El camino a la reconciliación a cinco años del Acuerdo de Paz

El camino a la reconciliación a cinco años del Acuerdo de Paz

Hoy muchas instituciones están haciendo balances de cómo va la implementación del Acuerdo de Paz; desde hace unos años, el Barómetro Colombiano de la Reconciliación ha buscado medir la disposición de los colombianos a reconciliarse. 

Investigar la relación entre construcción de paz y reconciliación es importante. Durante muchos años la reconciliación fue considerada como secundaria en los procesos de paz. Se pensaba que lo más importante era poner fin a los conflictos armados internos a través de mesas de negociación y dedicarse a reconstruir los daños materiales causados, monitoreando al mismo tiempo el desarme, la desmovilización y la reincorporación.

Desde los años 90 esta visión empezó a cambiar con la llegada de mecanismos de justicia transicional, como las comisiones de la verdad, que se enfocaron en dignificar a las víctimas y crear planes de reparación para reconstruir sus proyectos de vida.

En este contexto, la Comisión de la Verdad y Reconciliación de Sudáfrica propuso un mecanismo de justicia transicional que permitía la satisfacción de los derechos de las víctimas –a la verdad, la justicia, la reparación y la no repetición– para llegar a la reconciliación.

Desde entonces se ha ido ampliando el concepto de reconciliación. Ernesto Verdeja, profesor de la Universidad de Notre Dame en Estados Unidos, afirma que es posible ubicar a proponentes de la reconciliación en dos amplios paradigmas: minimalistas –que la definen como un proceso para lograr la coexistencia y parar la violencia– y maximalistas –que la conciben como un proceso complejo que repara las relaciones fracturadas y culmina con un acto de perdón–.

Hoy en día, organizaciones constructoras de paz, como Conciliation Resources en el Reino Unido, consideran que trabajar en actividades que promueven la reconciliación es fundamental en medio de los conflictos armados, durante las negociaciones de paz y en la fase de implementación de los acuerdos de paz.

Según esta organización, acciones en pro de la reconciliación ayudan a que una incipiente paz se consolide, sea sostenible y que no regrese la violencia. Dichas acciones se enmarcan en cuatro campos de acción:

  • El tratamiento del pasado, la formulación de un nuevo contrato social (entre instituciones y ciudadanos).
  • La generación de cohesión social (entre diversos sectores de la sociedad).
  • El desarrollo de una visión compartida de un futuro justo.

Entender que la agenda de construcción de paz se mezcla con la reconciliación es fundamental para quienes trabajamos por poner fin al conflicto armado en Colombia.

Sin embargo, ya que Colombia se caracteriza por un proceso de construcción de paz agonista, tal como lo propuse en mi columna pasada, el viaje a hacia la reconciliación también es agonista.

Siguiendo a Andrew Schaap, profesor de la Universidad de Exeter en el Reino Unido, podríamos decir que la “reconciliación política” en Colombia no es para volver a un estado previo al conflicto sino para avanzar hacia un modelo de sociedad distinto y eso pasa por la confrontación política.

Por tanto, la reconciliación no precluye la confrontación política; por el contrario, la revitaliza y al mismo tiempo la transforma; permitiendo pasar del antagonismo entre enemigos al agonismo entre adversarios.

Recurriendo a John Paul Lederach, profesor del Instituto Kroc, podríamos decir que la transformación para pasar de enemigos a adversarios es posible si emprendemos un viaje.

“El viaje hacia la reconciliación”, según Lederach, es “un viaje hacia el conflicto; un viaje para ver la cara de nuestros enemigos, en el que hay un lugar para que se encuentren la verdad, la compasión, la justicia y la paz”.

Hoy está a flor de piel la idea que el Proceso de Paz ha fracasado y la reconciliación es cada vez más lejana. Tres hechos soportan esta lectura.

Primero, el alto nivel de violencia política. Segundo, la emotiva polarización política. Tercero, la profunda frustración debido al incumplimiento en la realización de transformaciones estructurales.

Sin embargo, la violencia revela la necesidad de cerrar el conflicto armado a través de la negociación, la polarización es una expresión abierta de la confrontación política, y la frustración reafirma la necesidad urgente de avanzar en un nuevo contrato social.

Por tanto, lo que vemos en Colombia, a cinco años de la firma del Acuerdo y ad portas de las elecciones de 2022, es que tanto la paz como la reconciliación son políticas y la pugna por viajar hacia ellas será siempre pan de cada día en este viaje en el que los mejores compañeros son la flexibilidad, para adaptarse a los retos; la curiosidad, para encontrar oportunidades en medio de la adversidad; y la paciencia, para entender que este viaje toma décadas.

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*Este es un espacio de opinión y debate. Los contenidos reflejan únicamente la opinión personal de sus autores y no compromete el de La Silla Vacía ni a sus patrocinadores.

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