La salud mental: pandemia sin vacuna

La salud mental: pandemia sin vacuna
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Tenía nueve años cuando registró mi primer recuerdo de paralizarme por ansiedad. Me sudaban mucho las manos y el corazón acelerado me presionaba el pecho. No sabía bien a qué le temía. Recuerdo no poder dormir bien y ni silenciar mi cabeza de pensamientos aturdidores que no me dejaban salir a jugar al parque con mis amigas tranquila. 

Casi dos décadas de terapia y medicación me han enseñado a manejar mejor mi mente y, como si fuera otra dentro de mí, he aprendido a convivir con ella. Cada tanto tiempo -cada vez más largo ese tiempo- me gana ahogándome en ansiedad o profunda tristeza. Han sido más los periodos de estabilidad y calma que los oscuros. La diferencia es peligrosamente imperceptible. Pueden verme caminar por la calle, ir a un restaurante o un parque, sostener conversaciones coherentes, hacer preguntas, dar mi opinión e incluso reírme de chistes. Puedo también trabajar, estudiar y hacer llamadas; puedo salir a correr y montar bicicleta. Puedo sonreír, y subir fotos o videos en las redes sociales y llamar a amigas/os. Puedo todo eso y estar en pánico por dentro, sentir que mi corazón se va a estallar, tener la mandíbula trabada y las manos dormidas, desorientarme y perder la noción del tiempo, despertarme ahogada por las noches –las que logro dormir–, sentirme bajo un velo de pensamientos que nublan mi capacidad de pensar y siento que me pesa el cuerpo. Preguntar porqué se me dispara la ansiedad o caigo en depresión no solo es irrelevante, sino acusatorio, pues cuestiona si es justificable o no.

No, a mí no me hace falta nada: tengo una familia presente y amorosa, un cuerpo sano, no he sido víctima de ningún evento traumático ni he vivido violencia en carne propia; he podido estudiar y dedicarme a lo que me gusta; soy apasionadísima en lo que hago y eso me llena de sentido.

Nadie que tenga ansiedad o depresión quiere tener ansiedad o depresión. Nadie. Una multiplicidad de factores, muchos incontrolables; biológicos, químicos, genéticos, socioculturales y contextuales afectan en mayor o menor medida el bienestar emocional y conductual de cada persona haciéndolas propensas, o no, a sufrir de una enfermedad mental o no. Nadie merece ese sufrimiento. Solamente es, y ya está.

Afortunada o desafortunadamente, en mi casa las palabras "Prozac", "Xanax", "Zoloft", "terapia", "psiquiatra", "psicólogo", "choques eléctricos", "hoyo negro", "pie de elefante", "la depre", "insomnio", "maniático", "TOC", "bipolar", "pánico", "desórdenes alimenticios", "adicción", han sido parte del vocabulario antes de yo saber qué significaban y mucho antes de que la salud mental fuera una tendencia de moda. Esto evidencia un privilegio: superar las barreras económicas para acceder a bienes y servicios para la salud mental nos ha permitido hablar en estos términos y atenderla como se atiende cualquier otra enfermedad.

Pero también me ha permitido desarrollar la sensibilidad, empatía y comprensión que supera el tabú y estigma que lo silencia.

Hay una falsa idea frente a que solo los estratos altos tienen problemas de salud mental, que es "un mal de los ricos". Así pensé yo mucho tiempo, pues quienes no tenemos que preocuparnos por la supervivencia o satisfacción de necesidades básicas somos quienes pueden "darse el lujo" de sufrir de estrés y angustia.

Los últimos cuatro años en mi trabajo inmersa en comunidades rurales de difícil acceso (y, claro, de pobreza) han desmentido esa creencia: estudiantes, madres y padres de estudiantes y vecinos sufren de síntomas similares a los míos; también tienen angustias abrumadoras, intentos de suicidio, miedos y desordenes conductuales que son ignorados y desacreditados con adjetivos medievales como "loca/o", "lloróna/o", "débil", "anormal", etc. imposibilitando el reconocimiento y activación de rutas de atención y apoyo, que además, no suele haber.

La salud mental no es sólo mental, se siente en el cuerpo y se siente mucho, pero no se ve, a menos de que sepamos leer síntomas o conductas que lo evidencien.

Es una pandemia cuya curva ha venido subiendo sin que se hayan adelantado las suficientes medidas para aplanarla. No tiene vacuna, no hay tapabocas ni lavada de manos que prevenga su deterioro y puede ser letal. Es más, la Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que aproximadamente mil millones de personas en el mundo viven con un trastorno mental y relaciona que una de las principales causas de enfermedades y discapacidad en los niños, niñas y adolescentes es la depresión. Cada 40 segundos en el mundo alguien muere por suicidio. Según las Estadísticas Vitales (EEVV) del Dane, en Colombia antes del covid había un aumento en la tasa de mortalidad por lesiones auto infligidas pasando de 5,1 puntos porcentuales en 2005 a 5,9 puntos porcentuales en 2019.

Por múltiples y obvias razones la pandemia agravó estas estadísticas. La Asociación Colombiana de Psiquiatría prendió alarmas con el más reciente informe de Medicina Legal que confirmó un incremento de 132 casos de suicidios entre junio de 2020 y la misma fecha de 2019. Según el Dane, entre el 1 de enero del 2020 y el 30 de junio del 2021 alrededor de 3.672 personas cometieron suicidio en el país. Es decir, durante este periodo cada día siete personas se suicidaron. Cada vez como más quienes hemos perdido a alguien cercano que sufrió en silencio, hasta que decidió partir.

Los hombres son significativamente más propensos al suicidio que las mujeres, siendo estos el 82,5 % y nosotras el 17,5 %. A pesar de que son ellas las que más reportaron sentir “preocupación o nerviosismo.

Lo anterior no es coincidencia, responde a la socialización del género masculino que reprime y castiga toda muestra de debilidad o emocionalidad como ofensa a la hombría. Por tanto, los hombres han sido enseñados a no solo ignorar y negar el estar pasando por dificultades emocionales, sino que buscan menos ayuda profesional (0,7 %) que las mujeres (1 %). Tener apoyo de un psicólogo/a, terapeuta o psiquiatra, no solo puede prevenir el suicidio, sino que puede mitigar la toma de decisiones nubladas por desestabilidad emocional como acudir al alcohol, las drogas y/o la violencia. El machismo mata también a hombres.

Si siendo adultos nos cuesta trabajo identificar y pedir ayuda ante una inestabilidad emocional, nos da vergüenza y lo escondemos de colegas, amigos o pareja, calculen lo complejo que es para un niño, niña o adolescente.

El grupo etario con mayor tasa de intento de suicidio es de 15 a 19 años, seguido por el grupo de 20 a 24 años. Es la cuarta causa de muerte de este grupo poblacional. Estamos intoxicados de cortisol, la hormona que activa la ansiedad. Estos preocupantes números no se le pueden atribuir únicamente a la pandemia. La insoportable hiperproductividad, el incesante bombardeo  de información y la adicción a las redes, entre otros factores del mundo actual, afecta la salud mental, pero aún persiste un analfabetismo generalizado frente a cómo hablarla y cuidarla.

La doctora Stephanie Pinder-Amaker, fundadora de Mclean Hospital Mental Health for College Students Program, que atiende a estudiantes de más de 200 universidades en Estados Unidos, defiende que tanto los colegios, universidades, como las madres y padres de familia, compañeras/os, amigas/os y colegas ya no podemos darnos el lujo de seguir ignorando con cortina de estigma este tema. Han sido ya varios famosos que en los últimos años destaparon su lucha interna abriendo la conversación. Y es que, ¿cuál es la pendejada de ocultarlo? Solo podremos comprenderlo si lo hablamos; identificar y regular las emociones se enseña. También se enseña a acompañar a quién esté sufriéndolo sin victimizar, infantilizar ni pobretear. 

En las instituciones educativas es a el o la orientadora a quien "le compete" velar por la salud mental del cuerpo estudiantil, además de asumir todos los problemas de convivencia, la orientación socio-ocupacional, los ajustes razonables para estudiantes con discapacidad y la inexistente educación sexual. Aún se exige que se garantice "por lo menos" un orientador u orientadora por cada 250 estudiantes, que es el el parámetro nacional, proporción que evidencia de por sí una fallida misión. La realidad es que, en promedio, cuando hay orientador escolar, que es en la minoría de las instituciones educativas, la proporción varía según el contexto, pero es entre 1.000 o 4.000 estudiantes por orientadora/o y tienen variadas formaciones: en psicología solamente el 46,1 %, en licenciatura o psicopedagogía el 27,7 %, en trabajo social el 15,3 % y otras formaciones (fonoaudiología, terapia del lenguaje, sociología) el 10,9 %, lo que dificulta un acompañamiento capacitado y eficaz.

Que se hable de emociones en el comedor de la casa, en el camino al colegio, en las clases de español y ciencias, en las propagandas de televisión y las películas. Que se hable y que se hable con fuerza. 

Que la única razón por la que niños, niñas, adolescente y jóvenes no puedan salir a jugar con amigas/os al parque sea por una tormenta de lluvia, no de pensamientos. 

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*Este es un espacio de opinión y debate. Los contenidos reflejan únicamente la opinión personal de sus autores y no compromete el de La Silla Vacía ni a sus patrocinadores.

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