El Congreso debe darle lugar al cuidado de niños y niñas, no al de las mascotas

El Congreso debe darle lugar al cuidado de niños y niñas, no al de las mascotas
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Los animales no han sido ajenos al Congreso. Por obra y gracia de congresistas y visitantes, alacranes, ratones y mariposas han aparecido en ese recinto para cumplir las funciones simbólicas asignadas por estos humanos.

Recientemente, el perro del senador Roy Barreras acompañó a su dueño en el recinto del Congreso para anunciar la nueva política amigable con las mascotas de esta corporación. Días después, el congresista Alirio Barrera hizo aparición con su caballo Pasaporte. De acuerdo con sus declaraciones, el propósito de su gesto simbólico fue hacer visible la diversidad del país y la centralidad que tiene este animal en la vida de los campesinos colombianos.

La sensación que causó Pasaporte fue evidente. Varias notas de prensa y trinos lo confirman.

Cuando se piensa en políticas amigables con las mascotas, tendemos a imaginar perros, gatos y hasta canarios. Pero nunca especies mayores, como caballos o vacas, mucho menos tarántulas o serpientes. Quizá, esta misma tendencia que nos predetermina a pensar que solo ciertas especies menores son mascotas fue la que llevó primero a convertir el Congreso en un sitio amigable para los animales y no para niños, niñas y personas que deben ocuparse de su cuidado.

La senadora Angélica Lozano fue elocuente al subrayar este punto. Sus intervenciones sirvieron para hacer evidente cómo el Congreso quiere mostrarse progresista a través de las medidas equivocadas.

Si bien es importante que se promuevan actitudes que estén acordes con los nuevos desarrollos jurídicos nacionales e internacionales en materia de protección animal, existen áreas de intervención prioritaria en los que el Congreso podría servir de catalizador para promover cambios urgentes y necesarios a través de su ejemplo. La implementación de esquemas que permitan armonizar el trabajo y las cargas de cuidado es una de ellas.

Como lo dijo la senadora Lozano, el Congreso no ofrece servicios que permitan que las personas que laboran en esta institución puedan compatibilizar fácilmente estos dos aspectos vitales de su vida y de nuestra vida.

El cuidado tiene dimensiones personales, sociales e institucionales. Este es una necesidad emocional, económica y política. Sin embargo, hasta el momento, los Estados, el mercado y la mayoría de las comunidades han sido resistentes a aceptar la responsabilidad que les cabe en esta labor.

Así, han optado por caracterizarlo como un acto de amor privado que pertenece a la esfera íntima de los hogares. Por esta razón, el cuidado se ha concentrado en las familias, se ha feminizado y, cuando se ofrece a cambio de remuneración, generalmente está precarizado. Esta conceptualización del cuidado explica por qué los animales se hicieron primero a un puesto en el Congreso que niñas, niños y personas que están a cargo de su cuidado.

La pandemia nos mostró el rostro amargo de un abordaje del cuidado desde esta perspectiva. Durante este tiempo no solo hubo un aumento de la brecha de género en contra de las mujeres respecto del número de horas dedicadas al cuidado, sino que quedó aún más en evidencia la relación entre sus responsabilidades de cuidado con sus posibilidades de ocuparse y mantenerse en el mercado laboral.

En el caso de Colombia, la emergencia generada por el covid puso de presente de manera descarnada la fragmentación y limitación de las pocas políticas de cuidado que existen a nivel nacional.

Ahora que todo volvió supuestamente a la “normalidad” anterior a la pandemia, no podemos olvidar lo que esta visibilizó. Quiero creer que la polémica que causó esa imagen, entre folclórica y surrealista, de un congresista entrando a caballo al Congreso va a contribuir a que esta corporación adopte acciones que permitan responder a los desafíos que enfrentan las mujeres que allí laboran para balancear sus aspiraciones laborales y sus obligaciones de cuidado.

También, espero que el revuelo mediático sea un aliciente para que el Congreso y otras instituciones públicas y privadas diseñen medidas y propicien debates que permitan avanzar en la articulación de un verdadero sistema de cuidado.

Nos enfrentamos a una crisis de cuidado de grandes magnitudes debida al envejecimiento de la población, la recomposición de los hogares por cuestiones como la migración o las separaciones de las parejas y los cambios en las actitudes respecto del deber de cuidado.

Estamos en un momento en el que el Congreso podría tomar el liderazgo y mostrar cómo el cuidado es una cuestión política y jurídica de tanta importancia como para darle espacio en sus instalaciones y llenarlo de significado a través de actos simbólicos y medidas específicas. 

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