El derecho a la fragilidad

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Cuando somos uno de los países más corruptos del mundo, muchos nos preguntamos por la utilidad del Estado que solo sostiene el privilegio de sus funcionarios y de pocos colombianos.

Máriam Martínez-Bascuñán escribió esta semana para El País una columna titulada de manera homónima, “El derecho a la fragilidad”. Sentencia en ella: “la desaparición del Estado significa la pérdida del derecho a la fragilidad (…). Y lo es porque expresa con sencillez el impacto en nuestras vidas  de esa abstracción que llamamos “bienestar”. Al desaparecer el trabajo, o el derecho a ponerse enfermo, o a estar viejo, no solo se quiebra nuestra confianza, también se rompe la comunidad, los lazos de solidaridad; prevalece solo el instinto de supervivencia y la sociedad (…) se torna en un puñado de átomos lanzados al vacío”.

Ahora mismo que, al vernos en el espejo, nos encontramos siendo el país más corrupto del mundo, muchos nos preguntamos por la utilidad del Estado, que solo sostiene el privilegio de sus funcionarios y el de un puñado de colombianos que separaron su destino personal del destino de la nación.

Antes de comprender la fragilidad de la vida y el dolor ajeno leemos en la prensa discursos exagerados sobre las posibilidades y oportunidades que solamente son visibles desde la comodidad y el privilegio de sus asientos donde sus discursos vacíos no coordinan con la realidad de millones de personas.

En este momento el Estado se pone a prueba: por un lado, vivimos en medio de una maravillosa revolución industrial, llena de la energía de la innovación y la potencia de las ideas que transforman el mundo. Sin embargo, ninguna revolución es pacífica; deja muertos a su paso y, en este caso, deja a millones de personas en la más absoluta condición de miseria.

Cuando naces en condiciones acomodadas no importa si existe Estado: vas a una escuela que te da una educación de calidad a cambio de dinero; disfrutas de espacios de recreación de calidad porque son privados; si enfermas cuentas con un seguro médico que te atiende de manera oportuna; y creces sin el miedo y la inseguridad de quien se enfrenta al fracaso por falta de oportunidades.  

Por el contrario, cuando creces en un contexto de pobreza y vulnerabilidad necesitas del Estado que te da un colegio de calidad, un sistema de salud que te cuida, unos parques donde puedes ser feliz y el cuidado personal que necesitas para sentirte seguro de poder triunfar y realizar tus sueños; incluso te da un sistema de transporte que te permita llegar de manera económica a tu lugar de destino, porque en cada detalle de la vida necesitarás un poco más de apoyo para sobresalir y lograr el significado propio que tengas de felicidad.

Martínez – Bascuñán concluye cómo la humanidad, esa noción que evoca solidaridad, empatía y apoyo, es la clave si queremos salir de este gran dilema, y tan solo un puñado de políticos logra llegar a ese concepto sin caer en populismo que romantiza la pobreza y condena a la muerte en vida a millones de personas que siguen allá abajo. Porque cada día debemos recordar a nuestros gobernantes que millones de seres humanos empiezan a caer en días enteros sin comida, en la ruidosa miseria que humilla y en la grotesca realidad de saber que creces atrapado en un mundo del cual no podrás escapar condenado a una pobreza vitalicia.   

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