Cosmovisión sin fronteras

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La vida de muchos pueblos indígenas ha sido dividida por fronteras que otros trazaron. Los diseñadores de países no han tenido mucho en cuenta a quienes nacieron ahí mucho antes que ellos.

La vida de muchos pueblos indígenas ha sido dividida por fronteras que otros trazaron. Los diseñadores de países no han tenido mucho en cuenta —ni han tenido mucha compasión— a quienes nacieron ahí mucho antes que ellos.

Los bari están a los lados de la frontera entre Colombia y Venezuela. Y las líneas que terminaron dividiendo Ecuador y Colombia pasaron por el ombligo de la tierra de los awá o los ziobain. Las fronteras son lugares bastante olvidados y donde la laxitud forma parte del modo de vida. También se han convertido en territorios peligrosos donde acechan otros riesgos además de los jaguares. Por las trochas del Darién hay tráfico de todo, hasta de personas. Hubo un tiempo que el exilio de Urabá se fue a Panamá. Hoy hay gente del Congo o Pakistán atravesando Colombia hasta Panamá para seguir hacia el norte. Esa frontera es una larga, espesa y húmeda selva.

Antes de la llegada de los grupos armados no se sentía la diferencia entre Colombia y Panamá, cuando se iba de Kuna Yala a Arquía no se sentía como pasar de un país a otro, era una convivencia constante la que había, no existía el límite. La frontera es un concepto artificial de nuestra cosmovisión.

Los kunas tienen dos lenguajes: el lenguaje común y el lenguaje espiritual o de los cantos. Quien aprende el lenguaje de los cantos aprende un lenguaje más complejo que los demás de la comunidad. En el testimonio, Casimiro también canta. Solo un poco, porque ese canto es para todo un día. Él sobrevivió a una masacre donde los paramilitares mataron a cuchillo a su padre y a su tío, dispararon a otro que huía y a él se lo clavaron atravesándole el estómago. Por unas horas se hizo el muerto, aunque casi lo estaba. Contuvo la respiración cuando los asesinos comprobaban su trabajo. La masacre cambió la relación de los kuna con su territorio, que quedó habitado por el miedo. Fue el 18 de enero de 2003. Hoy —dieciocho años después— Casimiro vino a Panamá, para dar su testimonio tuvo que viajar dos días, primero en lancha por los ríos y luego en bus.

Casimiro habló en su testimonio de cómo se estructura la comunidad. Para ello, no lo hace alrededor del más fuerte, del líder, sino que lo hace alrededor del más débil, “porque así, rodeando al débil, se hacen fuertes todos”.

Esa es una enseñanza indígena para Colombia y el exilio. Los exiliados y exiliadas son —en muchos sentidos— los más débiles en torno a los que hay que congregarse y acogerlos para una Colombia compartida.

Al finalizar tiene otra lección de geografía étnica: el reconocimiento transfronterizo entre los pueblos indígenas va de América del Norte a Tierra del Fuego en Argentina. Esta, para nosotros, es una sola tierra.

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