‘Extrañamos caminar tranquilamente’: familias confinadas en Medio Atrato

‘Extrañamos caminar tranquilamente’: familias confinadas en Medio Atrato
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Esta columna fue escrita en coautoría con Carlos Estrella, coordinador de emergencias de Misión de Médicos en Fronteras en Colombia.

En Colombia, cada vez es más preocupante la situación de las familias que viven encerradas en sus casas o en sus veredas por cuenta del conflicto armado. Desde el pasado 21 de septiembre, por ejemplo, más de 65 familias (306) personas permanecen confinadas en la comunidad Guadualito Beté, en el Medio Atrato chocoano. Todas las familias son Emberá Dóbida y durante siglos han vivido en este territorio, acostumbradas a caminar o navegar por los ríos y conseguir alimentos o visitar a conocidos y familiares en veredas cercanas. Hoy, esto no es posible. Los enfrentamientos entre grupos armados y la instalación de minas antipersonales hacen que lo que antes era cotidiano, como caminar de un lugar a otro, sea sumamente difícil.

En semanas pasadas, el equipo de respuesta a emergencias de Médicos Sin Fronteras (MSF) visitó a la comunidad por un suceso lamentable: durante las restricciones de movilidad por los enfrentamientos, un bebé recién nacido de 20 días falleció por falta de atención médica; su caso era de diarrea y fiebre. Allí, en esta zona rural, es difícil acceder al agua potable y tampoco es fácil cazar todos los días para alimentarse. Cuando llegamos, la comunidad indígena nos dijo que lo más grave y lo que más les preocupa es la desnutrición en los niños y niñas menores de cinco años.

Entre el 14 y 15 de octubre instalamos una clínica móvil y atendimos a 203 personas. La mayor preocupación de las familias es que, de seguir en situación de confinamiento, la alimentación escasee aún más y se compliquen los niños, muchos de los cuales ya tienen síntomas de malnutrición. Hacía varios meses no ven a un médico por la zona y para llegar a una IPS debían juntar dinero para una lancha, algo que actualmente no pueden hacer. Hoy en día, como nos contaban, se mantienen con plátano y pesca. En semanas posteriores, el Equipo Local de Coordinación (ELC) del departamento se hizo presente en la comunidad.

La comunidad quiere tranquilidad

Para llegar a esta comunidad es necesario tomar un bote desde Quibdó y navegar cerca de cuatro horas hasta una cabecera, en donde hay una institución de salud. Desde allí hasta Guadualito nos demoramos siete horas navegando en el río, bajándonos muchas veces a empujar la lancha por los niveles tan bajos de agua. Al llegar, la comunidad indígena nos recibió de una forma muy amable y nos llamó la atención su ruta de salud: cuando algún miembro de la comunidad se enferma, acude a un “conguero”, persona que interpreta los sueños y les dice si deben ir a un médico occidental o a un jaibaná, es decir, al médico tradicional de la comunidad.

En nuestra visita, encontramos que la mayoría de los malestares tienen que ver con la inhalación de humo por cocinar en leña al interior de las viviendas, así como por el agua que beben, la cual no es tratada, sino que es justamente la de río, en donde se arroja basura y hacen sus necesidades. Encontramos, así mismo, niños con malnutrición y algunos con estrés ante la situación de enfrentamientos que se presentan alrededor de sus comunidades.

En las zonas de confinamiento se escuchan muchas historias de temor, como lo habíamos contado antes en comunidades que viven en condiciones similares en Cauca. La comunidad repite mucho la palabra “antes”: “antes podíamos ir a pescar a esta u otra vereda”, “antes podíamos caminar tranquilamente porque sabíamos que no había minas”. En el “ahora”, suelen decir que hay temor por lo que pueda pasar. La otra palabra que nos decían, traducida por el intérprete embera, claro, era que extrañaban, tanto lugares como a personas que ya no pueden ver. No es una vida tranquila, decían.

Para esta comunidad es clave que se active una ruta de referencia y seguimiento de los casos que requieren atención en salud física y mental. También es necesario establecer planes de gestión de riesgo con énfasis en conflicto armado y hablar con las comunidades sobre los riesgos de las minas antipersonales, así como de las afectaciones de los eventos violentos en la salud mental de la comunidad. Es necesario, además, que la institucionalidad pueda realizar jornadas de atención en salud periódicas y crear planes de saneamiento del agua e higiene. La sociedad tampoco debe perder de vista este tipo de situaciones que viven actualmente más de 95.700 personas en Colombia, las cuales se encuentran en situación de confinamiento. 

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