Emancipación silenciosa

Emancipación silenciosa

"Los libros leídos ayudan a soportar el dolor o el miedo, a transformar las penas en ideas y a recuperar la alegría".

Marley Meléndez Moré

La lectura forma el pensamiento crítico. Es una necesidad para el desarrollo de un país. Según la última medición del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (Cerlalc), en nuestro país se lee poco y se hace por necesidad y no por placer. 

En Colombia más de 28 millones de personas viven en la pobreza; con hambre es difícil propiciar el hábito de la lectura. Si las condiciones estuvieran dadas, qué peligrosas serían todas esas personas armadas con su intelecto para derrocar gobiernos mediocres.

 

Luz Estela Fajardo, Helbert y Marley Meléndez nos comparten sus testimonios de vida en ambientes donde era poco probable que aflorara la adicción por los libros.

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Helbert Meléndez tenía ocho años cuando por primera vez entró a la casa donde su madre, Julia Victoria Peña, trabajaba como cocinera.

De esa casa grande, ubicada en Manga, le llamó la atención que los muebles tuvieran bases de madera tallada con la forma de las batatillas, en cada mesa podía apreciar la mirada perdida de mujeres blancas en miniatura, con diversas posturas delicadas, que hacían un baile rígido que daba pavor tocar por miedo a destruirlas. Todo era reluciente, como si hubiera sido creado para su contemplación y no para su uso.

Pero nada de eso llamó tanto su atención como el mueble de pared a pared que contenía una especie de tablas gruesas de muchos tonos oscuros y destellos dorados con signos indescifrables que nunca en su vida había visto.

Maravillado con esos objetos extraños que al abrirlos contenían hojas como las de los periódicos que usaban para envolver el pescado, le preguntó a su madre qué era todo eso.

Ella le respondió: "La diferencia entre ricos y pobres".

La postal turística que le mostraba Manga era muy diferente a la panorámica de extrema pobreza de la Ciénaga de la Virgen, donde vivía con sus cuatro hermanos y su madre en un palafito de 15 metros cuadrados, en los que cabían dos camas sencillas puestas como una cruz.

Hoy, en un sueño recurrente aparece esa casa en la que vivió por más de dos décadas. La conserva intacta en su memoria, con su base de troncos fuertes de mangle, paredes de tablas y piso de fango; iluminada con la lámpara de queroseno o inundada por las fuertes lluvias.

Al llegar al colegio, contó con la misma suerte de Albert Camus: encontró un buen mentor.

En el Liceo Bolívar, el profesor Orozco le contagió su pasión por la lectura, le enseñó a mirar el mundo con los ojos de la poesía y le mostró de forma contundente que la educación era la única forma de salir de la pobreza que había heredado.

Mientras los jóvenes de su edad se iban a trabajar duro de lunes a viernes, él se levantaba a las cinco de la mañana para leer.

Con "Crimen y castigo" entre las piernas, en su cabeza cobraba vida Raskólnikov que, a pesar de haberse convertido en un asesino, lo podía comprender perfectamente.

Helbert no necesitó matar a una usurera con un hacha para defender a la humanidad de la injusticia; su forma de rebelarse era una lucha contra sí mismo y su capacidad de extraer de los libros, el mayor conocimiento posible.

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El 20 de agosto de 2021 Marley Meléndez Moré, hija de Helbert, recibió su título de maestría en Estudios de Cultura y Comunicación de la Universidad Veracruzana.

Durante su disertación se sintió cobijada por la sombra del palo de mango del patio de su casa familiar al hablar del tema que más le apasiona: los referentes afroculturales desde la literatura infantil. Su tesis tuvo mención honorífica.

Mar creció rodeada de libros. Su madre la abrigaba con sus relatos asombrosos y su padre le enseñó a hablar recitándole los versos que él mismo escribía.

En 1998, cuando tenía 11 años, la familia de Mar vivió en carne propia los estragos de una economía arruinada, tuvieron que mudarse de Cartagena a Turbaco. No pasaron hambre gracias a la yuca, que aprendieron a cocinar de todas las formas posibles.

Para desconectarse de esa realidad, escribía relatos en donde sus anhelos cobraban vida en la piel de Daniela Vivaldi, una niña blanca, millonaria, que tenía amores furtivos y comía manjares.

Muchos años de estudio y experiencia de vida le servirían a Mar para darse cuenta que ese personaje no sería su modelo a seguir.

Sus amigos le decían que, como negra, tenía dos posibilidades en la vida: casarse con un extranjero o estudiar. Ella escogió la segunda.

Por sus propios medios, estudió literatura en la Universidad de Cartagena. Fue una batalla consigo misma, trabajar y estudiar era extenuante, cada noche peleaba contra el cansancio para lograr concentrarse en los libros.

En ese camino conoció a la promotora de lectura Luz Estela Fajardo. La inspiración que le dio fue tan grande que sintió que quería ser como ella.

Se dio cuenta que la literatura no es suficiente por sí sola, que hay niños y niñas que se sienten abrumados por su realidad y así es imposible crear un hábito de lectura, que existen pocos libros de afros y que es necesario construir nuevas narrativas para que los niños y las niñas vean las representaciones de la rica cultura afro. Pero ya no desde la victimización y la exclusión, sino desde la necesidad de la diversidad.

En nueve años ha ganado concursos de escritura, ha sido profesora de literatura y filosofía y, desde su orilla, trabaja por bajar los índices de ignorancia.

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Luz Estela Fajardo es una narradora de historias poderosa, la seguridad en sí misma. Todo el conocimiento que ha adquirido de los libros lo refleja en su gesticulación y su timbre de voz, que atrapa a todo el que haya tenido el privilegio de estar en un encuentro de lectura con ella.

 

Junto con su esposo, Iván González, lidera Puro Cuento, organización que tiene como misión la divulgación de la cultura como un derecho.

Su biblioteca tiene más de 3.500 libros que ha escogido con mucho rigor, teniendo en cuenta desde la ingeniería del papel hasta la forma como los autores abordan los temas: lejos de prejuicios.

 

Está convencida de que un buen lector es el que ha tenido una buena oralidad en la infancia. Y en ese sentido, su casa que se había convertido en una biblioteca abierta para su pueblo en la Guajira, es ejemplo de ello.

 

Inmersa en una cultura machista y violenta con las mujeres, en su casa se ejercía el feminismo sin decirlo. El cuidado del hogar estaba dividido sin esclavizar a las mujeres, a pesar de que su padre trabajaba de lunes a viernes lejos de casa, los fines de semana veía como se ponía el delantal para hacer los oficios.

Su madre, como pedagoga, enseñaba con el ejemplo a encontrar la felicidad asumiendo su propia libertad, sin la presión de buscar su realización en la maternidad.

En su memoria guarda como una cicatriz, el día en que un conocido de la familia golpeó a su hija brutalmente con unos cables por haber perdido la virginidad. Él justificaba su furia por haberse sentido humillado por el hombre que no había querido comprometerse.

Ese episodio contrasta con la figura femenina que más la influenció desde niña, la hermana de su abuelo que había enviudado a los 28 años y que, en la hostilidad del desierto, le demostraba que se podía vivir libre del sometimiento masculino; con ella leía a Vargas Vila mientras la veía cultivando algodón y vendiendo hilos para sostenerse.

Sobre su experiencia de lectura en los hospitales prefiere no dar detalles, no quiere ser como aquellos poderosos que se dignifican con las imágenes de los desvalidos.

Le basta con decir que no es cierto que la lectura sea reparadora; es transformadora. Quien entra a un libro no vuelve a ser el mismo.

En la extrañeza del mundo hospitalario observa familias sometidas a las decisiones de un equipo médico, todos extraños.

Las palabras son calmantes para esos niños que no tienen voz y a los que se les han multiplicado los terrores propios de la infancia en un entorno en el que afloran la zozobra y el desgaste.

En ese momento, el tránsito por un libro no se hace para desconectarse del mundo, sino para experimentar una nueva realidad que existe porque está escrita.

 

Difiere de la idea que tienen muchos maestros que promueven la lectura como un entorno mágico. Leer cuesta, dice, no es algo que se pueda hacer tirado en el suelo acostado en un cojín para dormir.

Para ella, saborear un libro es haber logrado comprenderlo y en cada una de sus páginas haber recorrido un camino por el pensamiento crítico en completa libertad.

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*Este es un espacio de opinión y debate. Los contenidos reflejan únicamente la opinión personal de sus autores y no compromete el de La Silla Vacía ni a sus patrocinadores.

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