El encanto de las abuelas

El encanto de las abuelas
Alma-Beltran-640x480.jpg

Desde que vi "Encanto" no dejo de pensar en mi abuela. Al igual que la de la película, mi abuela creció en el campo. Le gustaba bañarse en el río y subirse a los árboles de mangos para cortar los que estuvieran maduros y comérselos, seguramente a escondidas de sus hermanas. Fue la menor de seis. Aunque no fue víctima de la violencia de la guerra, sí lo fue del machismo. 

Por ser una mujer de principios del siglo XX, tenía pocas opciones para escoger relacionadas con su futuro: entre ellas, ser monja, maestra, enfermera o ama de casa. No tuvo mucho recorrido en los estudios y se casó joven, con el descendiente de un japonés. Tuvo tres hijos y un marido que le proveía el sustento desde Estados Unidos.

Mi abuela era una gran narradora de historias. Pudo haber sido escritora o quizá dedicarse a las ventas de inmuebles pues tenía un gran ojo para los predios. En lugar de eso, se dedicó a criar. No solo a sus hijos, sino a sus sobrinos y a nosotros, sus nietos (mi hermano y yo). Era una espléndida cocinera y pasaba horas arreglando matas en el jardín. Si le preguntaba qué hacía todos los días, respondía muy segura de sí misma: trabajar.

Siempre consideró las labores domésticas un trabajo. De igual forma, pensaba que las mujeres estaban capacitadas para hacer cualquier oficio. Inclusive tenía ideas progresistas sobre las relaciones amorosas. Del matrimonio decía: “si no te casas, no importa, eso ahora ya no se usa. Lo importante es que encuentres a alguien que te haga feliz”.

Se levantaba muy temprano todas las mañanas y salía a caminar. Daba largas vueltas por la manzana del condominio antes de hacer el desayuno para ejercitarse. Le gustaba salir a comprar frutas y verduras al mercado. Escogía los mejores tomates y, si los vendedores se atrevían a escogérselos, regañaba a quien le echara en la bolsa alguno podrido o le lastimara algún aguacate previamente seleccionado. Tenía también un gran sentido del humor. A la menor provocación, hacía una broma, soltaba una carcajada y te sorprendía con una sonrisa.

Esa fue la mujer que me crío. Viví con ella toda mi infancia porque mi madre salía a trabajar y mi padre venía de vez en cuando a vernos. Cuando tenía algún problema y se lo contaba, inmediatamente pensaba cómo resolverlo y me decía: “No lo dudes, tú puedes”. Después de la consigna de empoderamiento, prendía velas a los santos que tenía en la cocina y le pedía a Dios todas las noches por mí. Más que la religión, de ella aprendí la fe. Tener fe es un acto de amor, de confianza en una misma. Ella nunca dudaba de que yo podía hacer cualquier cosa, por más complicada o difícil que a mí me pareciera.

Las abuelas son mágicas. Hacen de la fantasía una realidad. El encanto no se da por casualidad, es un acto de fe en las capacidades de las personas. Una invitación a que cada quien descubra su propio talento y lo ejercite. En muchos casos, las abuelas son el bastión de las familias latinoamericanas. Cuando los padres y madres faltan, dan sustento amoroso y trazan, sin quererlo, el camino a seguir de quienes están bajo su cuidado.

Yo tuve la fortuna de tener una abuela encantadora. Ahora que ya no está, me quedan sus enseñanzas, su manera de afrontar la vida, siempre viendo para delante, con la certeza de que, por más espinoso que se vea el camino, se puede construir un futuro mejor. 

Temas destacados

*Este es un espacio de opinión y debate. Los contenidos reflejan únicamente la opinión personal de sus autores y no compromete el de La Silla Vacía ni a sus patrocinadores.

Compartir
Preloader
  • Amigo
  • Lector
  • Usuario

Cargando...

Preloader
  • Los periodistas están prendiendo sus computadores
  • Micrófonos encendidos
  • Estamos cargando últimas noticias