Desafíos y oportunidades sobre el cuidado

Desafíos y oportunidades sobre el cuidado
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La maestra y activista Silvia Federici, en uno de sus textos, se refiere al "patriarcado del salario". Muestra un boceto pintoresco del desplazamiento que han padecido las mujeres del trabajo remunerado y cómo ellas han sido arrinconadas social e imaginariamente a un espacio reducido de actividades luego de que la mano escondida del capitalismo (como lo dijo Marx) hiciera de las suyas para sostener y mantener el “poder” de la estructura (sistema) patriarcal.

“Relación amo y esclavo… la jerarquía familiar. El hombre se convierte en jefe de hogar, supervisor e interventor de las actividades de las mujeres”

Federici manifiesta que esta transformación social se dio cuando muchas mujeres que trabajaban en fábricas fueron enviadas a ocupar labores domésticas y a hacerse cargo de los cuidados de la familia. Este revolcón plantea de manera drástica el salario familiar como salario masculino, lo que crea un escenario de desigualdad: una nueva organización social que lleva a una dependencia económica del salario masculino, produciendo de esta forma un trastorno o traumas psicosociales en ellas.

Así, luego de haber tenido un reconocimiento social y remunerado, no contaban con nada. Nada de ese trabajo en las fábricas había repercutido como medallas de sus luchas en el “caminandar” en las conquistas de derechos.

El patriarcado del salario las segregó de manera sistemática, estructural y espacial, agudizando las brechas de participación en los procesos sociales, políticos y económicos que también constituyen frentes de dependencia del cuidado.

De ahí la necesidad de superar las desigualdades en el marco de la división sexual del trabajo, así como introducir las etapas de cuidado como unas de las cimentaciones en el estrecho puente de diálogo (público/privado) con lo que pasa “de puertas pa’ dentro” de los hogares colombianos.

La División de Asuntos de Género de la Cepal, señala que existen indicadores de igualdad de género, los cuales se basan en tres autonomías necesarias para que las mujeres puedan estar en condiciones de equidad con los hombres: autonomía económica, autonomía física y autonomía política. Para alcanzar estas tres autonomías, es indispensable resolver el tema del cuidado de los hijos menores, los enfermos y las personas de la tercera edad, asignado en la mayoría de las sociedades y culturas latinoamericanas, a las mujeres.

¿Qué es el cuidado?

Se puede definir como la acción que se realiza en favor de un niño o de un individuo que no puede valerse por sí mismo en su vida diaria y normal. No obstante, el cuidado, como categoría, aún es algo no acabado que requiere de reflexiones y  pensamientos desde su concepto teórico como de sus usos populares.

El cuidado, sea que se realice en la familia o que se brinde como una forma de prestación de servicios personales, es una actividad que hasta la actualidad es realizada principalmente por mujeres. Esto es importante porque, tal y como lo señala Karina Batthyány, “la cuestión del cuidado irrumpe como aspecto central del sistema de bienestar con la incorporación generalizada de las mujeres al mercado de trabajo y con el reconocimiento de sus derechos de ciudadanía”.

Por otro lado, el derecho al cuidado se considera como un derecho universal de todos, razón por la cual muchos países han incorporado a su Constitución Política los pilares clásicos del Estado del bienestar: el derecho a la salud, el derecho a la seguridad social y el derecho a la educación. Así, el Estado se convierte en garante del derecho al cuidado, “(…) un derecho universal para que se reconozca y ejercite en condiciones de igualdad”, según Batthyány.

Una mirada antropológica en torno al cuidado

Como se expresó antes, el cuidado es una actividad propia de los seres humanos. La actitud de cuidar es inherente a la condición humana y la misma supone toda acción para el sostenimiento y evolución de la vida (que son los cuidados domésticos). Sin embargo, la aparición de los Estados modernos ha desplazado el cuidado doméstico, creando obligaciones políticas, económicas y sociales que se desarrollan para favorecer cambios constitucionales, legislativos y administrativos a fin de mejorar las condiciones de vida de la población.

La antropología, en términos generales, busca identificar los patrones culturales que comparten los individuos y analizar la experiencia de vivir en sociedad, de enfermar y de cuidar a partir de la misma percepción. Al considerar la antropología del cuidado se debe tomar en cuenta el contexto sociocultural de la población, revisar sus creencias, sus valores, el lenguaje, los símbolos y sus significados entre otros aspectos.

La fuente de atención en la antropología de los cuidados, no se limita a los cuidados profesionales, sino que se extiende hacia los cuidados domésticos, así como los cuidados que se derivan de “(…) interpretaciones mágicas, religiosas o simplemente, basadas en el carácter consuetudinario (usos y costumbres de uso repetido a través del tiempo en un mismo lugar hasta adquirir carácter de tradición normativa o prescriptiva en materia de salud-enfermedad-muerte)” (p. 74). Así, el uso de la antropología como instrumento permite entender los cuidados captando su estructura desde un punto de vista sociocultural específico y de esa forma lograr que los cuidados sean apropiados.

El predominio en la organización de los cuidados en nuestra cultura occidental ha llevado a plantear la atención basándose únicamente en la existencia o no de una patología en el individuo. Sin embargo, estas posturas están siendo desplazadas por una visión integral y social de la salud que, de acuerdo con el informe de la Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria, supone una reorientación de los cuidados: “en términos de participación, equidad y empoderamiento del individuo (…)”. La antropología del cuidado busca que la sociedad en general desarrolle su capacidad para entender los problemas de salud que le puedan afectar, entre los que se encuentran directamente los cuidados propios y de otros.

Por otro lado, está el tema del cuidado, que en Latinoamérica es realizado exclusivamente por mujeres, como se señaló al principio. Para los investigadores Fernando Filgueira & Juliana Martínez (2019), “(…) la erosión de los arreglos sociales dominados por los hombres se estanca con la persistencia de una división sexual del trabajo que deja a las mujeres a cargo de la mayoría de los cuidados”. Pero, “(…) las teorías y la evidencia comparativa sobre la promoción de regímenes de género igualitarios especifican que la entrada de las mujeres en el mercado laboral como un marcador crítico y un impulsor de tales procesos (…)”.

En otras palabras, la entrada de las mujeres al campo laboral impulsa el cambio hacía la igualdad de géneros, incluso en el ámbito de los cuidados. Adicionalmente, el hecho que las mujeres ingresen a trabajar supone por lo menos dos tendencias adicionales: “demuestra una alta correlación entre las caídas de la fecundidad, los beneficios educativos y la incorporación al mercado laboral con patrones maritales y familiares cambiantes: matrimonio posterior, fertilidad posterior, y mayores tasas de divorcio y separación (…)”, aseguran estos investigadores.

Por eso, concluyen que, aquellas mujeres que han alcanzado “un alto nivel educativo alcanzan su techo con tasas de participación cerca de la de sus homólogos masculinos, pero con una carga de trabajo doméstico no remunerado. Las demandas siguen siendo casi el doble que las de sus compañeros masculinos”.

El cuidado en comunidades afrodescendientes.

El trabajo de los cuidados es una categoría conceptual inacabada que aún requiere de abundante reflexión y análisis. No obstante, su definición elemental refiere a un amplio conjunto de acciones dirigidas a cuidar, de manera no remunerada, a personas menores de edad, adultas mayores, en condición de enfermedad o en condición de discapacidad, además de un amplio conjunto de aspectos que abarcan el cuidado general de los hogares.

En América Latina y El Caribe, la distribución actual de las responsabilidades de los cuidados afecta desproporcionalmente a las mujeres, sobre quienes recae una carga de trabajo no remunerada que dificulta su inserción laboral y las empuja hacia trabajos más informales, con salarios inferiores, menor estabilidad y protección social, lo que contribuye a reproducir la desigualdad social y la pobreza.

Para el caso de las mujeres afrodescendientes, esta situación es aún más grave, ya que debido a las desigualdades estructurales e históricas de género que caracterizan a las sociedades occidentales, estas han sido colocadas en una situación de subordinación y discriminación, engrosando el grupo de las que tienen poco o ningún acceso a la salud, educación, vivienda, tierra y crédito.

A esta desventaja racial se suma el hecho de que, en la región, estadísticamente, las mujeres afrodescendientes enfrentan por encima de los hombres la carga del trabajo de los cuidados, un factor estructural de la desigualdad de género que restringe significativamente su capacidad de contar con recursos propios, acceder a la seguridad social o participar en espacios políticos, entre muchas otras restricciones.

¿Qué se sigue?

A pesar de la importancia del trabajo de los cuidados, este tipo de labor sigue siendo invisibilizada, subestimada y desatendida en el diseño de políticas económicas y sociales de la región. Por lo que el actual desafío es adaptar esa matriz de protección social para responder a los nuevos escenarios asociados a la avanzada transición demográfica, baja de la fecundidad y aumento de la esperanza de vida, así como los nuevos desafíos asociados a la crisis sanitaria por el covid, que ha puesto en evidencia la insostenibilidad de la actual organización del trabajo de los cuidados.

Ante estos escenarios, el trabajo de los cuidados debe ser visto como un derecho universal y como una responsabilidad social, que requiere ser sustentado desde la formulación de políticas públicas inclusivas, que abarquen el tema de los cuidados como una responsabilidad social compartida entre instituciones, el mercado, familias y comunidades, y no como una obligación exclusiva de las mujeres.

En ese sentido, los países de la región deben avanzar en la adopción de políticas públicas orientadas a promocionar la corresponsabilidad entre hombres y mujeres, tanto en la vida familiar, como en la social y laboral, que permitan liberar tiempo para que las mujeres puedan acceder a oportunidades de trabajo, de estudio y, en general, de autonomía.

Para la construcción de esas políticas, se sugiere tomar como referencia la Estrategia de Montevideo, una herramienta que brinda a los Estados las orientaciones necesarias para la implementación de la agenda regional de género en el marco de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, instando a los gobiernos a impulsar la adopción de políticas de cuidado y de promoción de la corresponsabilidad entre mujeres y hombres que contribuyan a la autonomía de las mujeres y a una justa organización social del trabajo de los cuidados.

Por otro lado, también está el cómo logran siempre entablar este modelo de la soberanía alimentaria y no importa las oportunidades de la vida o la ola de la violencia los despoje de sus territorios que han recreado; estas comunidades siempre están buscando de la manera más expedita de cómo tener ese cuidado propio y de los alimentos. Y esto se mira reflejado en la práctica que siempre detrás de la cocina de las casas en las orillas del Pacífico siempre hay siembras de pan coger y lo que nunca falta las siembras de azoteas que dan el sabor, color y olor poderoso a los alimentos y las hierbas que curan desde una gripa, espanto y mal de ojos. Ellas vienen retomando las prácticas, de reconocerse, encontrando en la espiritualidad el sentido de unidad y confianza, una espiritualidad que no se resuelve en iglesias cristianas y católicas adoctrinando, sino en traer el ritual para conectarse con la existencia.

Finalmente, mejorar la calidad de vida de las personas que llevan a cabo los trabajos de cuidados es, cuanto menos, una acción pública de justicia histórica para las mujeres, dando espacio a que ellas tengan la posibilidad de disminuir su carga laboral, social, emocional y psicológica. Por tanto, es una premisa que para lograr la igualdad efectiva entre hombres y mujeres es necesaria la reorganización del cuidado, que permita una distribución equitativa de tareas y una participación del Estado, el mercado, las familias las comunidades.

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*Este es un espacio de opinión y debate. Los contenidos reflejan únicamente la opinión personal de sus autores y no compromete el de La Silla Vacía ni a sus patrocinadores.

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