Cuerpos Calientes: el legado de la narco-cultura en Colombia

Cuerpos Calientes: el legado de la narco-cultura en Colombia
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Es muy simbólico que en el edificio Julio Mario Santo Domingo de la Universidad de Los Andes se encuentre la exposición “Nar-Colombia: Líneas de Investigación y creación sobre Estética y Narcotráfico” en el país. Al parecer, Julio Mario Santo Domingo iba a un restaurante cerca del Teatro Jorge Eliécer Gaitán, en el centro de Bogotá, a pedir un mondongo “especial”, que tenía pegado debajo del plato un paquetico de cocaína importada de la Argentina por un pianista francés. Puro glamour narcótico. 

Si estás en la cúspide de la élite empresarial, hay que tener clase y material de importación para inhalar “perico”, pensaba yo al leer la cita de la biografía destacada de don Julio. El hijo del magnate, Julio Mario Jr., era además un poderoso coleccionista de obras literarias sobre sexo, drogas y rock‘n’roll, cuestión que no era muy bien vista por la familia. Razón por la cual, después de su muerte, acabaron donando la mayoría de estos 50 mil pecaminosos libros y documentos a la biblioteca de Harvard. ¿Quizás para ocultarlos mejor?

Historias como estas son las que componen esta magnífica exposición sobre el legado de la narco-cultura en Colombia. Santiago Rueda hace gala de una curaduría a “la antigua”, por ser más que nada una colección de afiches y fotos de revistas de los ochenta y noventa, cargada de citas y largos textos descriptivos que hablan de un país trazado por “líneas de polvo”, con el narcotráfico incrustado en su política y en su estética. En las piezas introductorias de la exposición se declara que no hay nadie “dentro o fuera” de este mercado o de la sala de exposiciones, “todos estamos adentro: Narcolombia somos nosotros.”

Así, la exposición “usa y abusa del tema de la droga” para purgar ese pasado y este presente colombiano que cultiva, manufactura y exporta coca. Wade Davis considera, en una de las piezas expuestas, que ya es hora de que en Colombia “se reclame el legado de la cocaína y se celebre”, pues es mucho mejor que el del café: un regalo de Colombia para el mundo que no debe ser menospreciado. Su éxito comercial es superior al del grano tostado, sobrepasando sin duda los mejores años de la bonanza cafetera. Además, al contrario del café que tiene orígenes arábigos, la cocaína nació en Colombia. ¿Por qué avergonzarse de este exitoso producto nacional?

Al avanzar entre los pasillos y pasar una cortina de papel de oro, se encuentra el retrato de Elizabeth Montoya de Sarria, mejor conocida como “la Monita Retrechera”, pintado por Saturnino Hernández. Las notas periodísticas comentan que la Monita tenía nexos entre el cartel de Cali y la campaña del expresidente Ernesto Samper. Más allá de ser un eslabón de la narcopolítica de los noventa, la Monita tenía un amplio y lujuso guardarropa, que le fue incautado: “248 pares de zapatos (Gucci, Moschino), 278 blusas, 105 buzos, 70 conjuntos, 47 botines Dior” clasificados por color en el closet de su casa en Bogotá. Varios de sus buzos y zapatos, así como sus chaquetas, están expuestas para ilustrar su vestimenta. Yo confieso que sí me pondría algunas de esas prendas…

La narco-cultura es paradójica. En algunos sitios se manifiesta como una estética grandilocuente que brilla y domina la mirada. En otros, se enorgullece de su discreta sobriedad. Eso sí, en ambos casos la inversión monetaria en la decoración es excesiva. Algunos narcos tienen en sus grandes mansiones un gusto kitsch, lo que muestra la riqueza de una manera ridícula para las élites de plata vieja.

Sin embargo, otras, como la Monita Retrechera y la esposa de Pablo Escobar, son famosas por vivir entre el mármol y la porcelana europea, coleccionando cuadros de Botero, Obregón y Morales, asesoradas por decoradoras de interiores, para evitar que las acusen de tener “mal gusto”. Y es que en la narco-cultura mantener el prestigio social es importante.

Además de la estética extravagante, hay también una fascinación por el cuerpo y el sexo. El cuerpo es muy caliente: mata, folla, canta. La cultura de las drogas y las armas circula entre cuerpos al borde del abismo. Los narcos viven echándose polvos y sudando grandes dosis de adrenalina. Son cuerpos muy calientes. Y en este renglón particular de la sexualidad también se distinguen.

Resulta que en 1980, Edgar Roberto Escobar, el fotógrafo del Cartel de Medellín, publicó la revista Cuerpo, pionera en la industria del porno en América Latina. Apodado “El Poeta”, Escobar era el coordinador de prensa del cartel y escribía las editoriales de Cuerpo, tratando siempre temas eróticos. La revista tenía una mirada incluyente, no discriminaba por género, sino que “era una revista para todos, hombres, mujeres, homosexuales, lesbianas, transgénero”. Si algo sabe el narco es que la orientación sexual siempre ha sido diversa.

Esta exposición es un retrato de esos cuerpos y su estilo de vida que, a pesar de las críticas a sus formas estéticas, siempre tendrán algo de atractivo y seductor para quienes observamos esa cultura de lejos. Y también para quienes la viven de muy cerca. Para entenderla mejor, como se sugiere a la entrada, “dese un pase: véngase de gala y visite la exposición”.

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Mujeres

*Este es un espacio de opinión y debate. Los contenidos reflejan únicamente la opinión personal de sus autores y no compromete el de La Silla Vacía ni a sus patrocinadores.

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