Explotados

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La comunidad usa esta palabra para referirse al asesinato con granadas. Pero también nos hace pensar en otras violencias que se viven en el país.

El domingo 20 de septiembre a la 1:10 p.m. sonaron las ráfagas y granadas que ocasionaron una nueva masacre que apagó la vida de 6 jóvenes negros en la comunidad de Munchique - Buenos Aires, Cauca. Los heridos fueron trasladados a un centro de salud cercano. La impotencia, el dolor, la rabia y la desesperanza se apoderaron de las madres, de las familias de las víctimas y de la comunidad, que no encontraban una respuesta a esta tragedia.

“¿Por qué mi niño?”, expresaba una de las madres, “mi niño no era malo, él era mi único hijo, ¿qué voy a hacer sin él? Usted tiene su hijo vivo, hermana, pero yo me quedé sin nada”. Así se expresaba una de las madres de las víctimas mientras la hermana le acariciaba con desconsuelo por el dolor que le generaba verla destrozada. Ella cargaba su propia pena por haber perdido a su sobrino de esa manera. 

“Me mataron a mis muchachos”, me dijo otra madre. “Este dolor no lo soporto”, me decía mientras yo le abrazaba para expresar mi solidaridad. “A mí también me mataron, yo estoy muerta en vida, a mis dos hijos menores me los mataron. Ahora queda aquí esta muchacha que está embarazada. Ella era la compañera de mi hijo de 19 años que asesinaron. Tiene 6 meses de embarazo. No la han querido atender porque es inmigrante venezolana y no tiene papeles”. Volvió a caer gritando: “¡Ay no! ¿Por qué me mataron a mis hijos?”.

En ese momento, no pude contener las lágrimas y también lloré. Sentí la impotencia de esta tragedia que daña y genera heridas tan profundas todos los días a tantas familias en este país.

La madre de uno de los jóvenes asesinados se encuentra postrada en una cama a raíz de una extraña enfermedad que padece desde hace 5 años. Cuando pregunté por ella, la prima del joven asesinado me respondió: “Ella está enferma. Si quiere siga y la mira”.

Miré su cuerpo, que ya se ve esquelético, mientras ella me miró a la cara y se le salieron las lágrimas. Con un gesto, que es lo único que puede hacer, le pidió a su sobrina que la volteara hacia el rincón de la cama. Sus quejidos y sus lágrimas expresaban la impotencia de la enfermedad, que no le permitía ni siquiera hablar, y el dolor profundo de haber perdido a su hijo, que veía por ella. “Este dolor es insostenible, Francia”, me decían los vecinos que le acompañaban. Su esposo me dijo: “aquí vamos, mija, pidiendo a Dios que nos dé fuerzas para llevar esta tragedia”. 

La madre de otro joven, pariente de mi papá, me dijo con una aparente calma: “esto es una tragedia, pero nos toca seguir”. Enseguida, las hermanas apuntaron en dirección hacia unas niñas y me dijeron: “Vea, ellas eran las hijas de mi hermano”. Las niñas me abrazaron diciendo: “nos quedamos solas”.

Salí con el padre, que también es familia de mi papá, y me dijo: “Francia, la última vez que vi a mi muchacho fue en la mina. Él se despidió de mí y me dijo: ‘papá, acomoda las herramientas. Nosotros ya nos vamos’. Y salieron. Ellos se fueron y se pararon a ver los gallos que estaban peleando, y de repente los encendieron a plomo. A él le metieron un tiro por el estómago. Su otro hermano lo arrastró —él dice que más o menos 10 metros—, pero cuando él vio que el hermano no podía, le dijo: ‘hermano, déjeme aquí, sálvese usted’. Entonces, como los hombres no dejaban de disparar, no le quedó de otra que salir a correr. Si no, Francia, me hubieran matado a mis dos hijos”.

La niña que va cogida de mi mano le dice: “abuelo, me quedé sola”. Él le responde: “No, mija, yo voy a ver por ustedes hasta el día que me muera”. 

Otro hombre me dice: “Yo estoy vivo de milagro. A nosotros nos tiraron una granada que cayó en la cama. Yo abracé a mi mujer.  En ese momento dije: ‘hasta aquí fue’. Pero cuando la granada no explotó, les dije: ‘no me maten’, y en una de esas salí a correr. Ellos me empezaron a disparar y tiraron otra granada que cayó en el tanque y lo destruyó. Mi mujer, no sé, creo que metida debajo de la cama y le dispararon y el tiro le cayó en un pie. Ahora ella está en el hospital. Nosotros estamos vivos de milagro. Le digo pues”.

Otra madre, apenas la abracé, me dijo: “¡Ay nooo! Me explotaron mi muchacho, nooo, ¿por qué? Mi muchacho no se merecía esto. ¿Por qué no me explotaron a mí?”. Enseguida se desmayó, y entre todas las personas buscamos cómo reanimarla. Acompañar a estas familias fue muy doloroso. 

Esta ha sido una comunidad que ha venido padeciendo hechos de violencia de manera sistemática. Desde 2009, la Corte Constitucional, mediante el auto 005-09, estableció que esta comunidad, perteneciente al Consejo Comunitario de Cerro Teta, es uno de los casos emblemáticos que deben ser atendidos por el Estado colombiano. En el pasado fueron víctimas del paramilitarismo: hace 5 meses vivieron una masacre similar en la que 3 personas perdieron la vida y otras resultaron heridas. 

Considerando estos antecedentes, la Defensoría del Pueblo emitió dos alertas tempranas sobre este territorio. Sin embargo, al parecer, estas quedaron en el papel, porque no lograron acciones de parte del gobierno nacional que pudieran evitar esta nueva tragedia.  

Hoy insto al gobierno nacional de turno para que realice las acciones necesarias para garantizar integralmente los derechos de estas familias y de la comunidad en general. Aunque no sé si un dolor tan grande como este pueda llegar a ser reparado.

También insto a los organismos de control para que realicen su función constitucional frente a la omisión del cuidado por parte de las instituciones responsables, que permitieron que ocurriera esta masacre anunciada. A la Fiscalía, para que realice las investigaciones necesarias, a fin de garantizar que este hecho no sea otro más que quede en impunidad, como parte del premio a los victimarios.

La comunidad usa la palabra “explotados” para referirse al asesinato con granadas. La metáfora de este repertorio de violencia nos permite también pensar en las granadas de la corrupción, el racismo estructural, el patriarcado y las políticas de muerte que explotan en todos los niveles, acabando física y emocionalmente con nuestra condición humana.

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