El infierno de Alixon (un mensaje para el canciller)

El infierno de Alixon (un mensaje para el canciller)
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Olga L. González

En mayo pasado, en París, fue por fin el juicio. La asesinada: una mujer colombiana cuyo cuerpo nunca apareció. El crimen hubiera podido pasar desapercibido, quedar en la impunidad total. Si las cosas hubieran salido como previstas, el nombre de Alixon Ortega nunca hubiera llegado al conocimiento de los jueces ni de la prensa. Una serie de circunstancias les salió mal a los asesinos. En particular, el incendio de un apartamento en el tranquilo barrio 15 de París atrajo a bomberos y policías, y sobre todo, desenredó el hilo de una historia sórdida y violenta.

No sabemos gran cosa de Alixon Ortega, salvo que era colombiana, que tenía 26 años y que ejercía la prostitución. No sabemos si viajó directamente a París, o si entró en contacto con las redes proxenetas en España y solo iba a París por temporadas. Sabemos que su “jefe”, en realidad su explotadora, era una mujer española (María Paz Gallardo) también de 26 años. Al parecer, fue ella quien la asesinó, pues Alixon pensaba denunciarla por algún tipo de abuso. Y fue la mujer española quien, para ocultar el crimen (la mató a cuchillazos) y con hombres que contrató para tal efecto, provocó accidentalmente una explosión y un incendio en el que ella también murió.

Varios de los hombres ligados al crimen fueron finalmente arrestados (uno de ellos estaba en el apartamento del barrio 15 cuando sucedió el incendio). Se presume que la mujer española los habría “contratado” para hacer desaparecer el cuerpo de la colombiana. Un tribunal penal los juzgó, les dio penas de hasta 12 años (aunque el principal culpable está prófugo).

La Policía no logra remontar mucho más allá. En todo caso, este tipo de crímenes de los márgenes de la sociedad no son los que más generan mayor dedicación por parte de las autoridades. Probablemente, nadie en Colombia sabía sobre este feo crimen, uno de tantos en los que se ven involucradas las personas situadas en lo más bajo de la escala social.

En los países con alta pobreza, muchas mujeres emigran a otros países para dedicarse a la prostitución. Ellas saben que este oficio les genera un mejor ingreso que si se emplearan en los sectores “tradicionales” (cuidado de ancianos o niños, limpieza). Y aunque existe un discurso muy difundido sobre el empoderamiento que se logra por vía del trabajo sexual o prostitución, la realidad suele tener menos glamour: primero, porque es un medio sumamente violento, y segundo, porque en él están sobre representadas las mujeres de sectores populares (y no las académicas o activistas que hablan en su nombre).

La pregunta es qué puede hacer el Gobierno colombiano con y por sus migrantes alrededor del mundo que se encuentran involucrados en delitos, que están presos en cárceles alrededor del mundo o que sobreviven en ambientes con grandes dosis de violencia.

En el Gobierno que recién termina vimos las intensas gestiones que hizo la canciller Marta Lucía Ramírez para darles ayuda jurídica a los presuntos asesinos colombianos del presidente de Haití. No la vimos moverse con el mismo afán ni para defender a los miles de colombianos presos por pequeños delitos (muchos, por tráfico de estupefacientes), ni para pronunciarse contra las redes de trata y tráfico de personas que explotan a muchos colombianos que viven en el exterior (un ejemplo de ello es esta red de trata que la Policía de España desarticuló recientemente).

El Gobierno que entra tiene un compromiso con las mujeres, con los migrantes colombianos, con la vida, con los sectores más vulnerables de la población. En vísperas de la instalación de Gustavo Petro como presidente, en esta columna quiero mencionar a las personas que, como Alixon Ortega, han vivido un infierno por fuera de su país. Anhelo que el nuevo Gobierno -y en particular, el nuevo canciller- sepa escuchar las necesidades sentidas de sus migrantes más vulnerables y más desprotegidos. Y, en primer lugar, de las miles de mujeres en redes de prostitución.

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