El futbolito como resistencia

El futbolito como resistencia
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Alejandro Finisterre tenía, en ese café de Bellas Artes en Madrid, un aspecto vital de quien tiene muchas historias dentro; un gallego de ochenta y pico años que está sentado aquí delante de mí, como una historia viva de muchas cosas antes de que yo las viviera.

Él estuvo refugiado en Guatemala y fue detenido por la policía de Castillo Armas en 1954, tras el golpe de Estado contra el Gobierno de Árbenz, organizado desde la Cuba de Batista por la CIA. El régimen de Franco fue el primero en reconocer a ese Gobierno de la infamia, que inauguraría la época del pistoletazo de las dictaduras latinoamericanas. Después llegaron Paraguay, Brasil y todas las demás de la Operación Cóndor.

—"Tenía un negocio de futillos" —decía con su acento gallego y longevo.

Me extrañaba que él dijera "futillos", porque futillo, que es gallego, solo lo escuché en Guatemala. En cualquier otro lugar eso se llama "futbolín" o "futbolito", y era nuestro juego de la infancia, donde aprendíamos a hacernos mayores, primero cuando casi no llegábamos con los ojos a ver la pelota, y luego creciendo hasta tener un dominio del partido que te permitía jugar a ser todos los jugadores.

De él, que era albacea del testamento de León Felipe, aprendí del México acogedor de refugiados, uno de los Méxicos que han convivido juntos estos años, desde la época de Lázaro Cárdenas que abrió las puertas a los refugiados del franquismo.

El futillo se inventó en la abadía de Monserrat, en Barcelona, confiscada por el Gobierno de la República española para instalar un campamento de refugiados de la guerra. Alejandro había sido herido en el bombardeo de Madrid en 1937 y andaba recuperándose entre los que esperaban que la guerra durase poco para volver a sus casas.

En ese campamento también había muchos niños discapacitados por las bombas. Sin una pierna no puedes casi caminar, y no puedes jugar a lo que todos se divierten con una pelota. Alejandro se presentó esa mañana como inventor. El único invento que le dio dinero es el pasahojas, hecho a base de tardes de pasar la partitura para que su novia de esos tiempos practicara sus lecciones de piano.

Pero no sabía que su trabajo tenía tanto que ver con el mío cuando me explicaba cómo se le ocurrió el futillo. Con un amigo del refugio, que era carpintero y también estaba herido, pensaron en cómo hacer para que los que no podían jugar al fútbol, lo hicieran. O sea que el futbolín nació como un instrumento de rehabilitación psicosocial.

—Viendo a los niños mutilados que no podían jugar al fútbol como los otros, así se nos ocurrió.

En estos tiempos de refugiados que crecen en las guerras del mundo, un campamento es también un lugar de ocurrencias como esta. En medio del desastre y del desgarro, cuando todo está perdido, mirando a las víctimas de cerca, no con conmiseración o desprecio, la creatividad también es una resistencia.

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