Desborde de optimismo

Desborde de optimismo

El desplome del Gobierno Duque en las encuestas sepultó al Estado de opinión tan promovido por su jefe político en tiempos de bonanza. Ante la impopularidad, el mandatario actual dice ser de extremo centro, todo un demócrata, pero eventos como el reciente Paro nacional, que dejó muertos, desaparecidos, torturados, violadas, entre otros, dejan seria dudas del talante de centro, y más bien confirma el carácter del extremo.

El Gobierno intenta tapar lo intapable, que ha llevado a llamados internacionales sobre la situación, como el formulado por el gobierno de Estado Unidos, la comunidad europea y recientemente la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (Cidh) adscrita a la Organización de Estados Americanos (OEA), a la cual Colombia pertenece.

Como si fuera poco grave lo que recoge el informe de la Cidh, resulta más preocupante la reacción del Gobierno Duque ante éste, que fue emitido por una institución de la cual el Estado colombiano hace parte. Las reacciones del Gobierno han estado entre las descalificaciones y las objeciones de técnica jurídica. Comportamiento que equipara a Duque con los gobiernos que ha tildado de dictatoriales por violar derechos y no permitir monitoreo internacional sobre la situación.

El Gobierno Duque va cuesta abajo y, con el tiempo en contra, también ha intensificado en el ambiente político la fiebre de las elecciones, especialmente las presidenciales. La lista de candidatos y precandidatos para el 2022 aumenta a medida que llega el ocaso de este Gobierno, que, tal como va, pasará a la historia como un pésimo desempeño.  

En el año que viene algunos sectores políticos, que esperan liderar un cambio de rumbo en el país, no vaticinan cambios a favor del Gobierno y sus aliados, enterrando así, por adelantado, al actual Gobierno y los sectores afines a él en la contienda política por venir. 

De esta forma, la discusión “fuerte” está centrada en los candidatos de los bloques “alternativos”. Mientras el trato para los candidatos del Centro Democrático, como Cabal, Valencia y Macías, es de mofa, para otros como Nieto y Zuluaga, el trato es el del descarte. Asunto en el cual también entran los candidatos no adscritos al Centro Democrático que representarían la continuidad o algo similar, pero que tampoco “despegan” en los sondeos de opinión.

Pensar, por ejemplo, que las elecciones están cerradas y que el resultado se debate solo entre el Pacto Histórico y la Coalición de la Esperanza es pensar más con el deseo que con la razón. La última experiencia de tal triunfalismo la vivió el país en el marco del Acuerdo de Paz y el plebiscito. Contra toda estadística, el plebiscito lo ganó el no, y además, los sectores que impulsaron esa posición terminaron ganando un número importante de puestos en el Congreso, al igual que la Presidencia. 

Es un optimismo cándido que conlleva a despreciar la capacidad de reacción de los factores reales de poder actualmente gobernantes. A medida que se acerquen las elecciones veremos, nuevamente, entrar en plena acción a los sectores políticos dominantes tradicionales que, entre sus méritos, tienen el hacer de las crisis oportunidades para reencaucharse. 

El desprestigio del Gobierno Duque no necesariamente conduciría a un cambio hacia “los alternativos”. Manejar con pericia ese desprestigio, como lo han sabido hacer, puede conducir a un cambio, pero hacia otra dirección. Por eso no es para chiste candidaturas como la de Cabal o Macías y otras de similar corte que entienden la democracia en su forma más restringida. 

Colombia ha demostrado ser un país de ala conservadora, donde los cambios son bastante lentos, la violencia ha resultado retardataria y el miedo ha sido usado como el recurso para influenciar a los votantes, el miedo al cambio y el miedo a seguir como vamos. Como tierra conservadora tiene asiento el refrán: “más vale malo conocido que bueno por conocer”, quizás esta sabiduría popular se imponga en el posible escenario de la segunda vuelta en elecciones presidenciales. 

Esto cobra especial relevancia si opera un viejo principio del poder que ahora aparece como uno de los aprendizajes del tiempo pandémico: reinventarse. La historia política ha atestiguado, mucho antes que la pandemia, que reinventarse es una necesidad devenida en estrategia que el poder requiere para permanecer.

La impopularidad del Gobierno y sus aliados en lo que queda del mandato puede convertirse también en la oportunidad para reinventarse, poniendo, por ejemplo, caras jóvenes en cabeza de lista al Congreso. A medida que nos acerquemos a los partidores de las elecciones tendremos a pleno las campañas, quienes están dando desde ya como perdedores de las próximas elecciones al partido de Gobierno y a sus aliados. Convendría recordar su desempeño histórico en elecciones, el mismo que los llevó a celebrar el triunfo del plebiscito y de la Presidencia. 

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