La ciencia de educar

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La Misión de Sabios propuso darle un gran impulso a la educación y crear un ecosistema para formación de maestros. La creación de este ecosistema podría partir en dos la historia de nuestro país.  Siempre y cuando, se haga bien y en grande. 

El 2019 terminó con algunos hechos importantes que pasaron desapercibidos o que no recibieron suficiente atención. Uno de ellos, fue la entrega del informe final de la Misión de Sabios.

Si bien los medios de comunicación anunciaron la noticia, ha sido poco lo que se ha profundizado sobre el tema.  Ojalá que este año, con el cambio de década, se promueva la divulgación y discusión de este importante documento, y que se tome en serio.  No solo es un documento visionario e inspirador, también traza una ruta para las siguientes décadas, que trascienda los gobiernos, y que logre llevarnos a una “sociedad del conocimiento para la próxima generación”, un conocimiento que genere desarrollo y bienestar para todos.

En la proclama, el equipo que conforma la Misión de Sabios, anuncia que comparten el sueño de varios niños, niñas y adolescentes, y que sueñan, entre otras cosas, que Colombia sea un país donde podamos vivir en paz, donde podamos convivir y nos respetemos, un país “en donde la educación no se sienta como obligación y todos puedan aprender muchas cosas para lograr lo que quieren hacer en su vida”. 

Este sueño, inspirado también en las ideas de Amartya Sen, es de gran profundidad: alcanzar que todos, repito, todos, podamos aprender para lograr lo que queramos hacer con nuestra vida, o como diría Sen, para ejercer nuestra libertad.  Esta visión nos plantea un reto enorme, que también lo dejó claro la misión de sabios del 93: ofrecer una educación de calidad desde la cuna.

La Misión de Sabios de 2019 plantea como una de las cuatro estrategias transversales darle un gran impulso a la educación y asegurar un sistema educativo de calidad para todos, particularmente para los niños menores de 6 años y para los adolescentes. 

Una de las recomendaciones específicas que plantean para lograrlo es la creación de un ecosistema de aprendizaje para la formación de maestros. Este ecosistema estaría compuesto por 1) el Instituto Superior de Investigación en Educación y Alta Formación de Maestros (Isie) que desarrolle investigación de alto nivel en educación y que forme a los formadores de maestros; y 2) redes subregionales de Centros de Innovación de Educación que promueva la formación permanente de los maestros y el desarrollo de proyectos de investigación a nivel local. 

La creación de este ecosistema podría partir en dos la historia de nuestro país.  Siempre y cuando, se haga bien y en grande. 

El Isie sería el referente para la puesta en marcha de proyectos pedagógicos revolucionarios, orientados al aprendizaje, y basados en la evidencia. Desarrollaría investigación de punta sobre la didáctica, las prácticas pedagógicas efectivas para el aprendizaje y desarrollo de diversas competencias (cognitivas y socioemocionales). 

Sin embargo, esta gran idea de la misión no surtirá efecto si seguimos haciendo más de lo mismo. Colombia tuvo una revolución educativa que logró una cobertura cerca de universal en primaria y básica secundaria. Ahora necesita una revolución para el APRENDIZAJE. Por eso, el instituto debe ser diferente a lo ya existente: un lugar para la experimentación, la creación de conocimiento sobre cómo se desarrolla el aprendizaje en diferentes etapas de la vida y en diferentes contextos.

Sin duda, hay mucho de lo existente que cabría en ese centro (experiencias de centros de investigación y de investigadores actuales en universidades tanto públicas como privadas), pero su esencia debe ser única, debe tener “personalidad” propia.

La misma Misión de Sabios reconoce la necesidad de “un modelo educativo que proponga pedagogías nuevas”.  Ante los retos de aprendizaje que tenemos actualmente (documentados y diagnosticados con el mismo diagnóstico todos los años – como lo señaló Hernando Bayona aquí), el Isie tendría como prioridad producir evidencia empírica en nuestro contexto sobre las mejores prácticas pedagógicas que conduzcan al aprendizaje.  Y debería priorizar sobre los vacíos más grandes que nos arrojan los diagnósticos, así como las metas que nos ponemos como sociedad.

Por ejemplo, el aprendizaje de la lectoescritura.  Si cerca del 50 por ciento de los jóvenes de 15 años en Colombia no pueden inferir lo que leen en un párrafo (según el último resultado de las pruebas Pisa), algo estamos haciendo mal, o por lo menos, lo que estamos haciendo en términos pedagógicos no funciona para un gran número de estudiantes.

Lo mismo podemos decir para las matemáticas o las ciencias.  Peor aún, si tenemos ahora como prioridad promover el desarrollo de las competencias para la vida (o “del siglo XXI”) como la creatividad, la capacidad de aprender a aprender, la autonomía, la cooperación y la empatía, necesitamos metodologías de punta para poderlas enseñar.

¿Están preparados nuestros docentes actuales para desarrollar en los estudiantes estas compentencias? ¿Están las facultades de educación formando maestros que logren desarrollar estas competencias en los estudiantes? ¿tenemos evidencia científica sobre cómo se desarrollan? Me temo que los casos que se encuentren serán la excepción. Este es un vacío que el Isie llenaría: aportar insumos basados en la ciencia para convertir nuestro sistema educativo en un espacio para el aprendizaje.

El Isie sería un espacio seguro para hacer ciencia en educación. Cómo en medicina, eso implica ensayar, equivocarse, aprender de los errores, siempre a partir de la observación, y por supuesto en un marco ético de cuidado del otro, pero con el mandato claro de generar los mejores desarrollos en materia pedagógica y didáctica. Sería el lugar que produzca textos, guías, actividades didácticas, y que sobretodo, desarrolle el pensamiento científico en los formadores de formadores, para que estos a su vez contribuyan a formar maestros investigadores.

El instituto, como lo dice el documento de la misión, deberá desarrollar investigación en educación de alto nivel.  Debe ser un instituto que marque una segunda revolución educativa en Colombia, la de la calidad. Varios investigadores y grupos de investigación en universidades como la Uptc, la Universidad Pedagógica Nacional, la Universidad Distrital o la Universidad del Valle serán fundamentales para ayudar a crear y consolidar el instituto, y para apoyar la creación de los centros de innovación subregionales.

Sin embargo, si va a ser revolucionario, el Isie no puede ser la suma de grupos de investigación existentes. Tampoco puede circunscribirse a una o varias facultades de educación.  Debe ser un lugar donde confluyan científicos de diferentes disciplinas que permitan generar nuevo conocimiento sobre los procesos de enseñanza-aprendizaje: matemáticas, física, historia, neurociencias, psicología, y por supuesto, educación. Y ojalá donde confluyan investigadores tanto nacionales como internacionales. 

Esperemos que el gobierno nacional tenga la grandeza de hacer realidad esta importante recomendación.  Sería el comienzo de una nueva etapa en la educación del país. 

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*Este es un espacio de opinión y debate. Los contenidos reflejan únicamente la opinión personal de sus autores y no compromete el de La Silla Vacía ni a sus patrocinadores.

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