La guerra contra Fecode

La guerra contra Fecode

Desde los albores del neoliberalismo en Colombia, la Federación Colombiana de Trabajadores de la Educación (Fecode) se ha convertido en un baluarte por la defensa de la democracia en medio de la violencia, la guerra sucia y la entronización del paramilitarismo como arma política. Esto generó que, entre 1986 y el 2016, fueran asesinados más de 900 docentes por ejercer la actividad sindical en el país. Y desde el 2018, son más de 30 los docentes asesinados, lo que demuestra que el objetivo del Gobierno no era únicamente destrozar el Acuerdo de Paz, sino mutilar la democracia, silenciar a los opositores e implantar el miedo en la sociedad civil.

Desde los albores del neoliberalismo en Colombia, la Federación Colombiana de Trabajadores de la Educación (Fecode) se ha convertido en un baluarte por la defensa de la democracia en medio de la violencia, la guerra sucia y la entronización del paramilitarismo como arma política. Esto generó que, entre 1986 y el 2016, fueran asesinados más de 900 docentes por ejercer la actividad sindical en el país. Y desde el 2018, son más de 30 los docentes asesinados, lo que demuestra que el objetivo del Gobierno no era únicamente destrozar el Acuerdo de Paz, sino mutilar la democracia, silenciar a los opositores e implantar el miedo en la sociedad civil.

En el año 2000, el analista y consultor del Banco Mundial Alberto Alesina estuvo en Colombia para ofrecer sugerencias que permitieran superar la crisis fiscal. Fiel al culto neoliberal, el profesor Alesina vio al magisterio como un gremio que obstaculiza las reformas privatizadoras, lo que lo llevó a sentenciar que era necesario “quebrarle el espinazo a Fecode”. Luego vendría la época oscura de la “seguridad democrática”, un Estado de excepción autoritario que impondría reformar regresivas y excluyentes. Más de 6 millones de desplazados y 6.402 ejecuciones extrajudiciales, y los recortes a la inversión social (la cual fue reemplazada por un asistencialismo corporativo y la privatización de empresas públicas) fueron las herencias del uribismo. 

Pero nada de esto hubiera sido posible sin la anuencia de una clase política rancia, heredera, en su gran mayoría, de la oligarquía colombiana y de las ruinas del Frente Nacional. Uno de sus exponentes es Germán Vargas Lleras, un “señorito de Santa Fe” que desde su cuna ha vivido del erario público y ha pasado como un saltimbanqui por diversos puestos del Estado, amparado en la permisividad de su linaje. Pero ¿qué ha dejado a su paso? Oposición a los procesos de paz, participación en la consolidación del autoritarismo uribista desde su curul en el Senado y, como ministro de Vivienda, es recordado por su talante como negociante, repartidor de mermelada y ejecutor de obras públicas con cálculo electoral. 

Fiel a su estirpe oligarca y convencido de que la guerra le sirve más que la paz, desde sus redes sociales y en su última columna en El Tiempo, Vargas Lleras arremete contra los recientes intentos de negociación entre el Gobierno nacional y el Comité Nacional de Paro. Y, por supuesto, ataca frontalmente a Fecode. 

Su preocupación no son las demandas sociales ni el reconocimiento de la legitimidad del constituyente primario, al cual se debe todo servidor público. Su visión de la protesta está alejada del inconformismo ciudadano para enunciar el discurso desgastado y vetusto del vandalismo y la violencia organizada. Más risible es su defensa al Proyecto de Ley 010 de la reforma a la salud, afirmando que esta “prohibía la tercerización del empleo en el sector salud”. Cada quien ve lo que quiere ver, o mejor, lo que le conviene ver; el análisis conjunto entre la Universidad de Antioquia y la Universidad del Valle deja claro que el texto de la reforma va en detrimento del derecho fundamental de la salud y en favor de la rentabilidad financiera de aseguradores y prestadores de salud, con propuestas como el sistema de compra de pólizas y el automantenimiento de los hospitales públicos, entre otros. 

Sobre la renta básica y la matrícula cero, Vargas Lleras en un soliloquio vergonzoso desnuda su espíritu despótico, casi aristócrata y alejado del pueblo, cuando dice: “¿Qué opinarán nuestros economistas criollos de estas propuestas?”. Para este señor, los economistas de Estado que proponen y planean políticas económicas respetuosas de los valores democráticos no existen; solo tienen cabida “nuestros economistas”, aquellos tecnócratas de bolsillo fieles a la ortodoxia neoliberal que llevan décadas respondiendo a la población que sus exigencias son “inviables” y “fiscalmente imposibles”. Ahora sabemos que, por ejemplo, la renta básica es totalmente realizable y que llevarla a cabo necesitará de representantes políticos comprometidos con el bienestar general.

La cereza del pastel es el ataque a Fecode con el discurso trasnochado y leonino de que el sistema educativo fue “privatizado y capturado” por la federación. La mentira y el engaño de quien pasará a la historia como uno de los políticos menos transparentes del país, es evidente. ¿Acaso el presupuesto para la educación lo define Fecode? ¿La política educativa y los programas que se ejecutan son propuestos por Fecode? Problemas como el hacinamiento, la brecha digital o la infraestructura, ¿son responsabilidad de Fecode?

Para la clase política guerrerista y neoliberal, Fecode es un obstáculo, una piedra que necesita quitarse del camino. En la situación actual de violencia y represión, el magisterio colombiano tiene el compromiso de imaginar un futuro distinto y develar las mentiras de los oportunistas. Hoy vale la pena recordar a Paulo Freire, cuando dijo: “hablar de democracia y acallar al pueblo es una farsa. Hablar de humanismo y negar a los hombres, es una mentira”. 

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*Este es un espacio de opinión y debate. Los contenidos reflejan únicamente la opinión personal de sus autores y no compromete el de La Silla Vacía ni a sus patrocinadores.

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