El racismo infantil no contará con nuestro silencio

El racismo infantil no contará con nuestro silencio
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El pasado fin de semana, el país amaneció con la terrible historia de Kerlin Murillo Mena, quien narró en redes sociales el infierno que ha vivido su familia por cuenta del racismo y la discriminación racial que han sido objeto en el departamento de Boyacá.

Seguramente, quienes criamos a niños negros en esta nación sentimos cada frase de esta historia como una pesadilla que se revive una y otra vez, como un dolor a cuentagotas permanente. Y no dudamos de la veracidad del caso. De hecho, sumando nuestras propias experiencias en la socialización de nuestros hijos, podríamos llenar un muro de lamentaciones del tamaño del planeta Tierra (y faltaría espacio) para hablar del acoso racial en las escuelas y colegios.

Quienes nos sentimos parte de la reserva moral de la sociedad, quienes nos declaramos activistas decentes, debemos llamar a las fuerzas amorosamente radicales de la sociedad a manifestarnos abiertamente contra los crímenes por odio racial y el rol de la escuela en todo ello. Este punto se torna delicado porque encuentra en la obstinada negación social el mejor combustible para prender la hoguera.

En otras palabras, si Colombia sigue negando su racismo, no hay manera de acumular lecciones aprendidas en la erradicación de ese flagelo.

No solo es estremecedora cada palabra que la madre expresa en su narrativa, sino que es inevitable pensar que, como sociedad, tenemos las herramientas epistémicas, políticas, jurídicas, educativas y, por supuesto, de movilización para preguntarnos qué es lo que no ha funcionado en la protección de nuestros hijos. Y ante el giro en la política colombiana con las recientes elecciones presidenciales, podríamos preguntarnos: ¿qué habría que hacer de forma inmediata, durante el gobierno de Márquez y Petro, para que estas graves denuncias obtengan las garantías necesarias de no repetición?

Dice la profesora, madre de dos pequeñitos, negra y por lo tanto pobre, que se ganó un concurso docente —ya eso es un logro importante en un país de desempleados— que todo iba bien en la virtualidad hasta que, cuando se retomó la normalidad académica, la vieron físicamente, vieron su pigmentación. Ahí, según su testimonio, empezó la más terrible cacería de brujas que una institución educativa pueda emprender en contra de una colega por su fenotipo, dice la víctima.

Esa maestra denuncia con nombre propio a cada persona que la racializó; dice el momento exacto en el cual sucedieron los hechos; señala los roles de cada estamento que causó el daño y acompaña su denuncia con fotos y videos. Es un extraordinario expediente por la justicia racial en la infancia.

Dediquémonos a pensar qué enseñanzas nos deja el caso de la maestra Murillo.

Por un lado, su sentir como mujer, madre y lideresa de una comunidad educativa. Se nota su talante de pedagoga. Sin duda, la entrevista que otorga esta mujer a un medio de comunicación deja traslucir su capacidad de diálogo. Esto es fundamental para encontrar las salidas dialogadas a temas tan complejos que pueden salirse de control.

Por otro lado, los niños son el centro de la disputa racial. Dado que la escuela es el primer laboratorio social, allí es visible la configuración de la lógica colonial que se traslada de currículos eurocéntricos y materiales didácticos “descoloridos” y a una formación de maestros descontextualizada.

Así que la oportunidad está servida para seguir aprendiendo a través de casos concretos como el que narra la maestra Murillo. El racismo en la escuela no contará con nuestro silencio y denunciamos todo, todo lo que tengamos que decir ante la desesperanza que la escuela blanca quiere imponer.

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