El feminismo en la política tiene que ser mucho más que una “cuota”

El feminismo en la política tiene que ser mucho más que una “cuota”
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Estamos asistiendo a un momento de la vida política nacional en donde mujeres inteligentes y con vocación de poder están apoyando a hombres con agendas que no necesariamente son garantistas en temas de género.

Esto ha llevado a cuestionamientos y discusiones al interior del movimiento feminista sobre cuál es el papel de las mujeres en los partidos tradicionales y cómo deben estos abordar la agenda feminista.

Partamos de dos ideas centrales. La primera: no todas las personas tienen que asumirse como feministas o defender los derechos de las mujeres; los feminismos no son un culto con adhesión obligatoria. De hecho, los feminismos se revindican como espacios de libertad y decisión. La segunda: las personas tienen derecho a militar políticamente en donde mejor les parezca, y esa decisión es un derecho irrenunciable.

Hoy los temas alrededor de los derechos de las mujeres y de las personas Lgbti son básicamente imposibles de ignorar o eliminar de cualquier espacio público de debate. Esto ha llevado a que tengan protagonismo en la arena electoral.

Cada vez hay más candidatos hablando de reivindicaciones de las mujeres y de la forma en que van a incluirlas en sus programas de gobierno. Algunos han llegado a hacer sugerencias sobre el curso de acción que deberíamos seguir las feministas y a promover una suerte de “feminismo correcto” que debería ser prodigado por encima de los demás.

Esto es un grave error. Las feministas no necesitamos la “bendición” de un político tradicional que avale nuestras causas, ideas y luchas. Tampoco resulta realista esperar que un movimiento como el feminista, parido contra muchas adversidades y con tantos años de construcción y debate, permita que sean los partidos los que dicten a conveniencia cuál es “el feminismo” adecuado.

Esto es cierto, sobre todo, cuando ese tipo de “buen feminismo” promovido desde la política tradicional es uno que jamás les cuestiona, incluso ante situaciones como los delitos sexuales dentro del partido.

Los postulados feministas son incómodos por definición, porque buscan remover las bases de una sociedad que está asentada en la inequidad en la distribución del poder y las tareas de cuidado.

Todas las sociedades han estado profundamente cómodas viviendo sobre la base de esa desigualdad, y el feminismo busca replantear esa forma de ver el mundo. Y, como todo cambio, implica adaptación y reestructuración de la vida. Si buscan comodidad, los postulados feministas no son el lugar adecuado para los partidos políticos.

Si bien es clave que los debates feministas estén en la arena política, y lo celebro, esto no es carta blanca para que líderes, en particular hombres que no han transitado en estas luchas, lluevan sobre mojado y quieran darnos instrucciones a quienes llevamos años en este proceso de lucha.

No se trata de que no sea posible proponer y cuestionar lo ya construido desde los feminismos: ¡bienvenido el debate! Pero siempre que este se dé desde las ideas, con respeto, reconociendo los caminos recorridos por las organizaciones y movimientos, pero, sobre todo, sin pedirnos defender a agresores o poner “la causa” por encima de la justicia y la dignidad de las mujeres.

Es cierto que hay mujeres que militan dentro de los partidos y defienden a estos políticos que se aventuran a evangelizar sobre feminismos. Justamente esto pasa porque no a todas les tiene por qué interesar la apuesta feminista o, aun asumiéndose feministas, deciden apoyar irrestrictamente a un partido o líder; y esa es una decisión válida dentro de su autonomía. Tener mujeres feministas en las filas de un partido no es garantía de nada, si ellas no tienen lugares de poder, o si no se deciden a usar los lugares privilegiados a los que lleguen en beneficio de la lucha contra la discriminación y la violencia contra las mujeres.

La llegada del feminismo al debate electoral tampoco puede llevar al “tokenismo” (una cuota “simbólica” pero sin efectividad) a través de la utilización de mujeres racializadas para “limpiar” a los partidos y mostrarlas como una suerte de “cuota de inclusión” que libra a los movimientos políticos de cuestionamientos sobre el racismo interno y la exclusión de los pueblos étnicos.

Si se va a abrir un espacio para las mujeres, sobre todo a aquellas más excluidas de los espacios de poder, debe hacerse con toda la seriedad del caso, incluso dejando que sus candidaturas sean las protagónicas, como ejercicio reivindicatorio y reparador de una historia de política racista y sexista.

Todos los movimientos que aspiren a ser democráticos deben tener lugar para el debate y la diferencia. Los feminismos no son la excepción, pero ese debate debe darse respetando que hay una historia previa de luchas y que los políticos tradicionales no pueden reclamar como suyos logros y discusiones que les preceden por mucho y que son totalmente ajenas a sus discursos y experiencia vital.

Bienvenida la inclusión del feminismo al debate político electoral, siempre que esta sea respetuosa, que les dé un lugar central a las mujeres y sea realmente útil para mejorar su participación en una arena política que ha sido hostil para ellas.

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*Este es un espacio de opinión y debate. Los contenidos reflejan únicamente la opinión personal de sus autores y no compromete el de La Silla Vacía ni a sus patrocinadores.

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