Corrupción: una nueva perspectiva

Corrupción: una nueva perspectiva

En la época de Reagan y Thatcher, la definición de corrupción que usaba el Banco Mundial era “todo abuso de poder público para beneficio privado”. 

El banco recibió muchas críticas debido a que la definición hacía una distinción demasiado marcada entre el ámbito público y el privado. 

Una nueva definición entró en debut: “todo abuso de un poder confiado para beneficio privado”. Con esta definición lo importante no era la naturaleza del poder, sino su origen. Así, un gerente de una empresa podría caer en corrupción en tanto que este abusara del poder que la junta directiva le había confiado con su nombramiento, de manera paralela al gobernante elegido por votación.

Pero esto abría posibilidades insospechadas. Por ejemplo, si un amigo me confía un secreto y yo llego a explotar esa información para beneficio personal, ¿se trataría de un caso de corrupción? La definición fue defendida bajo el argumento de que no todo privilegio es poder. Así, conocer el secreto podría ser un privilegio, pero no necesariamente un poder. Por supuesto, este alegato tiene muchas dificultades.

Más adelante se aventuró otra definición: “todo abuso de un poder confiado para uso extraposicional”. Así quedarían contemplados testaferros y beneficiarios dentro de círculos de interés (familiares, socios, colegas, etc.). Por ejemplo, si un gerente contrata a su hijo en la empresa de varios accionistas (sabiendo o no que su hijo no es apto para el cargo), se estaría abusado de un poder confiado para beneficio extraposicional, pues dentro de los beneficios de ser gerente no se incluye que su hijo sea contratado.

Bajo esta definición, cualquier beneficio que no esté contemplado dentro del cargo se considera un abuso del poder. Hoy existen muchas organizaciones no gubernamentales en el mundo cuya misión es la lucha contra la corrupción, y que llegan al límite de definir la corrupción como “cualquier abuso de poder”. Es decir: ¡una violación caería dentro de esta definición! Claramente, una definición así de amplia no es muy útil.

Lo que se nos hace evidente aquí es que la corrupción no existe como un acto claramente definido, tipificado y penalizado. De hecho, ni siquiera aparece la palabra “corrupción” en la Constitución o en la ley colombianas. Intuitivamente nos parece innecesario definirla porque nos es demasiado clara, pero nos sucede como a cierto filósofo cuando le preguntaban por la definición del tiempo: lo tengo muy claro hasta que me piden que lo defina.

Más parece que las instituciones intentan acomodar una definición a algo que se supone evidente, pero enfrentándose siempre con la perenne dificultad de tener que cobijarlo todo sin pecar de cobijar demasiado. Y no solo las instituciones.Por ejemplo, muchos bogotanos han denunciado que colarse en el Transmilenio constituye corrupción. Pero ¿cómo? Aquí el colado no ostenta poder alguno del que pueda abusar. Otro ejemplo de la gelatinosa concepción de la corrupción se hace evidente con las declaraciones del profesor Juan Gabriel Gómez (del Iepri, en entrevista en La Silla Académica), quien considera que un magistrado que renuncia a su magistratura para entrar en el sector privado es corrupto por privilegiar el ámbito privado sobre el público. Con esto, Gómez traza un deber moralista de entregarse a lo público por encima de sí mismo.

Pero el hecho de que sea difícil de definir no significa que la corrupción no exista. Existe, sí, pero no en el ámbito normativo.

Alguna vez el antropólogo italiano Giorgio Blundo comparó la corrupción moderna con la brujería medieval. Sostenía que las dos cumplen funciones similares en tanto que ambas trazan la frontera entre el bien y el mal; además, ambas son un estilo de “secreto público” que existe entre nosotros clandestinamente, y donde nadie está absolutamente exento de un posible contacto con ellas, y de caer bajo su influencia; ambas inspiran tanta intriga como repudio, pero en el instante en que bruja o corrupto son delatados, se les condena con todo el peso moral, legal y espiritual de la sociedad.

No estoy de acuerdo del todo con Blundo, pues si bien en el Medioevo ante la declaración de que alguien fuera “bruja” esta era quemada en la hoguera, en nuestros tiempos la designación de “corrupto” no es tan definitiva; por el contrario, muchas veces cae dentro de la contienda política. El caso más famoso es el de Andrés Felipe Arias, quien goza de una ardua defensa por parte del Centro Democrático contra esta designación.

Pero comparto el enfoque de Blundo de intentar entender el fenómeno a partir de su función social. ¿Qué relaciones produce la corrupción? ¿Por qué se ha convertido en un tema de discusión académica tan prolífero en las últimas dos décadas, a pesar de que no hay evidencia de que haya tanta más corrupción ahora que antes? ¿En qué tipo de ciudadanos nos convierte estar bajo el acecho permanente de la corrupción? ¿Cómo se sirve el orden social de este acecho?

Con demasiada frecuencia tomamos la corrupción como el final de la discusión, como la explicación última de todo torcido que intentamos elucidar de la vida pública. Quiero con esta columna aventurar la corrupción como un punto de partida, algo que merece ser explicado y entendido en la dimensión de su existencia, y no en la dimensión de lo abominable, o simplemente como el acto punible de una persona éticamente cuestionable. Esto implica compromisos, implica dejar de caer en las definiciones torpes del Banco Mundial como medida de progreso, dejar de pensar en términos de la ley, dejar de creer de antemano que la corrupción es la frontera política por excelencia.

Con esto no quiero decir que avalo la corrupción o el robo, o que pretendo que sea legalizada (aunque realmente en la gran mayoría de los casos ya es legal). La apuesta es a suspender el juicio para verla en sus propios términos.

Invito a los lectores a seguir este camino conmigo, a explorar aventurando posibles lecturas de la realidad social en torno a este espinoso tema, a ensayar y equivocarnos, a dejar de tragar entero cuando se trata de inamovibles sociales como la corrupción.

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