La Paz Total, un cambio de paradigma

La Paz Total, un cambio de paradigma
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El 20 de septiembre de 2022, el presidente Gustavo Petro intervino por primera vez ante la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas. En su discurso, afirmó: “No hay paz total sin justicia social, económica y ambiental”. Esta intervención, en la que Petro convocó a reconocer el fracaso de la guerra contra las drogas para salvar la Amazonía, es parte fundamental para armar el rompecabezas del nuevo paradigma de paz que está emergiendo en Colombia.

Tiene razón monseñor Darío de Jesús Monsalve, arzobispo de Cali, cuando en un trino resume el reto que tenemos: “Afrontar el berenjenal de actores armados y de parásitos y transmisores de la violencia colombiana es tarea que escapa a la lógica rigurosa del pensamiento LINEAL. Paz total exige un pensamiento LATERAL, con escenarios múltiples, diferentes y simultáneos”. Escenarios que, como lo demuestra el discurso de Petro en la ONU, conecta a Nueva York con el Caquetá.

Entender la topología del conflicto armado colombiano para ponerle fin implica hacer algo similar a lo que argumentaba en mi libro sobre el genocidio de la Unión Patriótica en Colombia: contextualizar la coyuntura geopolítica genocida en la que actores transnacionales conformaron un “bloque perpetrador”. Solo con una comprensión holística del conflicto armado es posible poner en marcha procesos simultáneos en múltiples niveles (locales, regionales, nacionales e internacionales) que nutran un ecosistema de paz.

Detrás de la Paz Total está esa apuesta holística que entiende que para cerrar la guerra en Colombia no se puede compartimentar la economía, la seguridad, el medioambiente, la cultura, la justicia, la educación, el desarrollo y la geopolítica. Es necesaria una mirada global para alinear la paz con justicia social, económica y ambiental en los territorios (lo que el Comisionado de Paz del Gobierno de Juan Manuel Santos, Sergio Jaramillo, llamó “la paz territorial”) con vientos de cambio en la coyuntura geopolítica actual.

Si antes del 20 de septiembre la política de paz del gobierno Petro parecía ambiciosa y compleja, después de su discurso en las Naciones Unidas queda claro que es mucho más ambiciosa y difícil de comprender.

La razón fundamental por la que es difícil entenderla (y quizás esto generará muchas críticas entre los tecnócratas de la paz) es que la Paz Total es una política basada en la creatividad humana, que imagina que es posible lo imposible: cerrar de una vez por todas el reciclaje de la violencia en Colombia.

Esto implica unos puntos de partida distintos: la paz no tiene precio, la paz no tiene líneas rojas, la paz de Colombia es el fin de la guerra contra las drogas y el punto de partida para un diálogo eficaz para enfrentar la crisis climática mundial antes de que se desaten nuevas guerras.

No por casualidad el mismo 20 de septiembre, Danilo Rueda, alto comisionado para la Paz, en su entrevista con Caracol Radio reveló algunos avances de la Paz Total con relación a los grupos armados al margen de la ley que operan en algunas regiones de Colombia. En esta entrevista, Rueda habló de: sus reuniones con disidentes de las Farc-EP (quienes se consideran la continuación de las Farc porque nunca dejaron las armas); de los mensajes enviados por la Segunda Marquetalia (el grupo liderado por Iván Márquez, quien se rearmó tras sufrir lo que muchos –entre ellos, el canciller Álvaro Leyva– consideran un entrampamiento); y de la puesta en marcha de los protocolos para que la delegación del ELN pueda salir de Cuba. Si estos tres procesos prosperan, con cada uno por separado empezaría un proceso de conversaciones con diferentes objetivos y metodologías, afirmó Rueda.

El Comisionado de Paz justifica los acercamientos con todos los grupos armados fuera de la ley que han expresado interés en conocer la propuesta de Paz Total (los cuales, según Indepaz, son más de 20) en la petición de las comunidades que viven en las zonas más afectadas por el conflicto armado.

Dice, además, que es del interés de todos, incluidas las empresas transnacionales, eliminar todas las fuentes de violencia para poder vivir sin la zozobra de los homicidios, las masacres y la extorsión. Esta justificación es fundamental para entender que la Paz Total no es un ejercicio de arriba hacia abajo, desde las Naciones Unidas hacia Colombia, desde Bogotá hacia Arauca, Caquetá, Cauca, Catatumbo, Chocó y Nariño (por mencionar algunos territorios); sino que es un ejercicio simultáneo y complementario impulsado de abajo hacia arriba.

La Paz Total emana de las comunidades en dos sentidos: para asfixiar el uso de la violencia y para oxigenar el Plan Nacional de Desarrollo con una participación vibrante que fortalezca el tejido social en 50 regiones multiétnicas y pluriculturales a través de los diálogos regionales vinculantes. Así se conecta la Paz Total con la justicia social, es decir, con la posibilidad de los ciudadanos de regir sus propios destinos.

En Colombia se han intentado muchas fórmulas para cerrar la guerra, desde los años 50 y más recientemente desde los años 80, pero ninguna ha sido tan ambiciosa como la Paz Total.

Esta apuesta es el acumulado de intentos pasados que han dejado éxitos importantes; por ejemplo, la creación varios ejercicios de reivindicación de la verdad de las víctimas. Entre ellos, el más reciente, la Comisión de la Verdad, que ha hecho recomendaciones para la no repetición y que Petro, como parte de su política de paz total, se ha comprometido a implementar.

Pero estos intentos también han resultado en muchos fracasos. Por ejemplo, el reciclaje de la violencia, a pesar de que miles de hombres hayan dejado las armas y le hayan apostado a la vida civil, como lo han hecho recientemente los excombatientes de las Farc-EP. Para cambiar los patrones históricos de incumplimiento que han contribuido al fracaso de políticas previas, el senador Iván Cepeda sostiene que otro pilar fundamental de la Paz Total es “la implementación al pie de la letra del Acuerdo de Paz del Teatro Colón”.

La Paz Total puede fracasar. Al fin de cuentas, como afirma el economista Paul Ormerod en su libro “Why most things fail”: “Solo el 5% de las especies que han habitado este planeta sobreviven hoy”, pero vale la pena intentarlo. El reto, como siempre que se cambia de paradigma, será convencer a los escépticos de que es posible hacer y pensar distinto.

Para lograrlo se requiere hacer pedagogía de la Paz Total. Esto no es fácil porque, como lo muestra de manera clara la antropóloga Gwen Burnyeat en su libro “The Face of Peace”, queramos o no, estamos atrapados en un liberalismo cultural que nubla nuestra inteligencia gracias al excepcionalismo que les damos a nuestras razones y la poca confianza que tenemos en nuestra intuición, que es la base de la imaginación para crear un mundo distinto. 

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