El sueño americano

El sueño americano

Las paredes del colegio del Pueblo de Barú están llenas de rayones que dicen “Nike”, “Yeimy el de las tres rayitas”, “Damian de la Under Armor”, “Junior de la Nike”, los pupitres también con “la de Adidas Daisy”, “el Cultura Nativa” y el chulito de todos los colores.

Perdí la cuenta de cuantos tatuajes de Nike o del logo de Adidas vi en los brazos de baruleros, o delineados en su diseño del pelo cuando se “mutilaban”. El peluquero que lograra diseñar mejor los logos era el más cotizado. Recuerdo que, cada vez que podían, mis estudiantes me pedían o quitaban sin permiso mi Sharpie negro para poder pintar el chulito en sus tenis blancos, en la camiseta o en la maleta.

Para las fiestas patronales baruleras de mayo y de diciembre, me acuerdo, recogían plata e invertían, aunque eso significara no tener para comer, en una camiseta “original” y al estrenarla le dejaban la marquilla por fuera, para que se viera.

Me impactaba la cantidad de veces que mis estudiantes, desde tercero de primaria hasta once, me preguntaron si mis tenis, o reloj, o pantalón o lo que sea era “original”. Si era de los de Estados Unidos.

Me llamaba la atención también que la mayoría de sus nombres tuvieran dos vocales cuya combinación proviene de la pronunciación de una sola vocal pero en inglés, como “ei” -a, en inglés- como Yeimi, Leidy, Jeidi, Daveidis, Yuleis, Yuleimis, Deisy, entre otros. O “ai“ -i, en inglés- como Danai, Julai, Kaiver, Yaider. O si no James, o Eric, o Junior, o Wendy, que son realmente nombres americanos, pero colombianizados.

A veces, después de un fin de semana o un festivo, llegaban al colegio estudiantes, hombres, con un billete de dólar amarrado en el collar, pues trabajando en Cholón algún turista le pagaba un dólar, y era una especie de buena suerte, de amuleto.

En mis clases de inglés, quizás una de las más exitosas, fue cuando decidí explicar los eslogans de marcas -como “Just Do It”- para explicar el complejo verbo “do”, o “Impossible is nothing” y hacer juegos de reconocer logos y entender qué significan, como “Under armour” para explicar las preposiciones de lugar, entre otros. Esto sí los motivaba a participar y a discutir entre ellos. Cosa que no lograba casi con ningún otro tema.

No dimensionamos la fuerza y poder que ejerce Estados Unidos en nuestras identidades, en nuestros anhelos e ideales. Todo lo que rodea y produce Estados Unidos, que consumimos en las películas, en la música, en todos los múltiples formatos de entretenimiento, en los productos, marcas, en sus personajes famosos, sus logros y acontecimientos. Han construido un referente idealizado, un todopoderoso, un modelo a seguir patriarcal en el que la subordinada -en femenino- es Colombia. Ese imaginario colectivo que venera lo extranjero se sustenta en la premisa de que Colombia, y todo lo colombiano, es de inferior categoría.

Escribo esto en un avión cuyo destino es Boston, donde estudiaré una maestría en educación por un año. Estoy de llanto atascado y corazón empichado pues no me gusta irme de Colombia. Siento dualidad por conscientemente caer en ese sueño idealizado “americano” y el prestigio ilusorio colonizador de “estudiar en Harvard”, y la arrogancia que eso acarrea. Me acuerdo de mis estudiantes y esas dinámicas de poder. Cuántos años llevamos buscando ser lo que no somos.

Por generaciones, las familias de estratos que hemos tenido el privilegio de viajar internacional, viajamos a Estados Unidos -o a Europa- y los que no lo tienen, ahorran y se endeudan lo que tengan que endeudarse con tal de poder viajar y comprar una camiseta cuya marca sea lo suficientemente visible. Hablo en primera persona plural porque mi familia lo hizo por mucho tiempo. Recuerdo que fuimos a Disney unas diez o doce veces, toda mi ropa fue por mucho tiempo, ropa gringa, pues en Colombia no se encuentra “nada”: los jeans, las sábanas, las toallas, las cosas para los bebés, los juguetes, las cosas de tecnología.

Cuando vivíamos en Nicaragua, de mis ocho a doce años, recuerdo lo recurrente que era hablar de “los Estados” y competíamos con cuántas veces habíamos viajado o de si conocíamos todas las tiendas, y dónde quedaban y si conocíamos los centros comerciales de Miami, y las avenidas y recuerdo que yo también quería tener jeans Abercrombie y maleta JanSport pero el nuevo modelo comprado en EE.UU. Cuando llegué otra vez a Bogotá, en mi colegio, bilingüe privado, era igual. Incluso ser lisa y mona, tener ojos azules, usar las mismas marcas y estilos gringos era, y todavía es, referencia para nuestra estética e ideales de belleza.

Me tomó tiempo ser consciente de esa idolatría y cuestionarla. Así como se manifiesta en banalidades, también replicamos estándares estadounidenses de orden, de cultura, de prioridades que permean nuestro ideario del éxito, de lo correcto. Imitamos lo que vemos en películas, en series, en propagandas. Es que incluso nuestro sistema educativo y pedagógico ha sido copia de metodologías norteamericanas.

Incluso a pesar de la diametral diferencia de contexto, en la política hemos también imitado a un Gobierno presidencialista, no presidencial, y dinámicas de poder como de la Casa Blanca.

También la organización de un Estado dividido en tres poderes. De vainas no somos federales, pero casi. Es más, seguimos las elecciones de Estados Unidos como si fueran nuestras, y hacemos campaña a ciertos candidatos y le creemos a todas las investigaciones o cifras o estadísticas sociales o científicas si son norteamericanas casi que incuestionablemente, hace parte de nuestra retórica argumentativa. Me acuerdo de un profesor de sociales de octavo que una vez nos dijo “EE. UU. estornuda y a Colombia le da gripa”.

Entrar a una universidad americana, irse a estudiar y trabajar en EE. UU ha sido elevado al mayor y más meritorio logro. ¿Cuántas generaciones hemos perdido porque se han ido y quedado? ¿Cuántos talentos? Convencidos que “allá las cosas sí funcionan”. ¿Cuántos, por ejemplo, ante la desconfianza -legítima, no voy a decir que no- del plan de vacunación nacional, no se aguantaron su turno para la vacunación y volaron para vacunarse, y también para chicanear que viajaron a vacunarse? Lo que es solo un ejemplo, de nuevo, de todo lo anterior.

Incluso, ante la reciente crisis de Afganistán surgieron todo tipo de posiciones reprochando al presidente Biden por irse de un país al que nunca debieron invadir en primer lugar. Lo que solo refuerza ese paternalismo omnipotente que controla, define e invade en nombre de la “democracia” o la “seguridad” o el “desarrollo”. Qué daño ha hecho que esas palabras sean unilateralmente definidas.

¿Cuánto tiempo más vamos a seguir viviendo como colonizados y a la merced de nuestro colonizador económico, cultural, social? ¿Cuánto tiempo más nos va a tomar darnos cuenta de que lo nuestro vale y vale por sí solo? Que en Colombia hacen buenos jeans, que nuestras sábanas funcionan perfecto, que la panela es más rica y menos tóxica que la Coca Cola, que el logo de una marca es un anhelo irrisorio, que acá lo que hay es trabajo, que tenemos excelentes científicos, y artistas, y universidades de talla mundial, y que nuestra cultura es distinta, y que no somos de pelo rubio y que menos mal no lo somos. Tampoco puedo desconocer que ese afán por fugarse viene de una inviabilidad de construir un proyecto en Colombia por las condiciones de violencia que nos ha desangrado por tantos años.

Fue hace relativamente poco tiempo que tomé conciencia de esto y logré, parcialmente, emanciparme de esa adoración ciega a lo estadounidense. Me he vuelto un poco radical en comprar solo colombiano y de cuestionar esa idolatría de, por ejemplo, evitar usar palabras en inglés para explicar lo que se puede hacer en español, maña arrogante y excluyente que tanto hice en el colegio. El contexto no solo importa, sino que seguir referentes tan alejados de nuestra historia, cultura y dinámicas sociales, es condenarnos al fracaso, a la perpetua indignación y comparación obsoleta.

Ahora, yo sí creo, y cierro esta columna con esperanza, que esta consciencia no es solo mía y que hemos cambiado. La gran mayoría de mis amigos y amigas estudiaron y trabajan en Colombia y también un gran porcentaje lo hace para Colombia. Comprar colombiano ya está de moda, y aunque seguimos practicando la queja, la indignación y la comparación como deporte nacional, en las nuevas generaciones, e incluso no tan nuevas, como la mía, hay una actitud más propositiva y comprometida con que Colombia es nuestra y todo lo que somos es invaluable. Yo me voy, sí, solo para volver.

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*Este es un espacio de opinión y debate. Los contenidos reflejan únicamente la opinión personal de sus autores y no compromete el de La Silla Vacía ni a sus patrocinadores.

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