos y activistas, hoy es defendida también por las empresas. La juventud, que tuvo que protestar por la falta de acceso y representatividad en la toma de decisiones, hoy es ampliamente aceptada como un actor clave en el debate.

Además, los países que generan ingresos con la explotación de combustibles fósiles han comenzado a generar conciencia de la necesidad innegable de transitar al uso de fuentes renovables no convencionales. A esto se suma que después de años, los países que más viven los impactos del cambio climático, por fin han logrado la presión suficiente para que las naciones que más han contribuido a la crisis, se comprometan a meterse la mano al bolsillo para atender los daños causados por ella.

No es perfecta y, sin duda, no se mueve a la velocidad que quisiéramos, pero estas semanas culminan un año de negociaciones complejas y obligan a que países, empresas y actores que normalmente no estarían tan preocupados por el cambio climático, piensen qué pueden traer a la mesa. Cada quien trae lo que puede, lo que quiere y lo que conoce. Y entre todos esos elementos, hoy contamos con acuerdos que despiertan algún optimismo entre quienes creemos en la participación y el involucramiento ciudadano en la lucha contra la crisis.

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