Diálogo(s) en la era Petro, no hay que empezar de cero

Diálogo(s) en la era Petro, no hay que empezar de cero
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Desde que se conoció su victoria, Gustavo Petro viene haciendo distintos llamados al diálogo. Esto tiene todo el sentido luego de una larga y dura campaña electoral, que en general se movió bajo lógicas polarizadoras, y de unas votaciones con un resultado estrecho (alrededor de tres puntos porcentuales de diferencia).

En este contexto, en el diálogo se busca una alternativa para calmar los ánimos, mitigar la incertidumbre, buscar consensos e impulsar acciones que permitan avanzar en la ambiciosa agenda de cambios que nos propuso el hoy presidente electo.

No es, sin embargo, la primera vez que se hace un llamado de este tipo en el país, ni tampoco será la primera vez que encuentre eco.

Este diálogo, que es distinto a las negociaciones con grupos armados, se refiere al encuentro entre actores diversos que intercambian posturas sobre un conjunto de asuntos o problemáticas con el propósito de producir algo nuevo. Ha servido para buscar alternativas en distintos momentos de alta conflictividad en el país.

Un ejemplo cercano se encuentra en las movilizaciones del 2021. Ante el estallido social, desde los gobiernos (nacional y algunos territoriales), academia, empresas y organizaciones sociales se impulsaron una amplia gama de ejercicios de encuentro (virtual o presencial) para conversar sobre lo que estaba sucediendo y buscar salidas a la crisis.

Si nos remontamos más atrás, la Constitución nació de un consenso entre distintos sectores políticos y sociales ante una situación de mucha violencia. Somos, por tanto, una sociedad que sabe de la importancia del diálogo; nuestra trayectoria en la materia, además, nos debería servir para reconocer sus retos y oportunidades.

Por lo que se ha escuchado, Petro estaría hablando de dos tipos de diálogo: un acuerdo nacional, que corresponde a un diálogo político, y una serie de escenarios vinculantes territoriales, que serían diálogos sobre políticas públicas.

El primero ha sido la carta para acercarse a los partidos y a figuras notables de la política nacional. Estos acercamientos, si le funcionan, le darían margen de acción en el Congreso, donde el Pacto Histórico es la fuerza con más escaños, pero está lejos de tener las mayorías que necesita para sacar adelante la agenda presidencial.

Al mismo tiempo, si la invitación al diálogo es sincera (es decir, más allá de una invitación a adoptar propuestas es una invitación a conversar sobre ellas), terminaría por acotar los planteamientos de campaña más osados y volverlos más tradicionales. Esto, en el fondo, puede ser un “gana/gana” para el Gobierno y para los sectores políticos que se sumen al acuerdo.

Los segundos, parecieran ser la estrategia para construir participativamente el Plan de Desarrollo, pero podrían ir más allá. De hecho, es en ellos donde hay mayores posibilidades de aprendizaje y encadenamiento con iniciativas previas. El trasegar del diálogo en el país nos ha dejado un panel de alternativas para dialogar que pueden ser realmente útiles si se conectan con asuntos puntuales de la gestión pública. No se trata de identificar cuál es la mejor forma de dialogar en general, sino de identificar cuál, de las que ya existen, es la más inspiradora frente al asunto específico a abordar o propósito de política pública que se quiera sacar adelante.

Experiencias como “Tenemos que Hablar Colombia”, “A movilizar la palabra” o “La Conversación más grande de Colombia” podrían activarse para medir la temperatura ciudadana frente a asuntos públicos concretos, a través de conversaciones estructuradas y discretas (con un comienzo y un fin) de un grupo amplio de ciudadanos, incluso más de 5.000.

Pero si lo que se quiere es un diálogo más estratégico, pausado, con miradas distintas e informadas, la experiencia de “Valiente es Dialogar” y del “Grupo de Diálogo sobre la Minería en Colombia” (Gdiam) son referentes. Si el propósito es vincular actores a agendas concretas territoriales, los “Diálogos de la Paz Querida” o la “Ruta de la Confianza” saben cómo hacerlo.

“La Plataforma de Diálogos improbables” viene sentando en una misma mesa actores que de otra manera no se encontrarían y por esta vía reconstruyendo la confianza. Experiencias como “Los jóvenes tienen la palabra” muestran que es posible acercar actores institucionales, en este caso congresistas, con poblaciones concretas, en este caso jóvenes, para alimentar proyectos de ley.

En síntesis, el diálogo político y el diálogo para las políticas públicas son asuntos ampliamente explorados en Colombia que, sin duda, siguen siendo relevantes. En el caso de los segundos, buena parte de su efectividad recae en aprovechar el panel amplio y diverso de experiencias que ya tenemos y conectarlas con asuntos concretos a gestionar participativamente. Los diálogos en el nuevo Gobierno no tienen que empezar de cero. 

En la Fundación Ideas para la Paz (FIP), hemos reflexionado en detalle sobre el lugar del diálogo, señalando que es una necesidad sentida, pero irresuelta en el país. El documento respectivo se encuentra disponible aquí.

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