Jean-Jacques Rousseau versus los populismos

Jean-Jacques Rousseau versus los populismos
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Ha sido dicho por muchos que Rousseau es el precursor de la filosofía social porque fue el primero que, en la mitad del siglo XVIII, en su famoso Discurso sobre la desigualdad, se ocupó de analizar las causas de la degeneración de la sociedad burguesa que emergía bajo los parámetros de la modernización capitalista. 

Para Rousseau, el cambio social significó la salida de un paraíso, de una situación original de igualdad, que era a la vez un lugar de paz, tranquilidad, calma y bienestar.

Expone en esta importante obra un vívido retrato de la pérdida de la libertad y del origen de la dominación y muestra cómo se produjo el proceso de socialización, que a través del origen de la propiedad y el desarrollo de la agricultura, la ganadería, la minería y la metalurgia, condujeron al progresivo alejamiento de la situación paradisíaca original de la igualdad.

“Rousseau lee a Hobbes y se enoja. Piensa que la historia de la socialización humana que cuenta Hobbes comienza incorrectamente y termina erróneamente”, escribe Dieter Thomä. Según Rousseau, el Estado de Hobbes termina en un contrato con el que el hombre elimina su libertad. Por esto le dio la vuelta a este contrato con el fin de salvar la libertad y articuló así el diagnóstico de la modernidad que hizo en el Discurso sobre la desigualdad a un programa político que plasmó en su más conocida obra el contrato social, con el que buscó rectificar el curso equivocado que había tomado la modernidad mediante un proceso de radicalización de la democracia que suponía la participación de todos en el poder público.

En suma, Rousseau formuló un diagnóstico de los males del presente, -el primero en la modernidad- estableció de forma certera la causa de esos males y propuso un programa político para superarlos. A partir de esto buscaré cuestionar en la segunda parte las pretensiones de algunos populismos.

El programa de Rousseau consistió en un concepto más radical de la democracia, en el cual se entiende que esta, como el ejercicio directo del poder por el pueblo, no puede ser reemplazada por el concepto de soberanía popular construido por el liberalismo mediante el sistema representativo, como lo habían concebido Hobbes y Locke.

Así escribe: “Como quiera que sea, desde el momento en que un pueblo nombra representantes, ya no es libre, ya no existe”. Así, el problema que plantea el Contrato social es encontrar una forma de asociación “que defienda y proteja con toda la fuerza común a la persona y los bienes de cada asociado, y por la cual, uniéndose cada uno a todos, no obedezca, sin embargo, más que a sí mismo y permanezca tan libre como antes”.

Este pasaje es complicado y ha sido interpretado por muchos de forma equivocada. Benjamin Constant, por ejemplo, afirmó que Rousseau era el más peligroso enemigo de la libertad individual porque había dicho que “al darme a todos no me doy a ninguno”. Isaiah Berlín escribió que Rousseau entendió por libertad solamente su expresión positiva que consiste en que todos tengan participación en el poder público, el cual tiene derecho a interferir en todos los aspectos de la vida de los ciudadanos, y no consideró la libertad negativa, que protege al individuo de interferencias por parte de otros o del Estado. Constant y Berlin interpretaron erróneamente a Rousseau. La voluntad general no es la voluntad de todos. Esto no lo pudo entender Berlin ni la cofradía liberal atrapada en la reducida idea de representación, como lo explicó Hanna Fenichel Pitkin.

Para Rousseau, la libertad individual sólo se entiende según un modelo de autolegislación: el sujeto humano es libre debido a y en la medida en que tiene no solo la capacidad de darse así mismo leyes para actuar sino también la de operar según ellas. El paso siguiente lo dio Kant. “Para él está fuera de duda que estas leyes autopromulgadas solo pueden generar libertad cuando se deben a un discernimiento de las razones correctas, es decir, racionales” escribe Axel Honneth.

A partir de Rousseau muchos otros filósofos y sociólogos —desde Simmel, Weber, Adorno, hasta Foucault y Habermas— han desarrollado diagnósticos de la sociedad y han buscado encontrar los principios que deben plasmarse en las instituciones para poder tener una sociedad justa, en la cual se superen los problemas producidos por la existencia de grandes desigualdades, la división social entre ricos y pobres, la corrupción de las costumbres y la inequidad en la distribución de los bienes y las oportunidades.

La globalización, que fue asociada por muchos con imágenes de riqueza y emancipación, es el gran problema de nuestra época. Mientras que los neoliberales quieren perpetuar las economías transnacionales de la modernidad global en el futuro, los populistas glorifican las estructuras sociales del pasado. Los partidos de ultraderecha quieren retornar a una situación paradisíaca, que en Colombia denominan “estado de opinión”, en la cual participaría solamente el refinado y selecto grupo de “los buenos somos más” y “somos la gente de bien”.

Los de izquierda, que experimentan la globalización como una pérdida total de control colectivo ante la explosión de las desigualdades y la erosión de la cohesión social, añoran también volver a una situación inicial, paradisíaca, de igualdad total, abolición de la propiedad y de participación de todos en el demos.

Si Berlin no entendió el problema de la voluntad general y Constant no comprendió el sentido de la libertad positiva, el populismo, que brilla con luz propia a lo largo y ancho de este mundo, anda también errado porque supone que es el pueblo, sin el sistema representativo, el único como una entidad activa, que debe crear y establecer las normas de más alto valor que regulan el ejercicio del poder. En esto ni Laclau ni Rancière han dado en el punto. El populismo de los partidos nacionalistas de derecha y los populismos de izquierda busca así ocupar el espacio del poder constituyente. ¡Qué falta hace una lectura crítica de Emmanuel Sieyès!

Se hace necesario entonces volver a lo que está planteado en la filosofía política de Rousseau cuando afirmó en el Contrato social que la humanidad ha llegado a tal situación que ya no es posible volver hacia atrás. Si existe una solución posible, debe orientarse hacia el futuro, es decir hacia el proceso progresivo de socialización, el cual se representa políticamente mediante la figura del contrato social.

Así como Rousseau consideró que el contrato social que propuso Hobbes había que transformarlo totalmente, el contrato social, que se funda en la Constitución del 91, debe ser cambiado, pero no en el sentido propuesto por los populistas colombianos de derecha e izquierda, por las razones ya enumeradas. ¿Cómo, entonces?

Quiero ahora analizar, —teniendo presente la relación entre el diagnóstico y el proyecto político, a lo Rousseau— cómo el populismo tanto de izquierda como de derecha fracasa por su incapacidad para construir un diagnóstico de la sociedad. El populismo se focaliza en la denuncia de los males del presente y eso lo hace bien, utilizando las redes sociales, influenciadores, bodegas, todas las formas de escándalo, estigmatización, burla, “bullying”, entre otros.

El populismo usa la política comunicativa y la pone al servicio del afecto, el sentimiento, la teatralidad, la espectacularidad, con el fin de producir la homogeneidad, pero su vació consiste en su incapacidad para explicar los fenómenos históricos y sociales que causan los problemas actuales. Lo que sucedió con el No en el plebiscito es una denuncia, pero la gritería que han hecho no puede interpretarse como el “análisis histórico sociológico” de lo que ha causado la polarización y la violencia en la sociedad colombiana.

La corrupción de los gobiernos anteriores, el cinismo de la clase política, la desfachatez del actual gobierno para poner algunas instituciones de justicia al servicio del partido de gobierno, son ampliamente denunciadas por el populismo de izquierda, pero en su extensa y variopinta retórica no ha desarrollado aún la articulación de lo que Rousseau propuso: precisión cognitiva en el diagnóstico de lo que causa los males del mundo contemporáneo con una formulación nueva y audaz del contrato social para que este permita desarrollar las instituciones que garanticen y salvaguarden la libertad y la igualdad.

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