El futuro de la coca debe ser andino

El futuro de la coca debe ser andino
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Pajarito, Boliviana, Chiparata, Orejona, Guayaba. Todos estos son nombres para diferentes variedades de plantas de coca, el insumo principal de la cocaína. La Pajarito, por ejemplo, tiene la hoja más grande, pero la Boliviana tiene mayor concentración de alcaloides y por esto es la preferida de los narcos que, desafortunadamente, hicieron muy bien la tarea de investigación. Mientras tanto, el Gobierno durante años acusó a la planta de coca (entre otras) de ser la “la mata que mata”.

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Fotos: Alejandro Osses

De la cocaína se sabe que es mala (nuestros papás y el colegio nos lo dijeron hasta el cansancio) y estimulante: hace que la gente hable mucho, con arrogancia e ímpetu, que tome más trago del que le cabe y que aguante más fiesta de la que el cuerpo soporta. Sabemos que es ampliamente consumida en todo el mundo desde hace varias décadas, y que seguirá siendo consumida en grandes cantidades en el futuro. Pero ¿qué sabemos de la coca? No mucho. Sabemos más del mundo que rodea la cocaína que de todas las potencialidades y usos alternos de la planta de coca. Para nuestra desdicha, los narcos nuevamente hicieron bien la tarea de publicidad y mercadeo. Pregunto nuevamente: ¿y la coca?

La coca (género Erytroxylum) está ampliamente relacionada con las comunidades indígenas e incluso se conocen sus usos ancestrales. Además, varias etnias han librado las batallas legales para poder comercializar productos derivados de la coca, amparadas en los principios constitucionales e internacionales de identidad cultural y pluralismo [1], incluso creando emprendimientos poderosos como Coca Nasa (Resguardo indígena de Calderas en Inzá, Cauca) [2] que hoy en día comercializa varios productos alimenticios y bebidas a base de coca.

¡Sí! Como lo oyen, la coca sirve para comer y también para abonar la tierra, ¿sabían? La realidad del asunto es que, exceptuando el conocimiento ancestral, la investigación científica de la coca ha sido muy restringida, limitándose a estudiar un solo alcaloide: la cocaína. Comparada con el estado de investigación del cannabis y la amapola el rezago es evidente: se han estudiado alrededor de 60 cannabinoides y 500 opioides respectivamente y, además, sus marcos regulatorios han permitido el uso medicinal e industrial [3]. Con la coca el panorama es muy distinto: para septiembre de 2020 no se habían producido más de 150 artículos científicos indexados que investigaran los usos alternativos de la coca o sus componentes químicos .

Por eso es que cuando nos invitaron al Reto Coca de este año en el Cauca, nos montamos al bus de una, emocionados de poder aprender de algo distinto sobre esta poderosa planta.

Nuestro viaje empezó en Popayán donde Open Society Foundations y La Fundación Tierra de Paz presentaron la segunda edición presencial del Reto Coca: una iniciativa para resignificar la hoja de coca y fomentar el uso de esta en aplicaciones culinarias. Aprendimos que Colombia tiene actualmente más de 140.000 hectáreas sembradas de coca, una cantidad que nunca ha logrado ser disminuida de manera significativa con mecanismos de erradicación como el glifosato, la erradicación forzada manual o los programas de sustitución de cultivos. Constaté que Colombia sufre de locura estructural: por décadas ha intentado combatir el problema de la droga repitiendo las mismas fórmulas esperando resultados diferentes. La propuesta de los anfitriones era sencilla pero provocadora: ¿por qué no darle otro uso a esta planta poderosa? Un uso que no resulte en la denigración y estigmatización de sus cultivadores y que aproveche las propiedades químicas de la planta, un uso que permita una industrialización consciente que fortalezca el mercado gastronómico, agrícola, textil, industrial, creativo, científico y médico.

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Fotos: Alejandro Osses

Ante esta premisa, me pregunté: ¿cómo es posible que existan todas estas potenciales aplicaciones de la coca y sepamos tan poco? Tristemente, la voluntad política y, por ende, la regulación nacional e internacional [4] ha logrado mantener en relativa oscuridad el potencial científico de la coca. Solo a través de las excepciones de “uso científico” y “uso médico” se han podido desarrollar investigaciones entorno a los usos alternativos. Pero aún así, en Colombia el sistema institucional es tan confuso y lleno de zonas grises y dualidades [5] que muchos de estos esfuerzos se han visto truncados.

Históricamente, Colombia ha tenido un sistema altamente punitivo y prohibicionista, enfocado en la estigmatización del productor de hoja de coca, tildándolo en algunos casos de “narco cultivador”. Es un sistema, por lo demás, inefectivo. En comparación con Bolivia y Perú, Colombia es el país que más ha erradicado y más ha confiscado coca y aun así es el que más extensiones de coca sembrada tiene y el que más densidad de siembra tiene por cada 100.000 habitantes . Además, tanto Perú como Bolivia cuentan con entidades estatales (como la Enaco en Perú y el Viceministerio de la Hoja de Coca en Bolivia) que han permitido y fomentado el desarrollo de la industria de la coca, mientras que Colombia no [6]. O, ¿a quién creían que Coca Cola le compraba la coca para su fórmula magistral? Ahí les dejo esa pregunta.

Bajo esta realidad, ¿cómo es que nuestros anfitriones habían logrado avanzar en investigaciones concretas, trabajando de la mano de la comunidad campesina de Lerma, Cauca? 

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Fotos: Alejandro Osses

Pues bien: la ley 30 de 1986 creó el Fondo Nacional de Estupefacientes (FNE) y reguló los permisos y licencias que dicha entidad puede otorgar para investigar la hoja de coca. El entramado de requisitos, exigencias, costos y gestiones es extenso, complejo, burocrático y excluyente. Tanto así que, a la fecha, solo un centro de investigación ha logrado obtener este permiso: el Sena Regional Cauca, de la mano de nuestros anfitriones. Ellos superaron el tortuoso proceso para poder investigar (y por ende comprar legalmente) la hoja de coca [7]. La licencia obtenida les permitió realizar investigación “sobre la producción tecnificada de abonos orgánicos sólidos y líquidos a partir de la hoja de coca para fertilización de cultivos transitorios” [8], otorgándoles un permiso renovable de compra local durante 5 años.

Al día siguiente arrancamos para Lerma, a 4 horas de Popayán por la vía panamericana. Al llegar nos recibió una comunidad campesina, los productores aliados del proyecto, a quienes el Sena y la Fundación Tierra de Paz le compran la hoja de coca. La licencia otorgada permite que les compren un máximo de 2.4 arrobas (30 kilos) por campesino cada 4 meses. La arroba cuesta entre 45.000 y 75.000 COP según la temporada [9], es decir, entre 1.500 y 2.500 COP el kilo. Comparando nuevamente con nuestros países vecinos, este precio es más bajo que el precio de venta de coca legal en Bolivia y Perú .

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Fotos: Alejandro Osses

En Lerma se le da un uso alternativo a la hoja de coca desde hace 60 años. A parte de usarla para el mambeo, han aprendido a incorporarla en varias preparaciones culinarias, procesando la hoja en harina y utilizándola en galletas, limonada, tortas y cancharinas, aprendiendo con el tiempo sobre sus propiedades nutricionales. Con todos estos productos nos recibieron de manera cálida y hospitalaria en sus fincas llenas de hortalizas y hierbas, estanques de tilapia, forraje nativo, cultivos de café, cacao, frutales y, por supuesto, cultivos de coca (principalmente la variedad Pajarito, que se propaga por semilla). Todo sembrado de manera agroecológica. 

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Fotos: Alejandro Osses

Si bien la comunidad se ha aventurado a incorporar la hoja de coca en su alimentación, el proyecto con el Sena se centra en investigarla como insumo de fertilizantes o abonos. Es aquí donde se han alcanzado unas victorias importantes que le han permitido a la misma comunidad estructurar esquemas productivos para varios cultivos que garantizan su seguridad alimentaria, utilizando los abonos agroecológicos hechos con hoja de coca. Todos los campesinos que utilizaron los abonos desarrollados y probados participativamente por ellos en campo y por el Sena Regional Cauca en laboratorio [10] afirmaron ver una mejora en la productividad y en el rendimiento de sus cultivos, así como en la calidad de sus suelos. Todo esto sin contaminar la tierra con productos petroquímicos. Poder cultivar y vender la hoja de coca sin sentirse apenados o perseguidos ha generado entre ellos una cohesión social y un fortalecimiento comunitario que antes no existía.

Lo más emocionante de la visita fue ver cómo el proyecto de abonos de coca unía a los jóvenes y a los viejos en el trabajo. Así pudimos apreciarlo en la finca de Jorge, quien con su hijo Edwin, preparaban las diferentes fórmulas (algunas mezcladas con humus de lombriz, otras con “monte picado”, y otras con estiércol de vaca y cuy) y evaluaban cuál era más efectiva. Durante la visita, Edwin nos explicó que después de agregar la levadura casera, la cal y la miel de purga (o panela cuando esta escasea) al abono, la mezcla se debe dejar compostar un tiempo y, una vez listo el abono, se diluye un litro del mismo en 20 litros de agua para ser aplicado a los cultivos. 

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Fotos: Alejandro Osses

Al volver a Popayán, en una de las cocinas del Sena, los cocineros invitados (profesionales y amateurs) nos lanzamos a incorporar la coca en una diversidad de recetas: pan de bono, mantequillas saborizadas, tartas, pancakes, cremas dulces, gelatina de pata, buñuelos y hasta cocteles se hicieron. 

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Panacoca, receta Reto Coca 2022. Foto: Alejandro Osses

Nos fuimos del Cauca pensando en las otras aplicaciones que nuestros anfitriones habían mencionado y encontramos que, en el sector textil, varios emprendimientos colombianos de ropa iban a montar un show-room para exhibir telas y prendas teñidas con hoja de coca. Supe después que habían salido más de 47 colores diferentes cuya base fue la hoja y la harina de coca [11].

Con respecto a otras iniciativas de investigación, la Universidad de los Andes está en proceso de formalizar un convenio con Coca Nasa y con la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca (Asin) para impulsar un modelo de investigación intercultural y multidisciplinario, en donde se realicen intercambios presenciales de conocimiento ancestral indígena sobre las propiedades de la coca en campo con desarrollo científico “occidental” en los laboratorios de la universidad. Esto hace parte del esfuerzo global del Ceced (Centro de Estudios sobre Seguridad y Drogas) para ampliar los horizontes de los usos alternativos de la coca. Paralelamente, la universidad está en el proceso de tramitar el ya mencionado permiso de investigación ante el FNE para que, bajo el modelo investigativo explicado, puedan estudiar concretamente los efectos fisiológicos de la hoja de coca [12].

Si todo esto se está pudiendo hacer con los lastres de una legislación desactualizada, retrógrada y restrictiva, imagínense todo lo que se avanzaría si nuestro gran estado saliera de la edad media y se diera cuenta que los potenciales usos de la hoja de coca implican una industria de millones de dólares.

Es cierto que ha habido intentos de cambio, pero todos fallidos. En el 2003 se presentó el proyecto de Ley número 195, “Por el cual se despenaliza la comercialización de las hojas de coca, marihuana y demás plantaciones cuya utilización tenga fines medicinales, terapéuticos y alimenticios”. En el 2004, se presentó el proyecto de ley número 247, “Por medio del cual se permite el cultivo, la tenencia, el uso y consumo de la hoja de coca en su estado natural”. En el 2012, se presentó el proyecto de ley número 203, “Por medio del cual se despenaliza la siembra y cultivos de la mata de coca, marihuana y otras plantas que producen sustancias psicoactivas". En el 2020, se presentó el proyecto de ley número 236, “Por medio del cual se establece el marco regulatorio de la hoja de coca y sus derivados y se dictan otras disposiciones”. Aunque todas estas iniciativas se hundieron, actualmente sí existe una herramienta normativa (y política) muy fuerte con sustento filosófico y dogmático que sería la base para un desarrollo legislativo y reglamentario completo y actualizado: el Acuerdo de Paz del 2016, que en lo relativo a este tema no fue lo suficientemente aterrizado y explícito, pero contiene un capítulo entero sobre el giro que debe dársele a los cultivos ilícitos.

Gustavo Petro arrancó su discurso de posesión recalcando el fracaso de “la guerra contra las drogas”: esta política con enfoque criminal, militar y penal que se ha implementado por más de 30 años sin obtener resultados positivos. Es hora de darle otro enfoque. Es necesario avanzar en las herramientas institucionales que transformen este proceso para cambiar el discurso de “la guerra contra las drogas” a uno que contemple la situación de derechos humanos de los productores y que, con sustento científico, regule y promueva los usos alternativos. Este fue el mensaje del presidente. Vamos a ver si en los primeros 100 días de gobierno la retórica se convierte en acciones y se radica un proyecto de ley que efectivamente haga que el futuro de la coca sea ahora, y que esta oportunidad la aproveche Colombia y no una multinacional extranjera. 

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Foto: Alejandro Osses

Notas 

1. Sentencia C-882/11 sobre el art. 42 de la C.P; Convención de Viena de 1988; Convenio 169 de la OIT de 1989. 

2. La Industrialización de la Hoja de Coca: un camino de innovación, desarrollo y paz en Colombia. Open Society Foundations, Dora Troyano y David Restrepo. 2018.

3. Usos, Impactos y Derechos: Posibilidades Políticas y Jurídicas para la Investigación de la Hoja de Coca en Colombia. Elementa. 2018.

4. La Convención Única de Estupefacientes de 1961 (el tratado internacional principal que conforma el marco legal internacional para el control de drogas) cataloga a la hoja de coca (junto con otras sustancias como la cocaína, heroína, y opio y derivados) como una sustancia de la lista 1, lo cual significa que le deben aplicar “todas las medidas de fiscalización, incluyendo la limitación de las cantidades de fabricación y de la importación, en algunos casos, incluso del cultivo y producción.” Esto además se hizo sin un sustento científico riguroso.

5. La Industrialización de la Hoja de Coca: un camino de innovación, desarrollo y paz en Colombia. Open Society Foundations, Dora Troyano y David Restrepo. 2018. Si bien la Constitución Política y algunos tratados internacionales (interpretados por la Corte Constitucional y el Consejo de Estado) han abierto unas ventanas para permitir otros usos de la hoja de coca, entidades como el Invima (circular 601029407 del 2007 y alerta sanitaria 001 de 2011) han restringido su comercialización a personas no pertenecientes a etnias indígenas.

6. La Industrialización de la Hoja de Coca: un camino de innovación, desarrollo y paz en Colombia. Open Society Foundations, Dora Troyano y David Restrepo. 2018.

7. Resolución 446 de 2017 del FNE.

8. Documento del Sena: Producción tecnificada de abonos orgánicos sólidos y líquidos a partir de la hoja de coca para fertilización de cultivos transitorios.

9. Entrevista a Dora Troyano, coordinadora Alianza Coca Para la Paz.

10. En términos de ensayos, la Universidad del Cauca y el Sena han realizado estudios puntuales sobre los resultados de diferentes abonos de hoja de coca en el cultivo de la arveja. Se evaluaron indicadores como altura de las plantas, granos por vaina, peso, producción en grano verde y rendimiento, obteniendo resultados superiores en un 28%-34% a los obtenidos con biofertilizantes comerciales. Se están terminando estudios para los cultivos de piña y café.

11. Entrevista a Juanita García, fundadora de Priah Heritage.

12. Entrevista a Verónica Akle, investigadora y profesora de la Universidad de los Andes.

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