El Régimen y la corrupción

Html
Corrupcion.jpg

Corrupcio?n06082020-min.jpg

Decir que el problema más grande de Colombia es la corrupción se queda corto. La complejidad de nuestra paquidermia no solo se encuentra en el hecho de que los políticos roban, sino en las maneras en que lo han logrado durante tanto tiempo y sin mayores consecuencias.

Eran los años 80 cuando Álvaro Gómez Hurtado lanzó su lectura del andamiaje institucional colombiano desde la figura de la “complicidad”, el monstruo que a bien bautizó como Régimen, sintió por primera y última vez su amenaza. Según Gómez Hurtado, para aquel momento el destino institucional del país no estaba regido ni por los gobernantes de turno, ni por los gremios empresariales, sino más bien por una maraña de complicidades que históricamente se había tejido con el único fin de robarse el erario público. Personas que hacían parte del Estado, sin necesariamente abogar por escenarios de mando o popularidad, que solo tenían por interés la búsqueda de cómplices que salvaguardaran sus espaldas y mantuvieran silencio mientras se llevaban al bolsillo el futuro del país.

Casi veinticinco años después de su asesinato, seguramente perpetrado por todos aquellos que temían su voz y sus acusaciones, seguimos viviendo bajo el mismo Régimen. Si bien es cierto que en los últimos años varios escándalos de corrupción han sido expuestos a la luz pública y unas cuantas personas han sido condenadas por ello (el cartel de la toga, el cartel de la hemofilia, los carruseles de la contratación, los Nule, Odebretch y otros impresionantes titulares), pareciera que seguimos dando tumbos en el camino hacia la remoción de la corrupción enquistada en la institucionalidad colombiana.

Si le preguntáramos a Gómez Hurtado cómo funciona el Régimen, en términos de instituciones públicas, muy seguramente nos indicaría que este tiene su origen en una intención corrupta. Un político que decide quedarse con una porción de un contrato público, por ejemplo. Para poder lograrlo, no solo debe tener complicidad con el contratista sino con quien contrata, y para asegurarse un futuro próspero y tranquilo, ha de garantizarse cómplices en los órganos de control. Si elevamos esa decisión a la potencia que requiere nuestra realidad, es difícil no sentirse abrumado al reconocer cuán monstruosa debe ser la magnitud del entramado.

Decir que el problema más grande de Colombia es la corrupción se queda corto. La complejidad de nuestra paquidermia no solo se encuentra en el hecho de que los políticos roban, sino en las maneras en que lo han logrado durante tanto tiempo y sin mayores consecuencias. Crear mecanismos para “parar la corrupción” no es suficiente si no entendemos, como ya nos advertían en los 80, o incluso antes de que los carteles pusieran presidente, que la apuesta debe ser estructural. Que el problema está enquistado en el seno de la institucionalidad y que, por consecuencia de esto, es tremendamente complejo que ella misma sea capaz de deshacerse de lo que la asfixia.

Desde hace un tiempo, cuando el optimismo nacional me cobija, me gusta volver sobre aquella entrevista que María Jimena Duzán le hizo al expresidente Ernesto Samper hace algunos meses. Allí, Samper no solo insiste en su inocencia respecto de la comprobada participación del narcotráfico en su campaña, sino que se muestra como el colombiano más interesado en la resolución del magnicidio de Gómez Hurtado. Viendo esa entrevista, viendo su tranquilidad, me recuerdo que el optimismo no tiene sentido cuando no hay justicia. 

Temas destacados

*Este es un espacio de opinión y debate. Los contenidos reflejan únicamente la opinión personal de sus autores y no compromete el de La Silla Vacía ni a sus patrocinadores.

Compartir
Preloader
  • Amigo
  • Lector
  • Usuario

Cargando...

Preloader
  • Los periodistas están prendiendo sus computadores
  • Micrófonos encendidos
  • Estamos cargando últimas noticias