¿Crecimiento versus decrecimiento económico? ¿Democracia o desdemocratización?

¿Crecimiento versus decrecimiento económico? ¿Democracia o desdemocratización?
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El exministro Juan Carlos Echeverry tiene humor, es verdad. “Cuando Petro-leo, Petro-sufro”. “¿Conoce Petro un taladro de perforación?”, así escribió cuando se empezó a discutir que Colombia debería entrar en la senda del decrecimiento. Carlos Caballero Argáez y Bruce MacMaster, que son economistas más moderados, pero que piensan dentro del marco conceptual del capitalismo, consideran que bajo ninguna condición es posible pensar en suspender en Colombia la exploración y la exportación de petróleo. Esto conduciría a un absoluto caos. Si dejáramos de exportar, caerían las importaciones en 15.000 millones de dólares. Desaparecería la inversión extranjera petrolera y las petroleras privadas abandonarían el país.

La situación catastrófica que imaginan estos economistas, los gremios económicos, partidos políticos de centro y derecha es resultado de asumir una posición que denominaré “nacionalismo cognitivo”. 

Los “nacionalistas cognitivos” afirman que problemas globales como la crisis climática, la emigración, la destrucción de los bosques, el aumento de las emisiones de CO2 y la destrucción del trabajo son graves, pero son asuntos que deben ser resueltos por cada comunidad política de acuerdo a sus propias capacidades y recursos. O no atenderlos, como han decidido los populistas autoritarios desde Trump y Bolsonaro, hasta Modi y Erdogan. 

En el sistema internacional de los estados no existe ni puede existir una autoridad supraestatal que pueda imponerse sobre los estados particulares y sus políticas locales. La real y amenazadora existencia de la crisis climática no puede determinar cambios en la política interna de los Estados, impuestos por actores globales, como, por ejemplo, obligar a un país a frenar el crecimiento económico basado en la explotación de los recursos fósiles, es decir, decrecer. 

Los “nacionalistas cognitivos” tienen su lugar nacional bajo el sol de la economía global, pero es un sol que irradia su luz solamente sobre ellos y lo que definen como sus propias fronteras territoriales. Más allá está la noche en la que “todos los gatos son pardos”, y en donde es imposible ver los problemas globales y las soluciones transnacionales.

Pero aunque los “nacionalistas cognitivos” no ven ni quieren enterarse, la ciencia y la política progresista señalan que “el capitalismo, en esta última etapa de su desarrollo, está produciendo una y otra vez catástrofes naturales que ocurren periódicamente, pero no accidentalmente”, escribe Nancy Fraser. Los capitalistas, no la humanidad, están destruyendo las propias condiciones ecológicas de posibilidad del mundo natural, social, la vida humana. La sociedad capitalista está devorándose, destruyendo su propia sustancia, la naturaleza.

La crisis ambiental se manifiesta hoy, según los hallazgos autorizados de la ciencia del clima, en una multitud de fenómenos: una atmósfera inundada por las emisiones de CO2; aumento de las temperaturas, desmoronamiento de las plataformas de hielo polares, huracanes arrasadores, incendios forestales gigantescos, enormes inundaciones, tierras desérticas, aire irrespirable en las grandes ciudades, etc. Algunos de estos fenómenos los hemos vivido en estos últimos meses con toda su fuerza destructiva.

Pero es increíble y absurdo que en Europa y los Estados Unidos hasta algunos grupos populistas de derecha se están volviendo verdes y, entre nosotros, la derecha y el centro consideran irrelevante y excluyen de la discusión pública temas como el cambio climático, el decrecimiento, el reconocimiento y respeto de las comunidades indígenas y sus formas de vida. “La política de la identidad mata la economía”, gritan histéricos nuestros encopetados economistas.

El capitalismo está también profundamente implicado en diferentes formas de injusticia social desde la explotación de clase hasta la opresión racial, la dominación sexual y de género, las migraciones, las crisis de las finanzas y la desdemocratización. Sobre esto cabe preguntarse ¿cómo se relacionan hoy el capitalismo y la democracia?

El capitalismo y la democracia, que han tenido momentos de cierta armonía en el pasado, se han venido enfrentando después de la crisis financiera del 2008 hasta el punto en que hoy la democracia está subsumida globalmente por los imperativos de un neoliberalismo expansivo y destructor. Esta contradicción entre capitalismo y democracia no solamente se vive en los centros del capitalismo, sino también en los países de la periferia.

En los países del Norte Global, los populistas de derecha han hecho posible que surjan alternativas de gobierno autoritarias, combinadas con una buena dosis de xenofobia, y han impuesto también la defensa de la democracia no liberal en el contexto de una política destructiva de amigos y enemigos. De otro lado, la política que se vincula con principios liberales, democráticos y distributivos, aunque intenta fortalecer la situación social de los grupos de bajos ingresos y minimizar la xenofobia, tiene una gran limitación porque se orienta exclusivamente a lo que es posible dentro de los marcos nacionales, escribe Rainer Forst. Los liberales y socialdemócratas del mundo occidental padecen también del denominado “nacionalismo cognitivo” y están así cautivos en una comprensión o imagen estrecha de cómo enfrentar los efectos negativos de la globalización económica y del neoliberalismo depredador.

En los países de la periferia del Sur Global la experiencia de la expansión del capitalismo se percibe de otra manera, como la describe el filósofo camerunés Achille Mbembe: “La paz civil en occidente depende en gran parte de la violencia a lo lejos, de los focos de atrocidades que se generan, de las guerras de feudos y otras masacres que acompañan el establecimiento de las plazas fuertes y de las factorías en los cuatro puntos del planeta. Pero la satisfacción de esos nuevos deseos depende de la institucionalización de un régimen de desigualdad a escala planetaria”.

El corolario de esto es que las democracias de los países más desarrollados del mundo occidental —a pesar de las regresiones del populismo autoritario— que han logrado la consolidación de las instituciones del Estado de derecho y un alto bienestar humano se basan en una expansión antidemocrática y anti-liberal en la periferia del capitalismo.

Puedo concluir afirmando que los “nacionalistas cognitivos”, que en nuestro país representan la economía política depredadora del neoliberalismo, no solamente sostienen que Colombia debe mantener su economía basada en un modelo extractivista, que se centra básicamente en una forma de explotación de los recursos naturales, sino que también niegan la destrucción real de la democracia que se produce en los países del Sur Global como resultado de que sus gobiernos, en diferentes momentos históricos, no han podido, no se les ha permitido, han sido bloqueados, en su intento de crear las condiciones económicas y sociales mínimas para alcanzar el nivel de las democracias más desarrolladas. 

Enfrentar los efectos negativos de la globalización económica, la destrucción de la naturaleza, la crisis climática, y no solamente minimizarlos al contemplarlos con los estrechos lentes del nacionalismo cognitivo, supone que es necesario pensar en conceptos transnacionales y promover una política transnacional.

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