Jineth Bedoya: dolor sin nombre, resiliencia palpable

Jineth Bedoya: dolor sin nombre, resiliencia palpable
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Quienes seguimos con interés la historia de violencia y oprobio vividos por la periodista Jineth Bedoya Lima el 25 de mayo del año 2000 y el continuum hasta ahora, comprendemos el significado trascendental de la reciente sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

Responsabilizar al Estado colombiano del nudo de delitos que cayeron sobre su humanidad de Jineth Bedoya es asunto de marca mayor, máximo cuando en la audiencia pública de la Corte el pasado el 15 marzo, vimos como la delegación del Estado hizo todo lo posible por desestimar la acusación, como si no bastaran los 20 años de desidia de la justicia colombiana para investigar las graves violaciones a la integridad, dignidad y libertad de la periodista.

Jineth Bedoya habla con razón y con emoción. Conmueven sus relatos sobre los vejámenes e inhumanidad a la que fue sometida. Sorprenden su resistencia, firmeza, la claridad y el valor para llamar las cosas por su nombre: señalar con nombre y apellidos y alias a sus victimarios, omisiones y marañas de la Fiscalía.

Los diez años de silencio que siguieron al secuestro, tortura, violencia sexual y amenazas, le dieron la fuerza suficiente para enfrentar la monstruosa injusticia con su caso. Es increíble que la condena a tres de los autores haya sido posible gracias a su propia investigación. Los delitos contra una periodista que investigaba violaciones a los derechos humanos en la cárcel Modelo de Bogotá nunca importaron a esta institución.

Su firmeza ante los poderes armados ilegales, legales e institucionales es ejemplar. Suscita admiración y solidaridad por su coraje. Desde que decidió hablar nunca se ha callado por más amenazas y poderosos que sean sus victimarios y aliados.

Son 21 años de un dolor inenarrable traducido en una voluntad inquebrantable para hacerle cumplir a la Fiscalía General de la Nación y a la Justicia las obligaciones con su caso, acompañar a otras mujeres de condición humilde que han vivido situaciones similares y acompañarlas a recobrar su dignidad y también a demandar justicia de género.

El poder que emana de Jineth Bedoya es directamente proporcional al tamaño de los delitos que padeció y aún la persiguen. Su fuerza y sus convicciones son un bálsamo en este mar de banalidad frente a las violencias sexuales, siempre acompañadas de amenazas, silenciamientos, trivialización, hasta negación y revictimizaciones.

De ahí, el significado trascendental de fallo de la Corte Interamericana de Derechos, -firmado el pasado 26 de agosto- que responsabiliza al Estado Colombiano del secuestro, tortura, violación sexual, amenazas e impunidad en el caso de la periodista Jineth Bedoya ocurrido el 25 de mayo del 2000 cuando cumplía su trabajo periodístico en la Cárcel Modelo de Bogotá.

Las ocho medidas ordenadas al Estado colombiano en un plazo perentorio, constituyen un hito histórico y un tratado de reparación integral -material, simbólica, individual y colectiva- para las mujeres y las periodistas víctimas de violencia sexual.

Marca un punto de inflexión en el silenciamiento y la impunidad que ha tenido este delito hasta ahora.

Más le vale al presidente Duque y a su ministro de Justica liderar el cumplimiento de las mismas, a ver si alguna vez, las víctimas de violencia sexual pueden empezar a ver en la realidad, la reparación integral y del discurso inmediato de aceptación del fallo de la Corte, se pasa a la acción.

A Jineth Bedoya, mis respetos. 

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*Este es un espacio de opinión y debate. Los contenidos reflejan únicamente la opinión personal de sus autores y no compromete el de La Silla Vacía ni a sus patrocinadores.

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