En la pandemia somos tan fuertes como el eslabón más débil

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En Colombia, como en el resto de América Latina, la desigualdad afecta la pandemia por otro camino: la informalidad y la pobreza.

La pandemia entra en su noveno mes, y en Colombia, donde estamos entrando al sexto mes de distintas versiones de cuarentena, la paciencia y los recursos se van agotando. Dada la gran incertidumbre sobre qué es y cómo combatir el coronavirus, desde su inicio la pandemia ha sido un proceso de aprendizaje colectivo y donde tanto los países más poderosos como los más humildes se han visto acorralados por un bichito microscópico que tiene a la economía mundial en jaque.

Sin embargo, a pesar de que el coronavirus no discrimina por estrato, raza o género, si algo ha demostrado esta pandemia son las grandes desigualdades de nuestras sociedades; desigualdades que nos hacen a la vez más vulnerables a la pandemia, y que aumentan con cada día de encierro.  

¿La desigualdad nos hace más vulnerables? 

En los últimos meses, el foco de la pandemia se ha volcado hacia América Latina, una de las regiones con mayores índices de desigualdad, y a países como Estados Unidos, Sudáfrica, y Rusia, entre los países más desiguales de la Ocde. Que los países más desiguales parezcan ser los más afectados por el coronavirus, no quiere decir que la desigualdad cause el contagio (ante todo, nunca se debe confundir correlación con causalidad). Sin embargo, sugiere una hipótesis interesante: ¿la desigualdad nos hace más vulnerables a pandemias como esta? 

Existe evidencia (anecdótica) que indica que la existencia de grupos marginados o ciudadanos de segunda categoría en algunos países ha generado brotes de contagio. En Estados Unidos, por ejemplo, los inmigrantes indocumentados, el eslabón principal del sector agrícola californiano, fueron designados como trabajadores esenciales y siguieron trabajando durante la cuarentena. Sin acceso al sistema de salud ni derechos laborales, y con miedo de ser deportados al denunciar o si quiera solicitar una prueba, estos trabajadores se vieron obligados a trabajar en muchos casos sin ningún tipo de protección, lo cual resultó en contagios masivos en el valle central de california. En Singapur, la mayoría de los casos de coronavirus se concentraron en dormitorios de trabajadores migrantes del Sureste Asiático, donde más de un millón de trabajadores viven en condiciones de hacinamiento, mientras que en partes de Europa como Alemania y Grecia brotes recientes se han dado en fábricas o asilos de trabajadores migrantes o refugiados. 

En Colombia, como en el resto de América Latina, la desigualdad afecta la pandemia por otro camino: la informalidad y pobreza. Los trabajadores informales no pueden acatar órdenes de cuarentena por un tiempo prolongado porque rápidamente la necesidad de poner comida sobre la mesa prima sobre el riesgo de contagio. Una encuesta reciente de Guarumo encuentra que la mayor preocupación de los Colombianos es el desempleo (34,5 por ciento), muy por encima del covid (13,6 por ciento). Esta incapacidad de quedarse en casa implica que el riesgo de contraer el virus puede variar enormemente por estrato socioeconómico.

Un estudio reciente de la Universidad de los Andes estima que es 10 veces más probable que un bogotano que vive en estrato uno termine hospitalizado o fallezca por covid comparado con un residente de estrato seis, y que esto parece deberse no a una mayor concentración de adultos mayores en los estratos bajos (es al revés), sino al menor cumplimiento de medidas de aislamiento preventivo. 

La desigualdad, en una pandemia como esta, no es solo problema de aquellos que se ven obligados a salir a buscar con qué ganarse la comida diaria. Cuando la salud de todos depende de que las tasas de contagio en general bajen, y el virus deje de circular, las sociedades son tan fuertes como su eslabón más débil, y la desigualdad se vuelve un riesgo sistémico.  

La pandemia está amplificando las desigualdades iniciales 

La pandemia nos afecta a todos, pero no por igual, lo cual amplifica las brechas de ingresos, educación y género, ya de por sí alarmantes antes de la pandemia. 

El desempleo en Colombia se ha disparado, pero no con la misma intensidad en todos los sectores. La crisis ha golpeado desproporcionalmente a los sectores de servicios, transporte y comercio, que dependen del contacto físico, y a las industrias que dependen del turismo. 

Por su parte, los trabajadores que pueden continuar con trabajo remoto son aquellos que trabajan en empresas formales en los sectores menos afectados, y cuentan con acceso a internet. Un estudio reciente del Banco Mundial  estima que solo 1 de cada 5 trabajos a nivel mundial pueden ser llevados a cabo de forma remota, pero esta cifra es solo 1 de cada 26 en países de bajo ingreso. 

Adicionalmente, la habilidad de trabajar remotamente está altamente correlacionada con el ingreso. En la última entrada de este mismo blog, Manuel Fernández y sus coautores estiman que la destrucción de empleo en Colombia se da principalmente en trabajos de menores ingresos. De los trabajadores con salarios por debajo de 1 millón de pesos, solo la mitad cuenta con internet en el hogar, lo cual hace imposible el teletrabajo así sus industrias lo permitieran. La destrucción de empleos desproporcionalmente en sectores de bajos ingresos sin duda aumentará la desigualdad en el corto plazo. 

El aumento en brechas existentes es especialmente preocupante en educación: los estudiantes que pueden seguir estudiando a distancia son pocos y los más privilegiados. El Pnud estima que durante la pandemia el 86 por ciento de los estudiantes de países en desarrollo no están recibiendo educación, comparado con solo el 20 por ciento en países en desarrollo. 

En Colombia, no es claro cuántos estudiantes están realmente pudiendo acceder a clases virtuales, pero no es descabellado suponer que son relativamente pocos, en zonas urbanas, y de los estratos socioeconómicos más altos. El Laboratorio de Economía de la Educación de la Universidad Javeriana estimó que al inicio de la crisis, 96 por ciento de los municipios no tenían la capacidad de desarrollar cursos virtuales, y menos de la mitad de los estudiantes del país cuentan con internet y computador en casa, por lo que la educación virtual es casi imposible. Adicionalmente, cuando gran parte de la educación recae sobre los padres, las desigualdades intergeneracionales se amplifican. 

El riesgo no es perder un año de aprendizaje, sino perder a gran parte de una generación de estudiantes a medida que estos empiecen primero a desconectarse, y luego a desertar. Necesitamos cuanto antes abrir los colegios con las medidas de bioseguridad que han demostrado ser de bajo riesgo en los países que han retomado clases presenciales (mi colega Sandra García tiene un buen resumen de la evidencia y la urgencia de abrir los colegios). Donde reabrir colegios sea imposible, será indispensable pensar en estrategias para recuperar a los estudiantes que se vayan cayendo por las grietas de la virtualidad. 

Y, por supuesto, la crisis y las cuarentenas han golpeado desproporcionadamente a las mujeres. Con los colegios cerrados, la responsabilidad de cuidar y educar a los niños, y gran parte de las tareas del hogar recae con frecuencia sobre las mujeres, aún cuando trabajan tiempo completo. 

Las mujeres también han sido más afectadas en términos de empleo: el observatorio laboral del BID estima que en Colombia entre febrero y junio se perdió el 20 por ciento de los empleos de mujeres, comparado con el 14 por ciento de los hombres (en total se estima que Colombia ha perdido 3,6 millones de empleos durante la crisis). Finalmente, la violencia de género también se ha disparado por el confinamiento, y a pesar de que las cifras son inciertas por el miedo a denunciar, las llamadas a las líneas de ayuda en casos de violencia intrafamiliar se han más que duplicado (en algunos casos triplicado) comparado con la misma época del año pasado, demostrando el altísimo costo para muchas mujeres de estar encerradas con parejas que las maltratan. 

La importancia de las herramientas de protección social y la necesidad de fortalecerlas

La protección social normalmente se piensa como un mecanismo para proteger individuos que enfrentan situaciones adversas: el trabajador que se lesiona y no puede trabajar por tres meses, o la persona que por un golpe de mala suerte queda desempleada. La crisis ha resaltado la importancia de estos mecanismos no solo a nivel individual sino a nivel sistémico, ya que la salud de todos depende de bajar las tasas de circulación del virus, y eso depende a su vez de que la gente se pueda quedar en casa. 

Esto requiere repensar nuestras herramientas de protección social, asegurando que se pueda llegar a toda la población de forma rápida y focalizada, incluyendo concluir los nuevos debates sobre la posibilidad de introducir una renta básica universal, entre otras herramientas, así como enfrentar con urgencia antiguos problemas estructurales como la necesidad de aumentar la cobertura del sistema de pensiones, y de cerrar brechas en conectividad y bancarización. 

Ojalá la comprensión del riesgo sistémico de mantener ciudadanos de segunda categoría despierte la necesidad de corregir las desigualdades de nuestras sociedades. En el contexto de la pandemia, las vulnerabilidades de los más débiles afectan de forma directa a los más privilegiados, y no hay seguridad privada, carro blindado o conjunto cerrado que proteja contra el coronavirus. Solo entre todos podemos cuidarnos. La lección de la pandemia debe ser que reducir las desigualdades no es un tema de caridad, sino la precondición de una sociedad saludable, fuerte y resiliente.

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*Este es un espacio de opinión y debate. Los contenidos reflejan únicamente la opinión personal de sus autores y no compromete el de La Silla Vacía ni a sus patrocinadores.

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