Embarazo adolescente: entre salud pública y justicia social

Embarazo adolescente: entre salud pública y justicia social

Este año el número de niñas menores de 14 años embarazadas incrementó un 22,2 por ciento en comparación al 2020, y de jóvenes entre los 14 y 19 años incrementó también un 6,3 %. Es decir, hoy hay más niñas embarazadas que el año pasado, que ya teníamos números preocupantes, pues la tasa de fecundidad adolescente (embarazos a jóvenes entre los 15 y 19 años) de Colombia estaba entre la más alta en países de Latinoamérica. Por cada mil mujeres en embarazo, 58,8 estaban en ese rango de edad, en Latinoamérica son 61,3. 

Pero estos números pueden ser un poco engañosos pues siete departamentos del país tienen una tasa de 80 y sólo seis departamentos tienen tasas menores de 56, lo que significa que realmente tenemos tasas muy preocupantes diferenciadas por regiones.

Cuando leo estas cifras siempre me pregunto, ¿qué nos dicen? ¿Cómo se miden? ¿Seguro están ahí registradas todas las mujeres menores que quedaron en embarazo? ¿Y las que parieron a escondidas para que nadie se entere? ¿Y las que abortaron a escondidas y no llegaron al registro? ¿Ylas que parieron en su casa y nunca registraron al bebé? Y ¿Qué significa que 1 de cada X número de embarazos sean en menores de edad? Y ¿Por qué no se habla casi nunca de las edades de los hombres involucrados en esas cifras? Y ¿Cuáles son las causas de que haya incrementado y que, aun si no hubiera incrementado, sea un catalogado como un “problema de salud pública”? ¿A quién afecta?

Con todo el respeto y legitimidad que merece el Dane, sobretodo en sus recientes acertados informes y buena gestión, la verdad es que estos números, en últimas, no nos dicen nada.

Y tampoco nos dicen nada porque probablemente quienes hayan leído el informe del Dane y/o quienes estén leyendo esta columna no tengan a nadie cercano que haya quedado en embarazo antes de los 19, y si sí, es la hija de unx empleadx o trabajadorx, o de la finca. Por tanto, sí grave, sabemos que muy tenaz que eso pase, pero ¿y qué?

Eso pensaba hace cinco años.

La importancia de la educación en tres historias 

Leidy*, como les conté en mi primera columna, parió su hija a los 15 años y en mi segunda semana de docente en la Isla de Barú tuve que ir a su casa a entregarle los talleres para que adelantara.

Leidy era novia de Julián* hacía un tiempo ya. El era un año mayor. A veces tenía plata para usar condón, a veces no. Ella había aprendido entre las conversaciones con amigas que se podía cuidar si no tenía relaciones una semana antes de que le llegara el periodo, o si él se venía afuera. Y que podía tomar agua de canela o cerveza caliente para que no vaya a quedar preñada.

El sí quería tener su “pelaíto”. Menos mal quedó preñada cuando ya se había graduado del colegio porque sino le hubiera tocado salirse. La mamá de Leidy también la tuvo cuando era adolescente y sus hermanas ya tenían hijos también.

Leidy quería ser abogada, era una gran estudiante, pero no está estudiando y pues “ya pa´qué”.

Ana* es de Chigorodó, Urabá. Cuando su familia se enteró que andaba de novia, la maltrataron y ella se “salió” a vivir con él.

Siempre han dicho que “hombre que no preña no es macho”, y él, que ya era mayor, quería tener su “pelao” pronto.

Ella estaba en noveno grado. A ella nadie le había explicado cómo quedar embarazada ni como prevenirlo.

Él no usaba condón porque decía que eso era muy caro y que “¿pa qué?”.

Ella se enteró que estaba en embarazo casi a los cuatro meses pues ya era muy evidente y le tocó salirse del colegio, pues las otras mamás se quejaban de que el colegio permitiera a “niñas pervertidas preñadas” siguieran en clase pues iban a “incitar pecado” a las demás.

Ya su hijo tiene tres años. Lo ama, dice, pero no terminó el colegio y depende del novio para vivir, pues en la casa de ella no la reciben.

Dina* tiene una discapacidad cognitiva. Se desarrolló temprano y a los 13 años ya parece de 18, tiene un cuerpo curvilíneo y una cara muy linda. En la vereda de Pueblo Bonito, en la subregión de la Mojana, ella tiene fama de ser “fácil”.

La mamá la tuvo de 14 años y se la dejó a la abuela, quién dice que Dina es muy juiciosa, pues la acompaña a misa todos los sábados y domingos.

El hijo del señor de la tienda al lado de la casa de Dina acaba de llegar de prestar servicio y se encontró con ella. Tuvieron relaciones, ella no sabe bien si quería o no, pero está feliz que él le de regalos y la trate bien. Está embarazada.

Leidy, Ana y Dina no terminaron el colegio, y no lo van a terminar nunca. Menos del 2 por ciento de las niñas embarazadas lo hacen. Muy difícilmente podrán llegar a educación superior y muy probablemente tendrán un embarazo subsiguiente.

Tendrán que trabajar en algo informal y guerrearla para sacar adelante a su hijo, que tampoco crecerá en un ambiente estimulante ni tendrá mucho apoyo académico para hacer las tareas del colegio, pues ellas no sabrán cómo o no tendrán tiempo, estarán rebuscando su supervivencia.

Y así se perpetúa el ciclo de pobreza.

El 52,3 % de las adolescentes en embarazo son aquellas en el quintil más bajo de riqueza, el 41,8 % en tienen el menor nivel educativo, el 24,7 % es en la ruralidad. ¿Coincidencia?

Es un tema de justicia social.

Conocerlas me permitió entender que no, no es suficiente que tengamos un Plan Decenal de Salud Pública (Pdsp) que enmarque una Política Nacional de Sexualidad, Derechos Sexuales y Derechos Reproductivos (Pndsdsdr) promoviendo la garantía de estos derechos con equidad de género, no es suficiente que el POS cubra la entrega de métodos anticonceptivos y que las EPS tengan la obligación de entregarlos gratis sin autorización de un mayor de edad a jóvenes que los soliciten. No es suficiente que todas las IPS deban tener Servicios Amigables como estrategia diferenciada para la garantía de los derechos sexuales y reproductivos de jóvenes.

Desde el 2008 en América Latina se conmemora la Semana Andina para la Prevención del Embarazo Adolescente, este año se celebró la semana pasada y cerró con la publicación de las alarmantes estadísticas de fecundidad adolescente.

A pesar de los esfuerzos nacionales, internacionales, privados y públicos, el embarazo adolescente sigue siendo concebido como un “problema de salud pública”, y se sigue entendiendo, en efecto, como el problema y no como el síntoma de una enfermedad más grande que no hemos sido capaces de afrontar.

Esto es tan frecuente en comunidades rurales o de bajos ingresos que la respuesta ante una -otra- niña embarazada es “ah sí, no es la primera ni la última”.

Mientras las mujeres no tengamos poder de decisión sobre nuestros cuerpos, nuestra sexualidad y nuestra vida, estaremos condenados como sociedad a subsidiar y perpetuar la pobreza. Con poder de decisión me refiero principalmente a cómo las Naciones Unidas con la Agenda 2030 lo han cuantificado en su indicador 5.6.1, que es la proporción de mujeres de entre 15 y 49 años que toman sus propias decisiones informadas sobre las relaciones sexuales, el uso de anticonceptivos y la atención de la salud reproductiva. El indicador implica tres dimensiones:

• Poder para negarse a mantener relaciones sexuales.

• Poder para decidir sobre el uso de anticoncepción.

• Poder para decidir sobre la asistencia de la salud.

Parece obvio, pero no lo es para miles de mujeres, pero sobretodo de niñas y adolescentes. Sí es un asunto de salud pública, pero no únicamente, ese ha sido un error.

Es que para negarse a tener relaciones sexuales tienes que saber qué son y cómo se vive la sexualidad y entender qué es el consentimiento y que tu cuerpo tiene un valor y ese valor se lo das tú y que por ser mujer no estás condenada a satisfacer a nadie ni a nada, y eso, se enseña.

Para poder decidir sobre el uso de métodos anticonceptivos debes saber que existen y cómo funcionan y entender y conocer tu cuerpo y todo nuestro sistema sexual, tener a quién preguntar con confianza y sin vergüenza ni castigo, y eso, se enseña.

Y para poder decidir sobre la asistencia a salud debes, de nuevo, conocer tu cuerpo y saber qué es normal y qué no y qué debe tener asistencia médica, cómo y a quién pedirla, y eso, se enseña.

La única manera de lograrlo es, entonces, enseñándolo, con educación. Pero no me refiero a la educación sexual moralista y salubrista cuyo único objetivo es la prevención del embarazo y la transmisión de enfermedades que se reducen a uno, dos o tres sobre no tener relaciones sexuales.

Me refiero a una educación integral para la sexualidad, para fortalecimiento del poder de decisión, libre e informado, que acompañe y permita que jóvenes - y no jóvenes - vivan una sexualidad responsable, libre y digna, así como reconocer su infinito potencial como ser humano.

“No deberían ir al colegio las niñas embarazadas, son un mal ejemplo para las otras”; “Aah pero ¿quién las manda?”; “Es porque nos saben qué hacer con su tiempo libre”; “Eso les pasa por abrir la piernas”; “Es que quieren amarrar un marido para que las mantenga”; “Si sale preñá, la saco de la casa”.

Estas son algunas de las frases que, repetitivamente, escucho de padres y madres de familia, de jóvenes, de adultos, de abuelas y abuelos, de directivos docentes, de docentes, de personas comunes e incluso entre nosotrxs.

El embarazo en la adolescencia no es una enfermedad que se “prevenga” como, por ejemplo, el covid. Es una consecuencia de multiplicidad de factores, económicos, culturales, sociales, políticos y muchos factores invisibles.

Enfocarse solo en prevenir el embarazo adolescente es como darle un dólex a una cabeza que tiene un tumor cerebral. Hablar de prevención del embarazo adolescente, implícitamente, es asignar esa carga a las adolescentes y jóvenes injustamente, es culpabilizarlas, es estigmatizárlas, es castigarlas, estando ya ellas en una situación indeaseada y en la mayoría de los casos, si no en todos, sin culpa, ni intencionalidad.

El embarazo adolescente es todo menos culpa de ellas. Es muchísimo más complejo que eso, por tanto trasladar la culpa a la adolescente no solo es desacertado sino que es violento, discriminatorio, injusto y machista.

El deseo sexual es una necesidad básica fisiológica de todo ser humano. Satisfacerlo también lo es.

Es más, es un derecho. La sexualidad es parte fundamental de nuestra identidad, no inicia cuando tenemos nuestra primera relación, ni es solamente relacionada con nuestra genitalidad, es el cuidado, amor y goce de nuestro cuerpo, de nuestras emociones y sensaciones, responde a quién somos, cómo somos, qué nos gusta, cómo nos gusta, qué no nos gusta, nuestros propósitos, nuestra relación con nuestro cuerpo y con lxs demás.

El problema es el silencio, y la poca, fragmentada, contradictora o incorrecta información para lxs jóvenes sobre su salud y derechos sexuales y reproductivos.

Esto se agrava en comunidades rurales, de menores ingresos económicos o de más baja escolaridad. Además, existen profundos y violentos estereotipos de género arraigados en nuestra cultura colombiana, como por ejemplo que el hombre es solo hombre si pierde la virginidad a temprana edad, y que la mujer debe ser sumisa y enseñada tácita e implícitamente a satisfacer al hombre y teme decir que no.

Entender la complejidad detrás de un embarazo no deseado o en la adolescencia, es la única manera para prevenirlo. 

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*Este es un espacio de opinión y debate. Los contenidos reflejan únicamente la opinión personal de sus autores y no compromete el de La Silla Vacía ni a sus patrocinadores.

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